viernes, 30 de abril de 2010

¿Debe rebajarse la edad penal de los menores?


Ya he dedicado alguna que otra entrada a este asunto, pero coloco aquí un artículo que mi colega Jesús Palacios y yo mismo publicamos este miércoles pasado en El Correo de Andalucía.

La vida de la Ley de Responsabilidad Penal del Menor no ha sido fácil. Desde su publicación a principios de 2000, gobernando el Partido Popular, su trayectoria ha estado jalonada de ataques y propuestas de cambios, especialmente en momentos en los que algún acto delictivo cruel y sangriento cometido por menores tiene una presencia reiterada en los medios de comunicación. Alrededor del doloroso entierro de una víctima, es fácil dejarse llevar por la rabia y pedir para menores la aplicación de sanciones similares a las utilizadas con delincuentes adultos. Se piden rebaja de la edad penal y mano muy dura contra los asesinos. La idea es simple: cuanto más baja la edad y cuando más dura la mano, mucho mejor.

La investigación evolutiva tiene demostrado que a partir de los 14 o 15 años las capacidades cognitivas de chicos y chicas son similares a las de los adultos. Pero también que los adolescentes son más impulsivos, más sensibles a la presión del grupo, y tienden a centrarse en las consecuencias a corto plazo de sus actos, prestando escasa atención a muchas de sus consecuencias futuras, sobre todo en situaciones de alto contenido emocional. Estudios recientes con técnicas de neuroimagen han mostrado cómo en los años que siguen a la pubertad hay una enorme sensibilidad ante las recompensas inmediatas, así como mayores dificultades para el control de impulsos y para la ajustada previsión de consecuencias. Por ello son típicas de la adolescencia conductas exploratorias que a veces tienen algún componente antisocial, pero que no deben interpretarse –porque no lo son– como el inicio de una carrera criminal. La inmensa mayoría de adolescentes y jóvenes hacen luego una transición hacia las conductas adultas consideradas responsables y adecuadas. No nos encontramos, pues, ante una juventud que deba ser considerada delincuente y peligrosa.

Pero hay algunos chicos y chicas que hacen daño a otras personas. En excepcionales casos extremos, el daño puede llevar –como recientemente en Seseña– a la muerte de la víctima. Y es ahí donde bulle la sangre que pide palo y tente tieso. Puesto que la responsabilidad penal está ahora en los 14 años, si el autor o autora del terrible acto tiene 12, se pide que la edad penal baje a esa edad. ¿Y si quien comete el asesinato tuviera 10 años? Pues que se rebaje a 9, por si acaso. Y, eso sí, mano dura. Cuanto más dura, mejor.

Mientras que en la mayor parte de los países europeos la responsabilidad penal de los menores está fijada, como en España, a partir de los 14 años, en el Reino Unido el planteamiento es más severo, con la edad penal a los 10 años. A principios de los 90, dos niños de esa edad asesinaron a un pobre pequeño de dos años. Los asesinos fueron juzgados y condenados por un tribunal ordinario. Por la edad y la forma en que fueron juzgados y cumplieron su sentencia, éste es un buen ejemplo de justicia penal punitiva aplicada a quienes ni siquiera han llegado aún a la pubertad. Hace algunas semanas, poco después de que cumplieran su condena y fueran puestos en libertad, uno de los dos chicos, ya mayor de edad, fue detenido bajo la acusación de un grave delito. Al menos en este caso, el tratamiento penal de adulto a una edad muy temprana ha demostrado no ser eficaz para recuperar a este chico y para proteger a posibles víctimas.
La última etapa de la infancia y más aún la adolescencia, son períodos de una enorme plasticidad en que las relaciones que chicos y chicas mantienen con su entorno son fundamentales para la adquisición de las competencias precisas para convertirse en adultos responsables. Para quienes deben ser apartados de la sociedad por sus delitos, no es lo mismo un centro orientado a su recuperación que otro dedicado a su custodia. Los centros para menores procuran ofrecer a los adolescentes antisociales un contexto favorable, no limitando su acceso a experiencias necesarias para alcanzar la madurez. Por el contrario, las cárceles son entornos aversivos en los que el contacto con otros delincuentes adultos servirá para fortalecer en ellos sus tendencias antisociales. No es de extrañar que la mayoría de estudios encuentren que, en igualdad de condiciones, la reincidencia es mayor en los menores internados en centros penitenciarios ordinarios. No parece, por tanto, que a largo plazo la reclusión desde pronto en prisiones cumpla la función de proteger a la sociedad, ya que bien puede estar contribuyendo a la reincidencia de los menores encarcelados.

Tendemos a dividir la sociedad en víctimas y verdugos, en lobos y corderos. Tendemos a pensar que ni nosotros ni nuestros hijos estamos en el lado oscuro. Pero si uno de nuestros hijos adolescentes entrara en algún momento en contacto con el sistema penal, ¿querríamos para él una ley punitiva aplicada en un entorno carcelario adulto o una ley rehabilitadora que le permitiese no sólo cumplir una pena, sino también integrarse luego en la sociedad?El principal problema de la Ley del menor no es su contenido, que es acorde con la doctrina internacional mayoritaria y que tiene un enfoque fundamentalmente reeducativo. Lo que habría que mejorar es su aplicación en centros cada vez mejores, cada vez mejor dotados y cada vez más eficazmente orientados a la rehabilitación y reintegración social de quienes han cometido delitos.
Por lo demás, los debates en torno a la rebaja de la edad penal sólo sirven para poner descarnadamente al desnudo las contradicciones de algunas posturas adultas, que sostienen al mismo tiempo que un chico o una chica de 12 años ya tiene suficiente madurez como para tomar decisiones que deben ser juzgadas penalmente como las de los adultos, pero que ese mismo chico o chica son a los 16 años todavía inmaduros para votar o para decidir por su cuenta sobre el curso de un embarazo. Una falta de sentido tan palmaria como la de convertir en asesor sobre materias penales a un hombre que ha tenido la desgracia de verse desgarrado por el asesinato de su hija.
Alfredo Oliva y Jesús Palacios
Profesores del Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Sevilla

miércoles, 21 de abril de 2010

Felicidad y Salud






No se puede decir que el pesimismo esté de moda en estos tiempos, y las posturas de los filósofos irracionalistas como Schopenhauer, o de los existencialistas, como Sartre, se nos antojan bastante demodés. Hoy día todos queremos ser felices, aunque para ello tengamos que mostrar una cierta dosis de insensibilidad ante el sufrimiento ajeno y dejar de sentirnos culpables por ello. La Psicología Positiva, que propone la importancia de analizar los estados de ánimo favorables y sus determinantes, y que ha puesto el foco de atención sobre conceptos como bienestar psicológico, optimismo, resiliencia o satisfacción vital, es una línea de investigación e intervención cada vez más pujante.

Pues si ya existían razones suficientes para buscar la felicidad, ahora tenemos un nuevo argumento, ya que un estudio publicado en The European Hearth Journal ha encontrado que las personas que se muestran contentas y felices tienen menos probabilidades de desarrollar problemas coronarios. Como apunta la investigadora de la Universidad de Columbia, Karina Davidson, aquellos adultos que presentaron una mayor tendencia a expresar emociones positivas y que se sentían más felices también mostraron una mejor salud cardiovascular.

Aunque esta relación podría deberse al estilo de vida más saludable mostrado por las personas felices –dormir mejor, realizar más ejercicio-, parece que existen también procesos fisiológicos implicados, sobre todo relacionados con el estrés. Como ya hemos indicado en alguna entrada anterior las situaciones estresantes someten al organismo a un intenso desgaste, en cambio, las emociones positivas provocan el efecto contrario, ya que disminuyen los niveles de cortisol, bajan la tensión arterial y el ritmo cardiaco.

El estudio se llevó a cabo sobre una muestra de más de 1700 personas residentes en Nueva Escocia (Canadá) a quienes se siguió durante una década, y que fueron entrevistadas y filmadas mientras realizaban algunas tareas y rutinas cotidianas, para evaluar su tendencia a expresar emociones positivas. Las pruebas realizadas permitieron a los investigadores descartar que la relación entre felicidad y salud se debiera a factores genéticos.

Pues bien, parece que si queremos mimar nuestra salud y proteger nuestro corazón tendremos que tratar de levantarnos por las mañanas con mejor ánimo, y cambiar una expresión avinagrada por una amplia sonrisa. Es cierto, que ello no siempre resulta fácil, y que, además, existen factores genéticos relacionados con una actitud vital más o menos optimista. No obstante, se puede hacer un pequeño esfuerzo por dedicar un tiempo diario a realizar una actividad que nos resulte satisfactoria y nos haga sentirnos mejor: leer, ver una película, pasear, hablar con los amigos, …etc., en definitiva desacelerar un poco e introducir algo de “slow” en nuestras vidas.
Si quieres ser feliz, como me dices,
no analices, muchacho, no analices.
Joaquín Bartrina

Davidson, K., Mostofsky, E. & Whang, W. (2010). Don't worry, be happy: positive affect and reduced 10-year incident coronary heart disease: The Canadian Nova Scotia Health Survey . European Heart Journal, 18



sábado, 17 de abril de 2010

Sexo y mentiras en La Razón


En la entrada anterior me he referido al papel de madres y padres en la educación sexual de sus hijos, incluso me he atrevido a dar algunos consejos y sugerencias. Y lo hice porque creo que es importante hacer frente a estos temas en casa; sin embargo, se trata de un deseo que choca con una realidad bien diferente, ya que los estudios realizados sobre este tema coinciden en un dato: la información sexual que tienen los adolescentes raramente procede de casa, puesto que entre los temas de conversación entre padres e hijos adolescentes la sexualidad ocupa el último lugar (ver aquí o en la tabla inferior). Las razones que suelen dar madres y padres sobre esta falta de comunicación al respecto son diversas: les da corte, no se sienten preparados, creen que sus hijos saben más que ellos, prefieren que la escuela se ocupe de este espinoso asunto…etc.

Tabla: Frecuencia de comunicación sobre una serie de temas (1= nunca, 4= muchas veces)

Ante este triste panorama, parece un ejercicio de responsabilidad que la Administración se haga cargo de proporcionar en las aulas una educación sexual de calidad que combine los aspectos afectivos con los relacionados con el placer, que no son menos importantes. Pero claro, esto que parece una evidente perogrullada sigue sin ser entendido por los sectores más reaccionarios de nuestra sociedad, que cada vez que aparece una iniciativa en este sentido comienzan su campaña de mentiras y falsedades con el objetivo escandalizar a la opinión pública y desacreditar programas muy meritorios. Y ejemplos muy recientes hemos tenido en nuestro país, como ante la campaña “El placer está en tus manos” puesta en marcha por el Consejo de la Juventud y el Instituto de la Mujer de la Junta de Extremadura o, más recientemente, ante un folleto elaborado por la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía. En ambos casos, gran parte de los ataques iban dirigidos a que se hablase a los adolescentes de masturbación con total naturalidad. Como ya he escrito en este mismo blog sobre la masturbación y las mentiras al respecto, remito a esa entrada al lector interesado (ver aquí).

Pues nada, tendremos que seguir escuchando a todos esos reprimidos moralizantes (aquí, o aquí) que siguen considerando, eso sí con todo su derecho, que la sexualidad adolescente es una actividad peligrosa que debe ser demorada cuanto más mejor, y si es posible hasta el matrimonio, y no una faceta normativa e integral del desarrollo humano, con todo el potencial para promover el bienestar personal. Aunque no me extraña que la consideren una actividad sucia y peligrosa, hábida cuenta de cómo la viven algunos pederastas de esa Iglesia que tanto clama en su contra. Y es que tanta represión no puede traer nada bueno.

Una última cosa, si lo desean olvídense del placer, pero, por favor, al menos dejen de ir en contra de su octavo mandamiento.

jueves, 8 de abril de 2010

Madres y padres ante la sexualidad de sus hijos adolescentes


Cada vez es menor la edad con la que nuestros hijos e hijas tienen su primera relación sexual con penetración, y a pesar de su mayor formación sobre sexualidad, todavía son muchos los chicos y chicas que no usan ningún método anticonceptivo en sus relaciones sexuales.

Los datos del Informe Juventud en España de 1992 indicaban que un 34% de adolescentes de menos de 18 años habían mantenido relaciones sexuales con penetración. En 1996, los datos de ese mismo informe indicaban un porcentaje del 43%. Es decir, parece que la edad del primer coito se está adelantando, y se sitúa en torno a los 17 años. La mayoría de adolescentes “se estrenan” entre los 15 y los 18 años. Todos los estudios suelen coincidir en que los chicos dicen iniciarse antes que las chicas. No obstante, estas diferencias bien podrían deberse al significado que la “primera vez” tiene para unos y para otras. Para los chicos iniciarse pronto es algo que está bien visto y sirve para aumentar el prestigio ante el grupo de amigas y amigos; para las chicas, por contra, una iniciación precoz no está tan bien valorada, más bien ocurre lo contrario. Por ello, los chicos tenderían a reconocer edades de iniciación más precoces y las chicas más tardías. Estas primeras relaciones coitales suelen ir precedidas de intercambios de besos y caricias que tienen un claro valor de aprendizaje, y que son necesarios para que chicos y chicas vayan conociendo mejor su cuerpo y el de la otra persona, así como todo lo relacionado con la actividad sexual.

Una de las mayores preocupaciones que tienen las madres y padres de adolescentes tiene que ver con esa “primera vez”. Nos referimos a las consecuencias que pueden derivarse de esas relaciones sexuales cuando se llevan a cabo sin la protección debida. La probabilidad de un embarazo no deseado o de contraer alguna enfermedad de transmisión sexual como el VIH/SIDA o la gonorrea, justifican sobradamente esta preocupación.

¿Están nuestros hijos e hijas realmente formados y preparados para afrontar con seguridad esas primeras relaciones? No resulta fácil dar una respuesta global a esa pregunta, pero los datos de algunos estudios señalan que cuanto más pronto se inicien, más probabilidad hay de que no utilicen ningún método anticonceptivo. No es tan arriesgado iniciarse a los 18 años como hacerlo a los 14. A pesar de las muchas campañas que se han llevado a cabo durante los últimos años para promover el uso del preservativo, aún son muchos los chicos y chicas que mantiene relaciones sexuales sin ninguna protección. Las razones de esta falta de uso son variadas. Una de ellas es la falta de información. Por ejemplo, hay quienes piensan que no puede haber embarazo la primera vez, ni tampoco si se hace el amor de pie porque el semen se escurre. La falta de previsión puede ser otro motivo. Como decía un chico: “Para una vez que se te presenta la ocasión no vas a preocuparte de eso”. Las actitudes negativas hacia el uso del preservativo, por pensar que limita el placer o que rompe la naturalidad o la espontaneidad del acto, son otro motivo de la falta de uso entre quienes son más jóvenes.

Hay que destacar que chicos y chicas deben tener un fácil acceso a preservativos para evitar las conductas sexuales de riesgo. Sin embargo el trato discriminatorio que muchas madres y padres muestran hacia sus hijos e hijas se pone de manifiesto cuando consideran un acto de responsabilidad el hecho de que su hijo lleve un preservativo en la cartera, mientras que cuando de trata de su hija la respuesta parental es bastante menos favorable.


ALGUNAS CUESTIONES GENERALES SOBRE MÉTODOS ANTICONCEPTIVOS



  • Es recomendable que mantengáis con vuestros hijos e hijas una buen clima de confianza para que se sientan con la libertad de preguntaros cualquier duda que les surja en torno al tema de la sexualidad. A veces, por vergüenza o por falta de confianza, intentan buscar respuestas sólo a través de los amigos y amigas, llegando en muchas ocasiones a conclusiones erróneas con respecto a temas importantes. Por ejemplo, pueden llegar a pensar la “marcha atrás” es un método anticonceptivo eficaz, cuando en realidad se trata de una práctica de riesgo que no evita ni los embarazos ni las enfermedades de transmisión sexual.


  • Si os consideráis informados, podéis discutir con ellos y ellas la eficacia y los riesgos de los distintos métodos anticonceptivos, haciéndoles ver no sólo la importancia de algunos para evitar embarazos no deseados, sino como medio fundamental de prevenir la infección por enfermedades de transmisión sexual.

jueves, 25 de marzo de 2010

Llegan las neurociencias


La primera década del presente siglo ha contemplado un avance espectacular en la investigación en neurociencias como consecuencia de la disponibilidad de nuevas y más avanzadas técnicas de neuroimagen. Pero, salvo contadas excepciones, los profesionales de la psicología del desarrollo han mostrado un cierto escepticismo e impermeabilidad ante los descubrimientos provenientes de ese campo.

Ese escepticismo y rechazo inicial ha empezado a resquebrajarse, y cada vez son más los investigadores que empiezan a volver la vista hacia las aportaciones neurocientíficas como una vía para conocer mejor el desarrollo y comportamiento humano. Un ejemplo de este interés es el monográfico o debate aparecido en el último número de la revista Infancia y Aprendizaje, en el que la profesora de la Universidad de la Laguna, María José Rodrigo, realiza una excelente revisión de los últimos avances en ese campo, comentada por otros profesores españoles.

Aunque este debate persigue el objetivo de combatir algunos prejuicios y fomentar el interés por estos temas entre profesionales e investigadores de España y Latinoamérica (que son los lugares a los que más llega la revista), los textos han sido publicados en inglés.

Como tuve la suerte de ser invitado a participar en el debate, coloco en esta entrada la versión original de mi aportación, que fue redactada en castellano antes de ser traducida al inglés, para que la mayoría de lectores castellano-parlantes puedan leerlo en su lengua materna.


El enorme poder de atracción de las imágenes cerebrales

Parece que después de mucho llamar a la puerta los hallazgos provenientes de campos como la genética o las neurociencias empiezan a tener eco entre los investigadores del desarrollo humano, ya que la mayoría de teorías formuladas por los psicólogos evolutivos a lo largo del siglo pasado prestaron poca atención a esas aportaciones. Aunque esta negligencia puede ser debida en gran parte a la escasez de datos que existía sobre la organización estructural y funcional del cerebro (Cicchetti y Thomas, 2008), también hay que reconocer una clara resistencia por parte de muchos psicólogos evolutivos, y no evolutivos, a los planteamientos de corte biologicista, como la genética de la conducta, la etología, la psicología evolucionista o la neurobiología.

Durante los años 70 el enfrentamiento entre los defensores de plantamientos ambientalistas y quienes admitían que ciertos comportamientos humanos tenían cierta base instintiva fue muy encarnizado. Cuando algunos autores como el psicólogo Richard Herrnstein, o los etólogos E.O. Wilson o Richard Dawkins plantearon la heredabilidad de algunos rasgos y comportamientos y la existencia de una naturaleza humana modelada por la selección natural, recibieron críticas desmedidas que sobrepasaron los límites del debate que suele ser habitual en el terreno académico: las acusaciones de fascistas y racistas, las difamaciones y distorsiones de sus planteamientos teóricos o los boicots a sus conferencias en los campus universitarios se convirtieron en algo relativamente frecuente. Estos ataques tenían un trasfondo claramente político, ya que las propuestas psicológicas más ambientalistas siempre encontraron una buena acogida por parte de una izquierda ideológica que precisaba de una naturaleza humana que pudiera ser modificada para poder aceptar un cambio de sistema político y social. Como había afirmado Trotsky “Producir una nueva y mejorada versión del hombre es la futura tarea del Comunismo”, por lo que todo cuanto supusiera un límite a esa modificabilidad suscitaba muchos recelos. Con esos antecedentes no sorprende demasiado que Stalin llegase al extremo de prohibir la genética y a encarcelar por contrarrevolucionarios a muchos genetistas. También había una actitud muy moralizante en quienes negaban la existencia de una naturaleza humana instintiva, ya que consideraban que atacando al innatismo iban en contra del racismo, el sexismo o las desigualdades sociales. Esta actitud de rechazo se generalizó entre muchos investigadores y profesionales de la intervención psicosocial cercanos a la izquierda ideológica, y todavía hoy resulta políticamente incorrecto reconocer algunas de las implicaciones de la evolución darwinista, como, por ejemplo, que hombres y mujeres tienen naturalezas distintas.


Desde el otro lado del espectro ideológico también se hizo un uso político de los planteamientos biologicistas, sobre todo de los que apuntaban a la heredabilidad de algunos rasgos humanos, como la inteligencia. Estas tesis fueron esgrimidas por quienes defendían el recorte de los fondos que el gobierno de Estados Unidos dedicaba a los programas compensatorios, como el Head Start, que tenían el objetivo de prevenir el fracaso escolar de niños de minorías desfavorecidas.

El rechazo a tener en cuenta los hallazgos provenientes de áreas de investigación que defendían el papel de los genes, las explicaciones evolucionistas o las bases cerebrales del comportamiento humano empezó a disminuir como consecuencia de algunas aportaciones muy interesantes. Pensemos, por ejemplo, en el papel de la etología en la formulación de la teoría del apego (Bolwby, 1969), o en las aportaciones de la genética de la conducta referidas a las correlaciones entre herencia y medio o a la diferenciación entre medio compartido y medio no compartido (Oliva, 1997). Pero lo que ha hecho que empiecen a caer definitivamente las murallas que mantenían estos enfoques fuera del área de interés de los estudiosos del desarrollo infantil han sido los resultados ofrecidos por los estudios que emplean técnicas de neuroimagen. Son esas hermosas fotografías coloreadas del cerebro en acción, conseguidas mediante técnicas de resonancia magnética funcional (fMRI), las que han conseguido, en pocos años, lo que no lograron muchos años de trabajo continuado por parte de muchos genetistas y neurobiólogos. Hoy día todos nos sentimos seducidos por esas atractivas imágenes, y los estudios de neuroimagen tienen una enorme presencia en las revistas especializadas. Así, al margen de las revistas dedicadas exclusivamente a esta temática, tales como Braing Imaging and Behavior, otras como Development and Pyschopathology o Biological Psychology le han dedicado números monográficos durante 2008. Pero, además, también en libros y revistas de divulgación, e incluso en la blogosfera, cada vez son frecuentes las referencias a los hallazgos neurocientíficos. Aunque desde hace años se disponía de técnicas similares, como la positron emision tomography (TEP), no eran adecuadas para su uso con niños y adolescentes porque se basaban en isótopos radioactivos. Sin embargo, las fRMI pueden emplearse a partir de los 6 años, edad a la que la mayoría de niños y niñas son capaces de realizar las tareas encomendadas mientras permanecen en un espacio casi cerrado durante una media hora.

Es cierto que las técnicas de fRMI no pueden emplearse con niños pequeños pero, como han señalado Sadato, Morita e Itakura (2008), la investigación directa del funcionamiento cerebral en niños no es la única forma efectiva de estudiar el desarrollo cerebral. Así, la combinación de los conocimientos provenientes de la neurociencia cognitiva y la psicología evolutiva con la utilización de fRMI con adultos puede ser de mucha utilidad para inferir el desarrollo madurativo de algunas áreas cerebrales durante la infancia, como han propuesto estos autores en relación con el desarrollo de la autoconciencia y el auto-reconocimiento en niños pequeños.
No obstante, es muy probable que el desarrollo de nuevas tecnologías permita aplicar en el futuro inmediato técnicas de neuroimagen incluso a bebés. Near-infrared spectroscopy (NIRS), that utilizes near-infrared light and could be applicable to infants in naturalistic conditions, is one of the most promissing approaches for use in infants (Aslin and Mehler, 2005).

Los logros en el campo de las neurociencias han ido de la mano de los logros también espectaculares en el campo de la genética, que han supuesto un paso adelante con respecto a los métodos clásicos de la genética de la conducta. Hoy día la combinación de técnicas de neuroimagen y genética molecular permite, no sólo comparar las diferencias psicológicas y comportamentales entre sujetos que muestran diferencias alélicas en algunos genes concretos, como hicieron Caspi et al. (2002) en su estudio sobre el papel del gen de la monoamine oxidase A (MAOA), sino también comparar mediante técnicas de neuroimagen la estructura o actividad cerebral de grupos de sujetos genéticamente diferenciados, en lo que se ha venido a denominar Imaging Genetics (ver el monográfico dedicado a estas técnicas por Biological Psycology en 2008 ). Esta nueva área de conocimiento sustituye los rasgos comportamentales por la activación cerebral como variable fenotípica a relacionar con las diferencias genéticas. La Imaging Genetics utiliza también estudios de gemelos, con diferente grado de similitud genética, lo que permite analizar tanto las influencias genéticas como las ambientales sobre ciertas funciones cerebrales (Wolfensberger et al. 2008). No obstante, los estudios con gemelos tienen sus limitaciones, ya que no identifican la influencia de genes concretos, por lo que el enfoque más utilizado se basa en analizar la asociación entre las variaciones en un gen y los cambios en la estructura o en la función cerebral medida mediante técnicas de resonancia magnética. Los genes seleccionados para ser estudiados suelen ser aquellos que están implicados en el metabolismo, liberación o recepción de neurotransmisores que, como la dopamina o la serotonina, están relacionados con funciones emocionales y cognitivas. También son candidatos aquellos genes vinculados con la génesis y el desarrollo cerebral, por ejemplo, con la maduración del circuito de atención ejecutiva o con el volumen de la materia gris en la corteza prefrontal. Por lo tanto, lo que se persigue con esta metodología, que combina las técnicas de neuroimagen con las genéticas, es detectar los procesos cerebrales que median la relación entre las variaciones genéticas y las diferencias comportamentales.

Uno de los genes más estudiados es el DRD4, que está relacionado con la recepción de la dopamina, neurotransmisor involucrado en los procesos de la cognición, la conducta y las emociones, y que juega un importante papel en el desarrollo de la corteza prefrontal. Así, los menores que poseen las variantes 7-repetido y 521T de dicho gen tienen una probabilidad 10 veces mayor de presentar un apego desorganizado (Gervai et al., 2005). Además, el sistema de recepción de la dopamina está asociado a problemas como el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), la esquizofrenia o las adicciones, lo que ha llevado a Bernier y Meins (2008) a plantear que la combinación de un trato parental claramente inadecuado con la posesión de ciertas variaciones del gen DRD4 coloca a los menores en una situación de mucho riesgo de desarrollar algunos trastornos psicológicos y psiquiátricos, cuya primera manifestación sería el apego inseguro desorganizado.

Otros genes que también se han asociado a conductas sociales disfuncionales son el DRD2, relacionado con la recepción de dopamina, y el HTR2A vinculado a los receptores de serotonina. En un estudio con sujetos adultos, el primero de estos genes mostró relación con la ansiedad o ambivalencia en el modelo de apego, mientras que el segundo se asoció a la evitación (Gillath, Shaver, Baek y Chun, 2008).

A pesar de las prometedoras perspectivas que las técnicas de neuroimagen abren para el estudio del cerebro y del desarrollo humano no faltan quienes se muestran escépticos y alertan sobre sus limitaciones (Bloom, 2006; Dobbs, 2005; Logothetis, 2008; Hunt y Thomas, 2008; Shermer, 2008). Como han comentado algunos de estos autores, aunque pudiera pensarse que la resonancia magnética ofrece fotografías directas del cerebro en acción, no hay que olvidar que se trata de imágenes creadas mediante complejos cálculos estadísticos por un sofisticado software a partir de multitud de datos recogidos. Además, tras la recogida de los datos, los investigadores deben realizar ajustes para corregir desviaciones en función del tamaño cerebral, los movimientos de la cabeza del sujeto o la localización de ciertas estructuras cerebrales, por lo que pueden surgir errores e imprecisiones en todo este proceso. Por otra parte, la coloración tiende a magnificar las diferencias en activación entre distintas estructuras cerebrales, y es posible que la actividad de núcleos formados por un reducido número de neuronas pase desapercibida en la imagen final y, lo que es más importante, la actividad neuronal que detectan las imágenes no siempre resulta fácil de interpretar, ya que puede obedecer a diversas razones bien diferentes. En algunos casos incluso resulta complicado saber si se trata de procesos excitatorios o inhibitorios, lo que puede llevar a interpretaciones bien diferentes sobre los mecanismos cerebrales y psicológicos implicados en una determinada tarea. También, hay que señalar que a pesar de que la idea de las redes neuronales interconectadas es más aceptada entre los neurocientíficos que la de los módulos mentales –aunque ambas propuestas son perfectamente compatibles compatibles- , las imágenes cerebrales inducen a pensar que el cerebro está formado por una serie de módulos encapsulados, generando lo que Dobbs (2005) llegó a definir como nueva frenología.

La crítica más reciente a los estudios en el terreno de las neurociencias ha sido planteada por Vul, Harris, Winkielman y Pashler (en prensa), quienes han apuntado que muchas de las correlaciones entre medidas del funcionamiento cerebral mediante técnicas fRMI y rasgos comportamentales, evaluados mediante cuestionarios, son tan altas que son prácticamente imposibles, ya que incluso superan los índices de fiabilidad de las medidas correlacionadas. El estudio llevado a cabo por estos autores, mediante entrevistas realizadas a investigadores en este campo, encontró importantes problemas metodológicos en la mayoría de estudios realizados, que suponían que muchos de los coeficientes de correlación estaban inflados sobre su valor real. Teniendo en cuenta que muchos de estos estudios tenían muestras muy reducidas y escasa potencia estadística, es probable que sin ese aumento artificial muchas correlaciones no hubiesen alcanzado el nivel de significación estadística.

A pesar de todas esas limitaciones, muchas de las cuales serán resueltas en los próximos años, es indudable que las técnicas de neuroimagen seguirán aportando datos sobre la actividad cerebral muy relevantes para comprender mejor el desarrollo durante la infancia y la adolescencia. Es cierto que suponen un cierto reduccionismo, pero que puede resultar necesario para la elaboración de modelos y teorías explicativas con cierta precisión. Al fin y al cabo, los conceptos psicológicos no dejan de representar también modelos aproximados, tan especulativos o más que los construidos a partir de los datos neurobiológicos.

No obstante, hay que ser aún prudentes con muchos de los hallazgos neurocientíficos, pues es muy probable que, en la medida en que se vayan perfeccionando las técnicas de neuroimagen, surjan nuevas explicaciones, no siempre coincidentes con las anteriores, de algunos comportamientos como consecuencia de los nuevos datos disponibles. Por ejemplo, en relación con las conductas de asunción de riesgos durante la adolescencia, los primeros estudios apuntaban a un déficit de activación en el sistema mesolímbico de recompensa que llevaba al adolescente a compensar el déficit asumiendo más riesgos para conseguir la misma sensación placentera; sin embargo, las investigaciones más recientes apuntan a todo lo contrario: una hiperactivación de dicho sistema (Oliva, 2007). Algo parecido puede ocurrir con respecto a la conducta antisocial, ya que aunque, como Rodrigo recoge en su artículo, los estudios diferencian entre dos tipos de sujetos agresivos, unos con baja reactividad emocional y escasa empatía, y otros con una alta reactividad emocional y una deficiente regulación o control de esas emociones negativas (Crowe y Blair, 2008), un estudio reciente complica algo más el estado de la cuestión, al apuntar que algunos youth with aggressive conduct disorder muestran una activación mayor del sistema de recompensa ante la contemplación del dolor ajeno, lo que equivale a decir que sienten placer (Decety, Michalska, Akitsuki y Lahey, 2008).

Ciertamente, las técnicas de neuroimagen producen unas imágenes muy hermosas de las estructuras y funciones cerebrales, y está más que justificado el enorme poder de atracción que ejercen sobre muchos investigadores de diversos campos relacionados con el comportamiento humano. Es bastante probable que con la mayor accesibilidad a estas técnicas cada vez sea mayor el número de investigadores que se decidan a incorporar los datos neurobiológicos a sus diseños de investigación sobre el desarrollo en la infancia y la adolescencia. Pero, también es preciso seguir trabajando con técnicas clásicas que a lo largo de las últimas décadas han demostrado su utilidad para el estudio del comportamiento humano y los procesos psicológicos subyacentes. De la convergencia de los datos procedentes de estudios que empleen distintas metodologías surgirá una mejor comprensión de los procesos implicados en el desarrollo psicológico de niños y adolescentes



domingo, 21 de marzo de 2010

Familias homoparentales


La adopción de niños y niñas por parte de familias homoparentales formadas por gays o lesbianas es un tema que genera un debate social bastante apasionado, por lo que no resulta extraño que cualquier estudio que analice la idoneidad de este tipo de familias para el desarrollo saludable de los hijos tenga un importante impacto en los medios de comunicación, entre los que obviamente se incluye la “blogosfera”.
La publicación reciente del libro que hemos coordinado el profesor de la Universidad del País Vasco y yo mismo (ver aquí), y en el que se exponen brevemente los resultados de un estudio en el que han comparado seis tipos de estructuras familiares, ha servido para que el debate se reabra. Por ello, veo conveniente exponer en este blog algunas puntualizaciones acerca de dicha investigación.

-El estudio fue financiado por la Fundación BBVA, que rechazó la publicación íntegra del informe de investigación. No obstante, esperamos que sea publicado en breve por otras entidades. Mientras tanto, resultados parciales serán publicados en revistas tanto nacionales como internacionales. El primero de ellos ya ha sido aceptado y aparecerá en noviembre en la revista Infancia y Aprendizaje.
- La investigación pretendía analizar las fortalezas y debilidades de seis tipos diferentes de familias (adoptivas, monoparentales, reconstituidas, de embarazos múltiples, homoparentales y tradicionales), por lo tanto no es un estudio sobre homoparentalidad. La profesora de la Universidad de Sevilla, María del Mar González, ha realizado varios estudios en nuestro país sobre ese tema. Al ser estudios centrados exclusivamente en la homoparentalidad son más adecuados para extraer conclusiones sobre estas familias.
- Nuestro estudio no pretende sacar conclusiones definitivas acerca de la idoneidad de ninguna de estas estructuras familiares, ya que fue difícil, o imposible, emparejar o igualar a los seis tipos de familias en una serie de variables, tales como el nivel educativo o socioeconómico, o la edad de los menores. Por ejemplo, las familias homoparentales mostraron niveles más altos, y tenían niños de menor edad, que el resto, lo que puede justificar, al menos en parte, que fueran los menores que vivían en este tipo de familias quienes mostraron mejor ajuste psicológico. No obstante, hoy por hoy el perfil de las familias formadas por gays o lesbianas en nuestro país se asemeja bastante al de las familias homoparentales de nuestro estudio.
- Nuestros resultados estudio coinciden con la práctica totalidad de los realizados hasta la fecha en no encontrar desajustes ni retrasos en el desarrollo de las niñas y niños de hogares homoparentales. El principal problema que muestra la evidencia empírica disponible es la preocupación de estos padres y madres por el rechazo que pudieran experimentar sus hijos.
- Este rechazo tiene que ver con un prejuicio, como es la homofobia, dirigido hacia una minoría que está dejando de ser “invisible”, y que es muy probable que vaya disminuyendo en los próximos años. Por ello, también es bastante probable que el rechazo hacia estos menores desaparezca, y que estos niños y niñas sean tan aceptados como hoy día lo son quienes han sido adoptados, o quienes viven en familias reconstituidas.
- Nuestro estudio encuentra bastantes fortalezas en las familias homoparentales en cuanto a su calidad como contextos de desarrollo. Aunque tenemos que reconocer que no resulta fácil generalizar esos resultados.
- Mientras esperamos a que se acumule una mayor evidencia empírica sobre el tema, nos quedamos con un dato indiscutible: por el momento no existen estudios que encuentren problemas en los niños que viven en familias homoparentales y que desaconsejen la idoneidad de estas familias para llevar a cabo su tarea educadora.

Más entradas sobre el tema aquí y aquí.

viernes, 12 de marzo de 2010

La comunicación entre padres e hijos durante la adolescencia


Durante los años de la adolescencia, la comunicación entre padres e hijos se hace más difícil, incluso en aquellas familias en las que existía una buena relación durante la infancia. Son frecuentes las quejas de padres y madres por la dificultad que tienen para dialogar con sus hijos. Esta mayor dificultad en la comunicación es debida a la aparición de una serie de barreras de las que son responsables tanto los padres como los hijos. Por una parte, las reservas del adolescente para hablar con sus padres son debidas a su necesidad de mantener la privacidad sobre sus asuntos personales. Además, el deseo de mantener unas relaciones familiares más simétricas e igualitarias, va a llevarle a discutir las ideas de los padres, a interrumpirles con más frecuencia, a no estar de acuerdo con ellos.... Por su parte los padres querrán seguir manteniendo con sus hijos el mismo tipo de relación que tuvieron durante la infancia, es decir, unos intercambios comunicativos más basados sermonear o en dar órdenes que en un proceso real de comunicación en el que la escucha juega un papel tan importante como la propia expresión de ideas.

Con demasiada frecuencia, los mensajes de los padres están cargados de críticas y continuas referencias a los errores cometidos por sus hijos, aspectos que hay que intentar evitar para conseguir una comunicación más positiva. Por otro lado, aunque son muchos los temas que interesan y preocupan a los adolescentes, precisamente son estos temas los que suelen pasar a un segundo plano en la comunicación familiar, más centrada en cuestiones como las tareas del hogar, el mundo académico o la forma de vestir del joven, que a menudo pueden acabar en discusiones y conflictos.

En resumen, es fundamental que madres y padres sean conscientes de los obstáculos que dificultan la buena comunicación y que intenten superarlos, ya que los diálogos frecuentes y la comunicación en positivo son elementos fundamentales para la satisfacción familiar y para el bienestar del adolescente. Además, aunque madres y padres puedan llegar a dudarlo, siguen siendo un contexto fundamental de influencia para el desarrollo de sus hijos e hijas –en algunos temas bastante por delante de amigos y amigas-, por lo que es imprescindible seguir creando un clima de apoyo, comunicación y confianza que facilite la seguridad y el ajuste del hijo en crecimiento.

Padres y madres deben hacer un esfuerzo por fomentar la comunicación con sus hijos. Si bien durante la infancia chicos y chicas podían hablar con ellos espontáneamente, durante la adolescencia los padres deben esforzarse más por mantener una buena comunicación.


Algunos consejos prácticos para mejorar el afecto y la comunicación


1. Escucha lo que dice tu hijo o hija, déjale terminar: Dejar que tu hijo hable, que diga lo que piensa o siente, es muy beneficioso para el buen funcionamiento de la familia y para su bienestar. Si no dejas que termine lo que quiere decirte y lo interrumpes porque piensas “ya sé lo que me va a decir”, nunca sabrás qué ideas tiene ni cómo se siente.

2. No critiques, no juzgues, no culpabilices: No eres un juez. Si te dedicas a sancionar su conducta de forma constante estás poniendo una barrera entre tu hijo y tú. Si está enfadado y te grita, puedes corregir su comportamiento con algo como: “ya veo que estás enfadado y me parece normal, pero si no me gritas me enteraré mejor. Cuando te calmes podremos seguir hablando”.

3. No des lecciones: Tendemos a decir a nuestros hijos lo que deben hacer. Es mucho más útil y beneficioso que les enseñes a buscar soluciones, que razones con tus hijos las ventajas e inconvenientes de cada posibilidad.

4. Dale importancia a lo que te dice: A veces lo vemos preocupado por un asunto que para nosotros no tiene la menor importancia y podemos pensar:“no son más que tonterías, cuando sea grande se dará cuenta ...”. Si cuenta contigo para hablar de sus cosas, valóralo. Si no le das importancia a lo que quiere contarte, puede que en el futuro deje de hablarte de ello.


5. Enséñale a comunicar sus sentimientos: No es suficiente preguntarle qué ha hecho sino también cómo se ha sentido. Puedes ayudarle a que entienda qué siente preguntándole “¿estás enfadado o triste?” o diciéndole “yo estoy orgulloso ¿y tú?”. Todos tenemos que aprender a expresar nuestros sentimientos y tú puedes ayudar a tu hijo a ello.


6. Controla tus impulsos: Puede ocurrir que te cuente que ha hecho cosas que no te gustan (por ejemplo, que ha faltado a una hora de clase porque no tenía ganas de ir). En esos casos no te dejes llevar por los nervios; si reaccionas de forma impulsiva y no razonas con él, puede que la próxima vez no confíe en ti y no te lo cuente. Evita los gritos, las amenazas, ordenarle lo que tiene que hacer. Cuando estés más sereno habla con él y explícale qué es lo que no te gusta.


7. Ya no es un niño: No lo olvides, se está convirtiendo en adulto, si lo tratas como tu niño pequeño se sentirá avergonzado, más aún delante de sus amigos y amigas. Evita criticarlo, darle lecciones, invadir su espacio personal en todo momento, especialmente cuando esté con su pandilla
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miércoles, 24 de febrero de 2010

¿ERES UNA MADRE O UN PADRE DEMOCRÁTICO?


¿Tienes un hijo o una hija en la adolescencia temprana y quieres saber si tu estilo educativo es democrático?
A continuación aparecen una serie de situaciones que probablemente te sean familiares. Señala si ante ellas crees que sueles comportarte como el padre/madre "a" o como el "b".

1. Después de clase tu hijo llega a casa enfadado, dice que no tiene hambre y se encierra en su cuarto. ¿Qué crees que harías?
a. Dejo que se desahogue, ya se le pasará el enfado.
b. Intento hablar con él, y le animo a que me cuente por qué está enfadado.

2. Los sábados, tu hija debe llegar a casa antes de las 2 de la madrugada, pero anoche llegó pasadas las 4. Es domingo por la mañana, tú...
a. La dejas por imposible, siempre hace lo que le da la gana.
b. Le preguntas por qué llegó tarde, le explicas que estabas muy preocupado y le pides que no vuelva a hacerlo más.

3. Tu hijo lleva unos días muy triste. Te ha confesado que ha roto con su novia, y se encuentra destrozado porque nunca querrá a nadie como quiere a esta chica. ¿Qué harías?
a. Le dices que ya se le pasará. Le insistes en que no vale la pena estar triste por eso, que la vida ya le enseñará cuales son los problemas de verdad.
b. Le animas a que te hable de sus sentimientos y lo escuchas de verdad, dándole importancia lo que está viviendo.

4. Es sábado por la mañana, día de hacer las tareas de la casa. Tu hijo dice que hoy no puede hacerlas porque juega un partido de fútbol y que ya limpiará su cuarto por la tarde.
a. Le dices que limpiar su habitación es una obligación, así que hasta que no limpie no puede irse.
b. Le pides que se comprometa de verdad a hacerlo por la tarde. Llegasteis a un acuerdo y mantener limpia su habitación es su obligación.

5. Tu hijo llegó anoche bastante mareado, evidentemente había bebido porque andaba dando tumbos y no paraba de hablar. Hoy es domingo y es la hora del almuerzo, así que tu:
a. Olvidas el tema, beber es normal, de hecho, a su edad tú también lo hacías.
b. Le preguntas dónde estuvo por la noche, y qué había bebido. Intentas hacerle ver que beber alcohol en exceso es peligroso.

6. Una amiga te ha dicho que ayer vio a tu hija de 14 años besándose con un chico en un parque. En cuanto tu hija llega de clase
a. La castigas y le dices que es muy joven para andar ya besándose con chicos.
b. Le preguntas si es cierto lo que te ha dicho tu amiga, y, si es así, te interesas por saber quién era ese chico.

7. La misma discusión de siempre con tu hijo: quiere que le compres una moto.
a. Tú te niegas a comprársela, es peligroso y punto.
b. Después de escucharle le explicas las razones por las que no se la quieres comprar.

8. Tu hija está cansada de las clases de inglés y de música. Quiere dejarlas porque no tiene tiempo para estar con sus amigas y prefiere apuntarse a un gimnasio.
a. Le dices que de dejar las clases ni hablar. Si quiere, puede apuntarse al gimnasio, y a las amigas ya las verá en el fin de semana.
b. Le hablas de la importancia que tienen los idiomas hoy en día y tratas de convencerla para que no lo deje. En cualquier caso, tratas de llegar a un acuerdo con ella.



Corrección
Las opciones tipo b son las que corresponderían a un estilo democrático. Cuantas más opciones tipo b hayas elegido, más democrático es tu comportamiento
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martes, 16 de febrero de 2010

Desarrollo psicológico en las nuevas estructuras familiares


En una entrada anterior hice referencia a un estudio sobre diversidad familiar que las universidades del País Vasco y Sevilla habíamos llevado a cabo (ver aquí). Este estudio ponía de manifiesto que otras estructuras familiares diferentes a la tradicional (monoparentales, homoparentales, adoptivas, reconstituidas o múltiples) podían ser contextos tan favorables o más para el desarrollo de niños y niñas. El estudio había sido financiado por la Fundación BBVA que había decido no publicarlo, probablemente porque los resultados no fueron de su agrado.

En la actualidad estamos tramitando su publicación a través de los servicios de publicaciones de las universidades vasca e hispalense, pero mientras tanto, un resumen de dicho estudio constituye uno de los capítulos del libro “Desarrollo psicológico en las nuevas estructuras familiares”, que hemos coordinado el profesor Enrique Arranz y yo mismo y que acaba de publicar la editorial Pirámide.

En este texto, en el que también escriben especialistas pertenecientes a cuatro universidades españolas y al mundo profesional de la intervención familiar, se presenta una panorámica actualizada sobre los conocimientos acerca de las relaciones entre las nuevas estructuras familiares y el proceso de desarrollo psicológico en la infancia y la adolescencia. En sus capítulos se abordan las fortalezas y debilidades de las familias monoparentales, adoptivas, recurrentes a las técnicas de reproducción asistida y homoparentales. También se presentan los recursos de evaluación e intervención disponibles hoy día ante la diversidad familiar.

En definitiva, un libro que puede resultar de interés para aquellos profesionales que trabajan en el campo de la intervención familiar y que deseen actualizar sus conocimientos sobre diversidad familiar.

sábado, 6 de febrero de 2010

Deseo sexual masculino y deseo sexual femenino


Las opiniones acerca de las diferencias en deseo sexual de hombres y mujeres oscilan entre el tópico, que atribuye a los varones un deseo más intenso, y lo políticamente correcto, que niega la existencia de diferencias. Se trata de un asunto interesante al que los investigadores han prestado poca atención, de tan entusiasmados como han estado analizando los riesgos y peligros asociados a la sexualidad más que las vivencias o los aspectos positivos vinculados a la misma. En este post trataré de exponer algunas ideas sobre este apasionante tema.

Cuando se habla de deseo sexual, se suele hacer referencia a dos fenómenos que no son totalmente equivalentes: la propiocetividad, o la urgencia a buscar e iniciar actividad sexual, y la receptividad o excitabilidad, que sería la capacidad para mostrar interés por el sexo ante ciertos estímulos facilitadores. La evidencia empírica indica que mientras que la propioceptividad se mostraría muy dependiente de los niveles hormonales (testosterona en el varón y estrógenos y testosterona en la mujer), la excitabilidad es relativamente independiente de los niveles de hormonas gonadales, y por ello estaría presente en los años que preceden a la pubertad.

Es bien sabido que las mujeres tienen niveles más bajos de andrógenos, y que experimentan unos niveles elevados de estrógenos sólo durante algunos días del mes. Por el contrario, los hombres tienen niveles más constantes y más altos de andrógenos. Aunque ello ha llevado a muchos autores a sugerir que los hombres muestran un mayor deseo sexual, tal vez sea más correcto apuntar a que las diferencias son de carácter cualitativo, ya que las mujeres presentarían un deseo sexual no menos intenso sino menos constante, puesto que aparecería con mucha intensidad pero sólo en algunos momentos del ciclo menstrual. En esos días la mujer mostraría tanta urgencia como el hombre a buscar contactos sexuales, pero en los restantes su deseo sería menos propioceptivo y más receptivo o dependiente de la estimulación externa.

Esto podría explicar por qué la situación y el contexto parecen desempeñar un papel más importante a la hora de estructurar los deseos y conductas sexuales de las mujeres, que mostrarían una mayor plasticidad sexual que los hombres. Por esta plasticidad quiero decir que la sexualidad femenina es más maleable y cambiante, más responsiva a factores sociales, culturales e interpersonales, más sujeta a cambios en respuesta a circunstancias externas y más variable a lo largo del ciclo vital. No es extraño, si tenemos en cuenta esta dependencia contextual, que los consistentes mensajes que aún suelen recibir las niñas, por parte de instituciones religiosas o educativas, los mass media, o incluso las familias, con respecto a lo inapropiado que resulta el mostrarse sexualmente activas tenga consecuencias negativas sobre cómo viven su sexualidad. Por poner sólo un ejemplo, la disfunción sexual más frecuente entre las mujeres estadounidenses es la ausencia de deseo sexual, reconocida por una de cada tres mujeres de más de 18 años.

Otra interesante diferencia cualitativa entre sexos es que esta mayor plasticidad femenina hace que las mujeres muestren una mayor capacidad que los hombres para experimentar patrones de atracción bisexual, pues entre ellas es mucho más probable la coexistencia de deseo hacia el mismo y hacia el otro sexo. Muchas mujeres experimentan esta atracción por personas de su mismo sexo en algunos momentos de sus vidas y no describen esta atracción como una fase temporal, sino como una experiencia surgida en unas circunstancias concretas con una persona en particular, lo que apunta claramente a esa mayor plasticidad.

Pues bien, teniendo en cuenta estos datos ¿quién se atreve a defender la superioridad del deseo sexual masculino? Yo desde luego no.

sábado, 30 de enero de 2010

El terremoto de Haití y el estrés postraumático


El terremoto de Haití ha provocado una enorme cantidad de muertos y heridos, y sin duda dejará también muchas secuelas a nivel emocional como consecuencia del trastorno de estrés postraumático (TEP) que experimentarán muchos superviventes del desastre. Sin embargo, cabe ser moderadamente optimistas en relación con este tema, ya que los desastres naturales provocan muchas menos víctimas de TEP que calamidades de intensidad similar pero causadas de forma voluntaria (exterminación, genocidios, violaciones masivas). Las consecuencias del trauma son peores cuando la víctima cree que ha habido una intencionalidad de hacerle daño.

Esa afirmación se basa en los resultados de un metanálisis llevado a cabo por unas investigadoras de la Universidad de California en San Francisco. Margaret Kemeny y Sally Dickerson revisaron 208 estudios de laboratorio realizados sobre más de 6000 sujetos que habían estado sometidos experimentalmente a diversas fuentes de estrés, desde realizar tareas en entornos muy ruidosos hasta enfrentamientos con personas amenazantes y agresivas. En todos estos estudios se valoraban las reacciones al estrés en función del aumento en las tasas de cortisol. El cortisol es una hormona liberada por las glándulas suprarrenales en situaciones en las que el individuo se enfrenta a una emergencia, por lo que tiene una función adaptativa. Sin embargo, cuando la tasa de cortisol en sangre permanece elevada durante mucho tiempo, por una situación de estrés mantenido, tiene consecuencias perjudiciales a nivel cardiovascular e inmunológico. Incluso provoca alteraciones a nivel cerebral, hiperactivando la amígdala y debilitando la capacidad de la corteza prefrontal para controlar las reacciones excesivas de la amígdala, que hacen más probables las reacciones de miedo, incluso en situaciones neutras.

Pues bien, el metanálisis de Kemeny y Dickerson encontró que cuando el estrés era causado por una fuente impersonal –por ejemplo, un ruido molesto que no podemos controlar- las tasas de cortisol elevadas en un primer momento volvían rápidamente a sus niveles normales una vez suprimida la fuente de malestar. Sin embargo, en aquellas situaciones en las que el estrés había sido originado por una persona, por ejemplo una evaluación negativa o despectiva realizada por un observador, la tasa de cortisol era más elevada y tardaba más tiempo en volver al nivel inicial. Es decir, la respuesta de nuestro organismo ante el estrés es mucho más elevada en situaciones sociales en las que consideramos que nuestro malestar se debe a la maldad de otra persona. Ello podría explicar por qué situaciones que nos hacen daño nos provocan un sufrimiento más intenso y duradero, y con mayores consecuencias a largo plazo sobre nuestra salud, cuando pensamos que han sido causadas de forma deliberada por otra persona que cuando se trata del resultado de un desastre natural.
Alfredo Oliva

lunes, 18 de enero de 2010

Maduros para abortar e inmaduros para ir a la cárcel: Una falsa paradoja



En nuestro país, la ley 41/2002 que regula la autonomía del paciente, ofrece a los adolescentes la posibilidad de tomar decisiones referentes a tratamientos médicos sin la autorización de sus padres. Entre estos tratamientos médicos se incluye la posibilidad de abortar. A priori podría parecer una insensatez, ya que la representación social de la adolescencia incluye entre los tópicos más aceptados el de su supuesta inmadurez cognitiva. Y digo supuesta porque la evidencia empírica disponible sobre este asunto es bastante clara: a partir de los 15 años las competencias cognitivas de chicos y chicas son similares a las de los adultos. Este hallazgo no es nuevo, ya en 1989 la Asociación Americana de Psicología había afirmado:

“En torno a los 14 años la mayoría de adolescentes han desarrollado capacidades intelectuales similares a las de los adultos, incluyendo aquellas habilidades específicas que la ley reconoce como necesarias para comprender las alternativas a un tratamiento, considerando sus posibles riesgos y beneficios, y dar un consentimiento legalmente competente” . (APA, 1989, p. 20)

Sin embargo, en otro ámbito, la Ley de Responsabilidad Penal del Menor aplica sanciones diferentes a las de los adultos a esos mismos adolescentes menores de edad. La razón principal de este tratamiento diferencial se basa en la atribución de una culpabilidad o responsabilidad atenuada en función de una relativa inmadurez. En relación con este asunto también se había pronunciado la Asociación Americana de Psicología:

“Dado que los adolescentes de 16-17 años tienen menores niveles de madurez evolutiva que los adultos, imponer sanciones capitales a estos adolescentes no serviría a los propósitos judicialmente reconocidos de la sanción”. (APA, 2004, p. 13)

A raíz de las dos afirmaciones anteriores la polémica está servida, y con mucha razón se podría argumentar que los psicólogos no tenemos criterios claros acerca de la madurez cognitiva de los adolescentes. Sin embargo, la contradicción entre la consideración de que los adolescentes son maduros para poder tomar decisiones con respecto a una interrupción voluntaria de su embarazo pero inmaduros para asumir una plena responsabilidad penal es sólo aparente. Podría hablarse de paradoja si las competencias cognitivas necesarias para tomar decisiones sanitarias y para la conducta criminal fueran las mismas. Sin embargo, los datos disponibles parecen indicar lo contrario.

Aunque no siempre ocurra así, en términos generales se puede decir que la mayoría de adolescentes que contemplan la decisión de abortar lo hacen tras consultar con algún adulto (al menos con el personal sanitario), hablar de ello con otros compañeros, contemplar otras alternativas, etc. Es decir se tratará de una decisión que, sin estar libre de componentes emocionales, suele ser meditada.

En cambio, no puede decirse lo mismo del comportamiento antisocial ya que los actos criminales, salvo excepciones, suelen tener lugar de forma impulsiva, no planificada, en compañía de los iguales, y sin la presencia de adultos. Así, aunque algunas de las capacidades relevantes para la toma de decisiones en ambos contextos pueden ser similares, las circunstancias que definen la conducta madura en cada uno son claramente diferentes, ya que resistir a la influencia de los iguales, pensar antes de tomar una decisión o considerar las consecuencias futuras de una acción son determinantes más claros en el caso del comportamiento criminal. Y esas competencias no están desarrolladas por completo a los 16 años, muy al contrario y como bien ha mostrado la investigación, presentan claras limitaciones,.

Por lo tanto, podríamos decir que mientras que las capacidades que podrían englobarse en lo que se denomina “cold cognition” –necesarias para tomar decisiones en el ámbito sanitario- muestran un nivel similar en adolescentes y adultos, las competencias que configuran la “hot cognition” –más importantes para prevenir conductas criminales y de riesgo- distan mucho de haber madurado antes de los 18 años. Es decir, mientras que los estudios que analizan las habilidades de razonamiento lógico y procesamiento de información en situaciones estructuradas encuentran pocas ganancias a partir de los 15-16 años, otras competencias psicosociales, como la búsqueda de sensaciones, la orientación al futuro, la impulsividad o la susceptibilidad a la presión del grupo, continúan desarrollándose hasta la adultez temprana.


Steinberg, L., Cauffman, E., Woolard, J., Graham, S., & Banich, M. (2009). Are adolescents less mature than adults? Minors’ access to abortion, the juvenile death penalty, and the alleged APA “flip-flop.” American Psychologist, 64, 583–594.
Alfredo Oliva

miércoles, 13 de enero de 2010

Monitorización parental y consumo de cánnabis


La monitorización parental se refiere fundamentalmente al conocimiento que los padres tienen sobre las actividades, los amigos, y los lugares que frecuentan sus hijos en su tiempo libre. Es una dimensión fundamental del estilo parental por su importancia para prevenir los problemas comportamentales, sobre todo durante la adolescencia. Si existían algunas dudas acerca de su eficacia preventiva, un reciente meta-análisis que ha sido publicado en “Perspectives on Psychological Sciences” confirma el vínculo entre la monitorización parental y el consumo de cánnabis en adolescentes. El meta-análisis se llevó a cabo sobre 25 muestras independientes procedentes de 17 estudios empíricos, que recogían información de 35.367 participantes.

Los resultados fueron concluyentes, ya que indicaron que la relación entre la información que los padres tenían sobre aspectos de la vida de sus hijos (amistades, actividades) y el consumo de marihuana alcanzó un tamaño del efecto de -.21, lo que apoya la eficacia de la monitorización parental para prevenir el consumo de esta sustancia. Aunque resulta razonable pensar que los estudios que encuentran relación significativa entre estas variables tienen más probabilidad de publicarse que los que no hallan relación (file-drawer effect), los autores especifican que hubieran sido necesarios 7.358 estudios en los que se encontrase un tamaño del efecto nulo para poder compensar a los estudios que sí encontraron una relación significativa.

El meta-análisis también aportó algunos datos interesantes, como que el tamaño del efecto referente a la asociación entre monitorización y consumo fue mayor en chicas que en chicos; o cuando los estudios eran transversales, ya que en los longitudinales, la magnitud del efecto bajó a -.10. Este decremento no debe sorprendernos, ya que cabe pensar que la asociación entre conocimiento parental y consumo de marihuana puede deberse, al menos en parte, a que los consumidores serán menos proclives a informar a sus padres sobre quiénes son sus amigos, o qué hacen en su tiempo libre, pues anticiparán que muchas de sus actividades no serán del agrado de sus padres. En los estudios transversales sólo es posible confirmar la asociación no el sentido de la influencia, mientras que en los longitudinales sí es posible controlar si el conocimiento influye sobre la reducción del consumo, o si es el bajo consumo en que lleva a los adolescentes a informar más a sus padres, pues tienen menos que ocultar.

Por lo tanto, los resultados de este meta-análisis sugieren que una estrategia eficaz para reducir el consumo de estas sustancias es que los padres muestren interés por estar informados sobre las actividades y amistades de sus hijos, y, como apuntaron Stattin y Kerr (2000), la mejor fórmula para estar informados es la revelación, es decir, cuando los hijos informan a sus padres por propia iniciativa. Ello será más probable en un clima de confianza interparental, lo que nos lleva de nuevo a destacar la importancia de la comunicación y el afecto en las relacines entre padres e hijos adolescentes, no sólo para fomentar su ajuste emocional y su autoestima, sino también para evitar el consumo de sustancias.


Lac, A. & Crano, W. D. (2009). Monotoring matters. Meta-analytic review reveals the reliable linkage of parental monitoring with adolescent marijuana use. Perspectives on Psychological Science, 4 (6), 578-585.
Alfredo Oliva

sábado, 26 de diciembre de 2009

Sobre la eficacia del sistema educativo


El debate acerca de la capacidad del sistema educativo para llevar a cabo su función traspasa las fronteras del ámbito estrictamente profesional, y con frecuencia personas ajenas al mundo de la educación opinan acerca de los males que le aquejan y las soluciones necesarias. No es que me parezca mal este debate, todo el mundo está en su derecho de expresar su opinión sobre un asunto de tanta relevancia social, aunque en muchas ocasiones nos encontremos ante argumentos simplistas y demasiado ideologizados que ignoran la complejidad del hecho educativo (ver aquí). Por eso, son muy de agradecer los trabajos que con acercamientos empíricos tratan de arrojar luz acerca de los factores que hacen que la escuela cumpla de forma más eficaz la función social que tiene encomendada. La revista Perspectives on Psychological Science acaba de publicar un artículo en el que los profesores Rindermann y Ceci analizan los elementos de la política educativa de distintos países que influyen sobre la competencia cognitiva del alumnado.

Hay que aclarar que el objetivo de la escuela no es sólo fomentar esta competencia cognitiva, que además está determinada por muchos otros factores (genéticos, familiares, socio-culturales), pero podemos estar de acuerdo en que éste es un objetivo muy relevante.

El trabajo realizado por estos investigadores se basó en los datos de diversos estudios internacionales (PISA, TIMSS, PIRLS) que suelen llevarse a cabo en un amplio número de países, y consistió en comparar 16 atributos del sistema educativo que estudios anteriores habían encontrado relacionados con el rendimiento del alumnado: se trataba de comprobar cuáles de estos atributos ayudaban a explicar las diferencias internacionales en la competencia cognitiva de niños y adolescentes. Los resultados del estudio señalaron la importancia de algunos factores tales como:

- El número de niños escolarizados en educación infantil y el inicio precoz de la misma.
- El gasto en educación por alumno.
- La cantidad de instrucción, es decir, el número de horas que los alumnos pasan en clase a lo largo del años académico.
- Baja ratio profesor-alumno y clases poco numerosas.
- Asistencia a escuelas complementarias o de apoyo (cram schools).
- Las tasas bajas de absentismo, abandono escolar, y problemas de disciplina en las aulas.
- Las tasas bajas de alumnos que repiten curso.
- La utilización de pruebas o exámenes objetivos y centralizados, tanto en las escuelas primarias y secundarias como en el acceso a la universidad.
- La diferenciación temprana del alumnado en función de sus habilidades o intereses (early tracking).

Otras variables, tales como la proporción de inmigrantes en las aulas, el interés por la lectura o la cantidad de tareas escolares realizadas en casa no mostraron relación con los logros en competencia académica.

Estos resultados ofrecen interesantes sugerencias sobre política educativa, como que la mejor fórmula para aumentar la competencia cognitiva de la población, y mejorar así su calidad de vida, es invertir en educación infantil, probablemente porque la mayor plasticidad cerebral durante los años preescolares hace que los niños se beneficien mucho de una estimulación rica a esas edades, lo que influye en la mayor adaptación escolar en los años posteriores, disminuyendo las tasas de fracaso escolar, y mejorando el clima en las aulas. En fin, un interesante estudio, mucho más valioso que las opiniones y elucubraciones de muchos de nosotros.

Alfredo Oliva

Rindermann, H. & Ceci, Stephen (2009). Educactional Policy and Country Outcomes in International Cognitive Competence Studies. Perspectives on Psychological Science, 4 (6), 551-577

sábado, 19 de diciembre de 2009

Sexo, mentiras y esperanza de vida


Llevaba unos días pensando que estaba haciendo méritos sobrados para alargar mi vida, después de escuchar en la radio los resultados de un estudio llevado a cabo en la Universidad de Frankfurt. Según los datos obtenidos en una investigación dirigida por el doctor en gerontología Karen Weatherby, aquellos hombres que miran el pecho de las mujeres durante unos diez minutos diarios aumentan su esperanza de vida en un promedio de 5 años. El hallazgo había sido recibido con alborozo por muchos varones heterosexuales y por algunas mujeres bien dotadas, y supongo que también por las clínicas de cirugía estética.

El estudio, aparentemente publicado en New England Journal of Medicine, ha tenido mucha repercusión en la blogosfera y en algunos medios de comunicación. Así, en algunas páginas web puede leerse que la muestra estuvo formada por 200 varones (supongo que heterosexuales) que se dividió en dos grupos, uno al que se pidió que fuese generoso a la hora de mirar esos atributos femeninos, y otro grupo al que se le impidió. No encuentro información acerca de cómo consiguieron los investigadores apartar a los participantes de esa barata diversión, aunque sí se detalla en algunas webs que el grupo de “observadores” ya mostró a los cinco meses una menor frecuencia cardiaca, niveles más bajos de tensión arterial, y una mejor circulación sanguínea. Así, el doctor Weatherby afirma que la excitación sexual provocada por esos diez minutos diarios de entretenimiento visual más eficaces que 30 minutos de ejercicio aeróbico para reducir el riesgo de problemas cardiovasculares.

Teniendo en cuenta que últimamente tengo cierta tendencia a la hipertensión generada por el estrés, ya había pensado cambiar la lectura que realizo mientras hago bicicleta estática en el gimnasio por el voyeurismo. De esa forma conseguiría aumentar los beneficios cardiovasculares del ejercicio aeróbico que realizo diariamente.

Para informarme mejor del estudio decidí buscar el artículo publicado por el investigador de la universidad alemana. Para mi sorpresa no encontré en New England Journal of Medicine, ningún trabajo del doctor Weatherby. Tampoco la búsqueda en Medline arrojó ningún resultado positivo. Sin embargo, sí encontré un artículo publicado el 21 de marzo de 2000 en el tabloide Weekly World News que hacía referencia al mismo estudio, aunque en esta ocasión se atribuía la investigación al doctor Franz Epping. La cosa parece estar clara: el estudio no existe, y se trata sólo de un bulo que tiene su origen en un tablodie, que ha encontrado una amplia difusión en la Red y que ha tenido eco en algunos medios de comunicación.

Aunque la blogosfera se ha convertido en una importante fuente de información y un medio muy apropiado para divulgar conocimiento, este asunto pone de manifiesto que hay que tener cuidado antes de dar por veraces muchas de las informaciones encontradas en blogs y páginas web. Por ahora, las revistas académicas son la fuente más fiable de información sobre asuntos científicos aunque, como demostró el travieso Alan Sokal, tampoco están totalmente exentas de bulos (ver aquí).
Alfredo Oliva

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Discusiones entre padres e hijos en la adolescencia


La adolescencia temprana es un momento en el que las relaciones parento-filiales suelen complicarse, de manera que incluso en las familias en las que la armonía entre padres e hijos era la norma pueden aparecer conflictos frecuentes. Las razones de esta zozobra de la tranquilidad en el hogar son variadas, pero suelen estar relacionadas con los cambios que atraviesan los chicos y chicas y sus progenitores. En primer lugar habría que destacar los cambios hormonales propios de la pubertad, que suelen tener consecuencias sobre los estados emocionales del adolescente y repercuten de forma negativa en sus relaciones con quienes les rodean. Además, el aumento del deseo y de la actividad sexual que conllevan estos cambios hormonales puede inclinar a los padres a mostrarse más restrictivos y controladores con respecto a las salidas y amistades del chico y, sobre todo, de la chica adolescente, en un momento en el que estos buscan una mayor autonomía, con lo que los enfrentamientos serán más frecuentes. Igualmente, resulta obligado señalar los cambios que tienen lugar a nivel cognitivo como consecuencia del desarrollo del pensamiento operatorio formal, que llevará a chicos y chicas a mostrarse más críticos con las normas y regulaciones familiares y a desafiar a la autoridad parental. Incluso serán capaces de presentar argumentos más sólidos en sus discusiones, llevando en muchas ocasiones a que sus padres se irriten y pierdan el control.

Otro elemento a tener en cuenta es la clara desidealización de las figuras materna y paterna que se va a producir, de forma que la imagen parental cercana a la perfección propia de la infancia será sustituida por otra mucho más realista. Esta desidealización suele favorecer la desvinculación emocional necesaria en esta etapa para que chicos y chicas vayan ganando autonomía personal. No es necesario recurrir al complejo de Edipo para entender que el niño y la niña tienen que “desenamorarse” de sus padres, y para esta faena nada mejor que comenzar a buscarles defectos y comprender que eran ídolos con pies de barro.

Finalmente, es importante destacar el aumento del tiempo que pasan con el grupo de iguales que va a permitir al adolescente una mayor experiencia en relaciones simétricas o igualitarias con toma de decisiones compartidas, y que le llevarán a desear un tipo de relación similar en su familia, lo que no siempre será aceptado de buen grado por unos padres que se resisten a perder autoridad. Por otra parte, en periodos de rápidos cambios evolutivos como la transición a la adolescencia, las expectativas de los padres con respecto al comportamiento de sus hijos son violadas con frecuencia, lo que causará conflictos y malestar emocional.

Aunque las transformaciones más relevantes tienen lugar en el adolescente, sus padres también están sujetos a cambios, y la pubertad de los hijos suele coincidir con la etapa de los 40-45 años de los padres. Este periodo, denominado por algunos autores crisis de la mitad de la vida, ha sido considerado como un momento difícil y de cambios significativos para muchos adultos, lo que podría suponer una dificultad añadida a las relaciones entre padres e hijos durante la adolescencia. Por lo tanto, la llegada de la adolescencia es un momento del ciclo familiar en el que coinciden dos importantes transiciones evolutivas, una en el hijo y otra en sus padres, lo que forzosamente contribuirá a enrarecer el clima familiar.

Lo mejor de todo es que estos momentos difíciles no suelen durar mucho y en poco tiempo, y contando con la compresión y flexibilidad parental, las aguas volverán a su cauce y la dinámica familiar habrá entrado en una nueva etapa que puede ser tan gratificante como las anteriores. Es más, puede decirse que estos conflictos y discusiones son necesarios para que tenga lugar un reajuste de las relaciones familiares en el que los padres tengan en cuenta las nuevas necesidades de sus hijos. Eso podría explicar que en un estudio longitudinal en el que hemos seguido a un grupo de 100 adolescentes desde los 13 hasta lo 23 años, aquellos adolescentes que declararon tener más conflictos con sus padres a los 13 años fueron quienes mostraron un mejor ajuste psicológico al final de la adolescencia. Estos enfrentamientos parecían haberles servido para ayudarles a madurar.




sábado, 14 de noviembre de 2009

Sobre la paja o "El placer está en tus manos"

Yo también fue un autodidacta –y precoz, dicho sea de paso- en esto de la paja, que es como por aquí se llama al vicio de Onán. En mi infancia los chicos no teníamos demasiados problemas de índole moral sobre el asunto, y comentábamos nuestras proezas manuales ante el grupo de amigos. Como todo el mundo se “aliviaba”, era un pecado compartido, y causaba menos culpabilidad. Es cierto que los domingos había que confesarse ante el cura, pero el brillo en los ojos del sacerdote, su respiración entrecortada y su interés por los detalles, unidos a la benevolencia de la penitencia impuesta, nos hacían pensar que esos frecuentes escapes pulsionales no nos conducirían al infierno.

Entre las niñas la cosa no era tan fácil. La sexualidad femenina casi nunca ha sido bien aceptada, y en España, tras cuarenta años de franquismo en los que el dictador había cedido a la Iglesia los derechos sobre la dirección moral de los ciudadanos, las mujeres fueron seres asexuados. Como ha recogido Rafael Torres en “El amor en tiempos de Franco”, la “educación sexual” por parte de abnegadas monjitas era intensa, y a las chicas se les enseñaban compostura, maneras de sentarse y de colocar las piernas y represión de las necesidades fisiológicas, pero, sobre todo, terror al propio cuerpo: los lavabos carecían de pestillos y espejos, hacían gimnasia vestidas hasta los ojos y se bañaban embutidas en camisones, así que de tocarse ni hablar. La liberación de la sexualidad de la mujer que la Segunda República trajo consigo quedó segada de cuajo y durante 40 años no hubo más sexualidad femenina lícita que aquella que con el objetivo de la procreación tenía lugar en el seno del matrimonio.

Sería razonable pensar que si esa etapa gris de nuestra historia reciente se cerró hace más de 30 años, la sexualidad femenina habría reverdecido después de un invierno tan largo. Sin embargo, parece que las prohibiciones de una generación se convierten en tabúes en la generación siguiente, y las adolescentes actuales aún siguen sin haberse librado por completo de la moral restrictiva que vivieron sus madres y abuelas, al menos en lo referente a la masturbación. Durante los últimos años hemos llevado a cabo varios estudios sobre sexualidad en adolescentes, y resulta llamativo que mientras que ellos viven el autoerotismo con total naturalidad, entre ellas la masturbación sigue siendo una práctica clandestina que con frecuencia suele generar sentimientos de culpa, como reflejan los siguientes testimonios de chicas de edades comprendidas entre los 15 y 18 años: “Si alguien te dice que una chica hace eso te parece escandaloso”; “Yo me tachaba de guarra por eso, incluso pensaba que era anormal”; “Para la mujer la sexualidad comienza a partir de estar con un hombre”.

Teniendo en cuenta que para muchas chicas el autoerotismo supone la iniciación sexual, no parece que comenzar con miedo y culpabilidad sea la mejor fórmula para vivir una sexualidad satisfactoria. Por eso, siempre he pensado que uno de los objetivos de una buena educación afectivo-sexual debe ser el generar entre las chicas una actitud de aceptación ante la masturbación para que puedan vivirla sin complejos, al igual que sus iguales varones.

Sin embargo, no parece que esa sea una opinión generalizada, como puede desprenderse del revuelo que se ha montando en los medios de comunicación ante la campaña puesta en marcha por el Consejo de la Juventud y el Instituto de la Mujer de la Junta de Extremadura. La iniciativa, dirigida a adolescentes de entre 14 y 17 años, y denominada “el placer está en tus manos”, incluye entre sus contenidos la autoexploración sexual y el descubrimiento del placer, algo no sólo aceptable sino totalmente necesario para una vivencia saludable de la sexualidad.

Los ataques que ha recibido la campaña han sido totalmente desproporcionados y desprovistos de argumentos, y desde la prensa y la radio, periodistas, opinantes y cretinos de variado pelaje, pero fundamentalmente de sexo masculino, han ridiculizado la campaña aduciendo que ellos aprendieron solos, y que se está malgastando el dinero público. Si se tiene en cuenta que la inversión ha sido de 14.000 euros, no parece que el supuesto despilfarro sea lo que en realidad preocupa a estos machotes de la comunicación. En el fondo no parece haber otra cosa que miedo e incomodidad del varón ante la sexualidad femenina. Por eso, me permito aconsejar al lector que antes de reir los comentarios despectivos sobre la campaña se pregunte a sí mismo ¿de qué me río?
¿O es que acaso le molesta que disfruten los demás?.
Alfredo Oliva

Mis frutas azabaches

carnosas y maduras

como un racimo de uvas,

carbones encendidos,

riegan sus mieles tibias

creando un mar de espuma

entre los dedos míos.

Salomón Borrasca

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Contra el autoritarismo


Resulta más que evidente que el asunto del ejercicio de la autoridad preocupa. Existe el convencimiento de que vivimos un periodo de pérdida de autoridad por parte de quienes tienen que ejercerla, ya sea en la familia, en la escuela o en la sociedad en general. El sábado pasado, Francisco J. Laporta, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid, escribía un artículo de opinión sobre este tema en el diario El País (aquí). En él hacía suyas afirmaciones como la siguiente “las directrices de quien es considerado autoridad se aceptan como razones para las propias acciones con exclusión de las que uno pudiera tener al respecto”, lo que viene a querer decir que cuando un sujeto posee esa autoridad (por su cargo o sus conocimientos), lo más racional es seguir sus dictados, ya que ello supondría incorporar su racionalidad a la hora de tomar una decisión en una situación en la que carecemos de capacidad suficiente para hacerlo por nosotros mismos. Mas adelante continúa refiriéndose a la crisis de autoridad que se vive en la actual escuela española - “no es que tengamos una crisis de autoridad, es que parecemos estar cerca de una oleada colectiva de ignorancia y estupidez”.

Bien, pudiendo estar de acuerdo en que en la escuela, al igual que en la familia, ha habido en las últimas décadas una reducción progresiva de la autoridad de educadores y padres, me permito cuestionar la necesidad de obediencia absoluta a esas figuras, como parece deducirse de las palabras de Laporta. Obedecer a padres, médicos y profesores, será, como se afirma en al artículo, introducir racionalidad en nuestras vidas, pero no debemos perder de vista que desde finales del siglo pasado algunas tendencias en los ámbitos de la salud o la educación parecen aconsejar lo contrario.

Un ejemplo claro sería la tendencia actual en promoción y atención primaria de la salud, impulsada por la O.M.S., que pasa por aumentar la participación de la población y empoderar al paciente, lo que significa que el doctor no es ya esa figura omnisciente que dirigía con autoridad las vidas del redil de sus pacientes. En la actualidad la ciudadanía está mucha más informada, es más exigente y ha empezado a tomar las riendas de su propia salud, sin que ello suponga necesariamente un impulso del poder de los curanderos. Este empoderamiento pasa por aumentar los conocimientos del paciente, ofrecerle diversas opciones médicas, permitir su acceso a información en salud, favorecer su toma de decisiones respecto a tratamientos, es decir, todo lo contrario a ese respeto absoluto al “dios médico” que propone Laporta en su artículo.

En la escuela también se ha vivido una transformación semejante que ha supuesto una democratización de los centros educativos con actitudes menos autoritarias por parte del profesorado y una mayor participación, aunque aún insuficiente, del alumnado y sus padres en la gestión y política de los centros. El empoderamiento del alumnado, sobre todo en secundaria, y el fomento de una actitud crítica ante el conocimiento es un objetivo avalado por la evidencia empírica y defendido por la mayoría de investigadores internacionales, que viven al margen de este debate fuertemente ideologizado que se ha instalado en nuestro país.

La familia no podía ser menos, y los estilos democráticos parentales son reconocidos como los más apropiados para favorecer el desarrollo de chicos y chicas. Este estilo no sólo implica el apoyo y la supervisión parental, sino también la promoción de la autonomía y la estimulación por parte de padres y madres de la toma libre de decisiones y de un pensamiento crítico e independiente en sus hijos.

En fin, creo que ha quedado claro que el artículo del profesor Laporta no me ha convencido mucho, y es que podría pensar qué diablos hace un catedrático de Filosofía del Derecho opinando sobre asuntos educativos. Sin embargo, acabo de caer en la cuenta en que en este mismo blog he opinado con frecuencia sobre asuntos jurídicos, por lo que tengo que admitir que está en todo su derecho a hacerlo. Este debate parece más que necesario.