jueves, 28 de mayo de 2009

Activos para el desarrollo adolescente



En varias entradas anteriores me he referido a la visión excesivamente dramática de la adolescencia y a las consecuencias que se derivan de esa tendencia a ver siempre el vaso medio vacío. Una de esas consecuencias es el fomento de un modelo de intervención centrado en el déficit, de características similares al modelo médico tradicional, y que considera que la ausencia de problemas es un buen indicador de un desarrollo adolescente saludable. Así, el vocabulario que suele usarse para hablar de desarrollo y salud adolescente está plagado de términos que indican la no existencia de trastornos o conductas de riesgo. Así, un chico o una chica saludable es aquél que no consume drogas o alcohol, y no se implica en actividades antisociales o en prácticas sexuales sin protección

Este vocabulario es fiel reflejo de ese modelo o paradigma centrado en el déficit, los riesgos, la patología y sus síntomas, y con escasísimas referencias a competencias, optimismo, expectativas de futuro o relaciones significativas. Así, de acuerdo con este paradigma, la investigación se dirige a denominar, contar y reducir la incidencia de los riesgos y las conductas poco saludables, y el desarrollo juvenil positivo es considerado como la ausencia de conductas negativas o problemáticas. Esto lleva a un mayor seguimiento de las conductas negativas que de las positivas y a un menor interés, con la consiguiente menor inversión de recursos, en el estudio y la promoción de comportamientos positivos.

Si el modelo del déficit está centrado en identificar los problemas y desajustes, el modelo del Desarrollo Positivo Adolescente (ver aquí), además de definir las competencias que configuran un desarrollo saludable, lleva asociado el concepto de recursos o activos para el desarrollo (developmental assets). Este concepto fue propuesto por el Search Institute (Scales y Leffert, 1999), y se refiere a los recursos personales, familiares, escolares o comunitarios que proporcionan el apoyo y las experiencias necesarios para la promoción del desarrollo positivo durante la adolescencia.

En los modelos centrados en el déficit se habla de factores de riesgo, que son aquellas circunstancias que hacen más probable la aparición de un trastorno o enfermedad, por lo que su ausencia contribuye a mejorar la salud. Sin embargo, la ausencia de un factor de riesgo no tiene porque llevar a la promoción de la competencia del sujeto. Igualmente, un factor de protección, aunque evita el surgimiento de la patología tampoco implica un mejor desarrollo positivo. Sin embargo, los activos sí son factores que promueven la competencia, el desarrollo y la salud de las personas.

La propuesta del Search Institute incluye un total de 40 recursos o activos, 20 de estos recursos son externos y se refieren a características de la familia, la escuela o la comunidad en la que vive el adolescente, como la existencia de apoyo y límites, la seguridad, la presencia de modelos adultos positivos o la influencia positiva del grupo de iguales. Otros 20 recursos son internos, es decir son características psicológicas o comportamentales del adolescente, como, por ejemplo, una alta autoestima, la responsabilidad personal, las expectativas de futuro o la capacidad para tomar decisiones.

En la actualidad estamos comenzando a analizar los datos de un estudio en el que hemos partido de este modelo, y en el que intentamos conocer cuáles son los activos más importantes para la promoción del desarrollo adolescente. Haste el próximo otoño no tendremos los resultados, pero mientras tanto podéis encontrar un avance del modelo aquí:

Oliva, A., Hernando, A., Parra, A., Pertegal, M. A., Ríos, M. y Antolín, L. (2008). La promoción del desarrollo adolescente: Recursos y estrategias de intervención. Sevilla: Consejería de Salud de la Junta de Andalucía . (descargar aquí).

lunes, 25 de mayo de 2009

EUREKA


Sentado frente a la pantalla del ordenador rememoras cómo años atrás comenzaste a pensar sobre este estudio. Ha sido un arduo camino de varios años lleno de retos y dificultades: las primeras lecturas sobre el tema, las elucubraciones que cuajaban en hipótesis, la redacción de proyectos, la búsqueda de fondos, los interminables trámites burocráticos…Y, finalmente, el pistoletazo de salida que trajo consigo una actividad frenética alrededor del reparto de tareas, la preparación de instrumentos, el estudio piloto, el muestreo, los contactos, la recogida y picado de datos, es decir, todo lo que conlleva una investigación de cierto calado. Durante todos estos años has tenido decenas de reuniones con el grupo de investigación,que quedan reflejadas en un buen montón de actas, han surgido problemas de todo tipo y habéis preparado incontables documentos. Pero, al fin, ha llegado el momento decisivo y delante de ti tienes un diagrama diabólico, con flechas y figuras elípticas y rectangulares, que recoge algunas de las hipótesis del estudio. Has construido la sintaxis, y sólo tienes que presionar una tecla para ver si los datos recogidos confirman estas hipótesis. Dudas unos segundos pues temes que el esfuerzo de tanta gente sea en parte en vano, pero, “alea jacta est”, cierras los ojos, cruzas los dedos y corres el programa. En un par de segundos la pantalla te da una repuesta casi inmediata: el modelo ajusta. ¡Eureka!, no estás tan emocionado como Arquímedes, y tampoco sales desnudo a la calle de pura excitación. Pero sientes que la dopamina fluye por tu circuito mesolímbico. Parece mentira pero una de tus intuiciones parece ser cierta. Sí, la intuición, ese desprestigiado recurso, que lejos de ser un pensamiento inacabado es la cristalización de muchos años de experiencia. Y es que estás a punto de cumplir 51 años, y de ellos la mitad los has pasado dedicado a esta tarea de buscar respuestas a algunas preguntas.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Se presenta el Manifiesto pedagógico “No es verdad”


Parece que el manifiesto “No es verdad” sigue su curso, y esta misma semana se vestirá de largo. Así, el próximo sábado 23 de mayo saldrá publicado en El País, y el jueves 28 de presentará en Madrid (Salón de Actos de CCOO, c/ Lope de Vega, 40) en un acto que contará con la presencia de Francesco Tonucci. La presentación en Sevilla tendrá lugar el día 1 de junio en el salón de actos de la flamante nueva Facultad de Derecho.

El manifiesto trata de rebatir la idea, muy extendida, de que la escuela española se está deteriorando a pasos agigantados. Opinión que ni es nueva ni exclusiva de nuestro país.

En él se recogen muchas ideas interesantes, como que no es verdad que la escuela no funcione como debiera debido a la introducción de innovaciones metodológicas, ya que, muy al contrario, la escuela sigue anclada en métodos y contenidos del pasado: transmisión directa de contenidos inconexos, desfasados e irrelevantes, aprendizaje mecánico y repetitivo, evaluación selectiva y sancionadora, etc. También argumenta en contra de que los alumnos de ahora sean peores que los de antes; o que hayan bajado los niveles de exigencia, ya que, muy al contrario, los contenidos tienden a aumentar de un año al siguiente.

En fin, un documento interesante que ha abierto un duro debate en los ámbitos educativos de nuestro país. En una entrada anterior nos hemos referido al manifiesto (ver aquí).

jueves, 14 de mayo de 2009

Abortar a los 16


Por fin el Gobierno se ha atrevido a modificar la ley que regula la interrupción voluntaria del aborto, y hoy mismo el Consejo de Ministros ha aprobado el cambio legislativo. Ya era hora. La ley anterior databa de 1985, un momento histórico en el que nuestra democracia era aún joven, y La Iglesia seguía manteniendo esa manía alimentada durante casi 40 años de dictadura de querer influir en las decisiones de los gobiernos de turno, como si todos los ciudadanos de este país fuesen borregos de su rebaño, y como si el reino de su Dios fuese de este mundo.

Como ya comenté en una entrada anterior (ver aquí), me preocupaba que la modificación de la ley no llegase a incluir la posibilidad de que las chicas mayores de 16 años pudiesen abortar sin tener que solicitar el consentimiento parental. La verdad es que no me parecía sensato que la Ley de Autonomía del Paciente, aprobada en 2002 y que permitía a las menores de 16 y 17 años tomar decisiones de forma autónoma sobre cualquier tipo de prestación sanitaria o intervención quirúrgica, estableciese algunas excepciones como la posibilidad de abortar. La razón es que, como he expuesto de forma reiterada en diversas entradas, un adolescente de 16 años o más tiene una capacidad cognitiva similar a la de una persona adulta. Al menos eso indica la evidencia empírica existente sobre este asunto.

Afortunadamente, esa restricción por edad se ha suprimido, y las chicas de 16 años o más no necesitarán el consentimiento parental para interrumpir voluntariamente su embarazo. Como yo suponía, y seguramente el gobierno también, este aspecto de la nueva ley es el que más rechazo está generando entre la opinión pública. Los argumentos en contra de la ampliación referida a la edad de la mujer que decide abortar no termino de entenderlos, y la verdad es que me gustaría conocerlos con más detalle. Sin embargo, llevo un par de días escuchando argumentos tan sólidos como estos: “es una auténtica animalada”, “es una salvajada”, “eso no hay quien lo entienda”. Algunos/as se aventuran algo más: “pero cómo va a pasar una chica por esa situación sin sus padres”.

Ya comenté hace unas semanas en este mismo blog que la ley no impedirá que la chica aborte en compañía de su padre, de su madre, y hasta de sus abuelos y vecinos, si lo considera oportuno. Pero, a partir de ahora, será ella quien decida qué hacer con su vida, sin que unos padres ilusionados por tener nietos tomen la decisión por ella. Aunque sospecho que, por fortuna, en muchas ocasiones las chicas consultarán con sus familiares una decisión tan importante para una mujer como es la interrupción de un embarazo no deseado. Y esto ocurrirá sobre todo en aquellas familias en las que exista una buena relación entre padres e hija, y la revelación de asuntos personales por parte de la adolescente sea algo frecuente.

Por lo tanto, un buen consejo para aquellos padres que no quieran verse apartados de tan importante decisión es que mantengan una buena relación con sus hijas, marcada por el apoyo, el afecto, el intercambio de ideas, el fomento de su autonomía y el respeto a sus decisiones. Cuando estos ingredientes estén presentes es más que probable que la chica hable con sus padres de su estado.

Tal vez, algún perspicaz lector encontrará una clara contradicción entre estos argumentos a favor de la capacidad de una menor para tomar decisiones con respecto a su embarazo, y mi defensa de la Ley de Responsabilidad Penal del Menor. Es posible, pero esta contradicción no es menor que aquella en la que incurren quienes consideran a una menor como suficientemente responsable como para ir a la cárcel pero inmadura como para poder abortar.


¡Ah!, se me olvidaba comentar que la ley no obliga a abortar a ninguna mujer, ya sea mayor o menor de edad. Se trata de una decisión libre y voluntaria.

domingo, 10 de mayo de 2009

Sobre el papel de los padres en el rendimiento escolar de sus hijos


Hace unas semanas la Fundación de Cajas de Ahorro presentó en Madrid el estudio Educación y Familia: los padres ante la educación general de sus hijos en España, realizado por los profesores de la Universidad Complutense Víctor Pérez-Díaz y Juan Carlos Rodríguez. El estudio recoge la opinión de padres y madres a partir de 820 encuestas, y aunque se trata de una investigación modesta, ofrece algunos resultados interesantes. Por ejemplo, según este estudio, los padres que se implican más en la educación tienen hijos que obtienen mejores calificaciones. Bien, ya sé que no es ninguna novedad, pero está bien disponer de más datos que destaquen el importante papel que desempeñan los padres.
Otro resultado de esta investigación puede parecer algo más sorprendente: contrariamente a lo que algunos piensan, cada vez son más los padres y madres que se implican de forma activa en la educación de sus hijos. Así, cuando se comparan los datos de este estudio con los de otro realizado en el año 2000, se observa un significativo aumento de la participación parental en tareas como apoyar en las tareas escolares o acudir a reuniones con los profesores. Por lo tanto, volvemos a encontrar alguna evidencia que contraría las ideas de que los mundos de la escuela y la familia se están resquebrajando y de que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”.

Desde este blog me gustaría ofrecer algunas sugerencias que pueden ser de interés para padres y madres que quieran ofrecer ese apoyo a sus hijos, pero que no tengan claro cómo hacerlo, especialmente para quienes tienen hijos que se encuentran al comienzo de la educación secundaria, ya que a medida que niños y niñas van cumpliendo años sus madres y padres pueden tener más dudas sobre cómo ayudarles.


Algunas cosas que podéis hacer:

Mantened contactos con el centro escolar. Existen diferentes formas de hacerlo, desde hablar con el tutor/a, colaborar con el centro, o participar en los órganos de gestión como el Consejo Escolar o las AMPAS.

Hablad con vuestro hijo o hija de las cosas relacionadas con el colegio. De las asignaturas y actividades, de sus compañeras y compañeros, del profesorado... Es importante que sienta que os interesáis por lo que vive en el instituto.

Ayudadle a organizar su tiempo. Muchas veces no obtienen el máximo rendimiento de sus horas de estudio porque no saben cómo hacerlo. Madres y padres nos interesamos, pero a veces no vamos más allá del “trabaja duro”, y no les explicamos cómo hacerlo. Ayudadle a organizar su tiempo libre y supervisad su trabajo.

Prestad atención durante todo el curso a su trabajo y su rendimiento escolar, y no sólo cuando llegan las notas al final de cada trimestre.Mostraros atentos ante una disminución en su rendimiento. Las malas notas pueden significar muchas cosas: poco esfuerzo, desinterés, problemas personales –peleas con los compañeros o un desengaño amoroso- o dificultades de carácter más cognitivo, como problemas de comprensión lectora o con las matemáticas. Escuchad sus razones del suspenso, hablad con su tutor o tutora, no dramaticéis y animadle a seguir trabajando.

Apoyadle en las tareas escolares. Podéis hacerlo de distintas formas: ayudándole en tareas concretas cuando no entiende algún problema, cuando necesita ayuda para estudiar algún contenido, sugiriéndole dónde puede encontrar información... Preguntadle por lo que está estudiando, revisad sus esquemas y resúmenes..., pero ¡ojo!, no hagáis sus tareas. Es él o ella quien tiene que trabajar. Podéis darle vuestro apoyo y consejo, pero sin duda, el principal esfuerzo es suyo.

Motivadle y fomentad su interés. Hacedle ver lo importante que es lo que aprende en la escuela, y no sólo porque le va a servir en el futuro, sino que los contenidos escolares tienen un sentido y una utilidad aquí y ahora. Por ejemplo, la importancia que tienen los idiomas para navegar por internet, o la historia para entender los problemas sociales actuales.

Aportadle material y situaciones que favorezcan su aprendizaje. Es importante pueda disponer de recursos educativos como libros u ordenador. Igualmente, es fundamental hablar con vuestro hijo o hija sobre temas sociales, culturales e interpersonales y planificar algunas salidas o visitas de carácter cultural a museos, cines o conciertos.

Facilitad un ambiente de apoyo y confianza. Un contexto familiar positivo, en el que se combinen las exigencias con el apoyo, es fundamental para el buen ajuste escolar.

lunes, 27 de abril de 2009

Sobre la Ley de Responsabilidad Penal del Menor


Esta tarde al salir de un centro comercial una señora de mediana edad, con aspecto de tener mucho tiempo para dedicárselo a sí misma, me abordó con una amplia sonrisa de dientes blanquísimos para solicitar mi firma en contra de la Ley de Responsabilidad Penal del Menor. Cuando le comenté que no pensaba firmar en contra de lo que me parecía buena ley, cambió su sonrisa por una mirada de incredulidad, para ir apartándose después con algo de temor, como si tuviese delante de sí al mismísimo Jack el Destripador.

Supongo que hasta el momento de encontrarse conmigo habría recogido un buen montón de firmas, lo que explicaría su estupor ante mi negativa. La verdad es que no me extraña. Vivimos en un mundo muy globalizado y en el que los medios de comunicación tienen tanta presencia que un hecho ocurrido en cualquier lugar del primer mundo –lo que suceda ocurra en el tercero es otra cosa- nos llega como si hubiese acontecido en nuestro mismo vecindario, y nos genera la misma sensación de inseguridad. Los medios de comunicación tienen un efecto multiplicador que amplifican la percepción del riesgo real que corremos, de forma que vivimos permanentemente instalados en un estado de miedo. Miedo a la delincuencia juvenil, a la violencia sexual, a los inmigrantes, a las drogas, a la fiebre porcina, a las bandas albano-kosovares…Y cuando el miedo se instala en nuestros mecanismos cerebrales, termina por alterar la objetividad de nuestros juicios, condiciona nuestras relaciones con quienes nos rodean e influye en las políticas que apoyamos.

Creo que por eso, una ley progresista y que conlleva una serie de medidas reeducativas o rehabilitadoras, como la Ley de Responsabilidad Penal del Menor, ha llegado a generar tanto rechazo en una sociedad que no es excesivamente conservadora, ¿o tal vez sí? Es evidente que esta ley puede ser mejorada, sobre todo en lo que se refiere a su implementación: más recursos, personal mejor formado en los centros de internamiento, atención a los menores de 15 años no imputables y a sus familias, endurecimiento en el caso de delitos muy violentos, etc. Sin embargo, mejorar la ley no significa que deba ser retirada. Se me ocurren algunas razones a favor de su mantenimiento.

  1. Muchos adolescentes presentan déficits en el autocontrol de sus impulsos agresivos y falta empatía, lo que está relacionado con una sobreactivación de la amígdala y un escaso desarrollo órbito-frontal. Estos mecanismos cerebrales están en pleno proceso de maduración durante la adolescencia y muestran una gran plasticidad, por lo que la reclusión en centros reeducativos ofrece una magnífica oportunidad para el desarrollo de estos mecanismos relacionados con el autocontrol. En cambio, en un contexto hostil, como es la cárcel, es más que probable que la amígdala, y el sistema de ataque-huida, se mantengan en una situación de hipervigilancia poco propicia para el desarrollo de los circuitos de autorregulación. Es decir, no sólo desaprovecharemos la ocasión para influir en la maduración prefrontal, sino que contribuiremos a fortalecer la propensión a la criminalidad.
  2. Aunque factores genéticos y temperamentales desempeñan un papel importante en la criminalidad, hay una importante evidencia empírica que destaca la influencia de factores familiares, entre los que destacan la negligencia parental y los malos tratos físicos. Es decir, muchos de estos jóvenes delincuentes han tenido contacto con el sistema policial y judicial de la Administración, sin que antes los servicios de protección a la infancia hayan intervenido para impedir esos malos tratos, que a la postre han generado en el menor un comportamiento agresivo y delictivo. O sea, no les hemos protegido cuando debíamos hacerlo y ahora nos protegemos de ellos. ¡Muy bonito!, como diría mi abuela.
  3. Aunque no sea el argumento principal, también merece la pena hablar de motivos económicos, ya que aunque a corto plazo la rehabilitación en centros de internamiento bien dotados sea cara, a largo plazo supondría un ahorro para el Estado, ya que la cárcel implica una alta tasa de reincidencia. Ello conlleva un mayor gasto, tanto por el daño derivado de los sucesivos delitos como por el coste que supone el internamiento durante muchos años en periodos intermitentes.
  4. Tendemos a dividir la sociedad en víctimas y verdugos, en lobos y corderos, y naturalmente ni nosotros ni nuestros hijos estamos en el lado oscuro. Pero, como indican muchos estudios, los delitos menores cometidos por adolescentes son relativamente frecuentes, y nada nos debería llevar a pensar que nuestros hijos están exentos de entrar en contacto con el sistema judicial. En ese caso, ¿querríamos para nuestros hijos una ley severa y represiva o una ley rehabilitadora?

    Una última pregunta para concluir esta entrada, que ya va siendo más larga de lo habitual: ¿tienen tasas más bajas de criminalidad países que como Estados Unidos aplican a los menores penas similares a las de los adultos?

miércoles, 22 de abril de 2009

Influencias genéticas sobre el apego desorganizado o no resuelto


Aunque existe una abundante evidencia empírica que indica que el tipo de apego (seguro, ambivalente, evitativo o desorganizado) se construye en las interacciones que tienen lugar en la primera infancia entre el bebé y sus cuidadores, cada vez son más los datos que apuntan a la influencia de factores genéticos. Esta influencia no resulta sorprendente, ya que los genes están relacionados con el temperamento y el comportamiento del menor, lo que a su vez puede condicionar el trato por parte de sus cuidadores, es decir, lo que en genética de la conducta se denominan correlaciones reactivas entre genes y ambiente.

En una entrada anterior ya hicimos referencia a la asociación que algunos genes como el DRD2 y el HTRA mostraban con el tipo de apego adulto (ver aquí). Ahora, un estudio que acaba de publicar Developmental Psychology (aquí), viene a aportar más datos sobre esta influencia genética, en este caso sobre el apego inseguro desorganizado, o no resuelto (unresolved), que es como se denomina a este tipo de apego en sujetos adultos. Este estilo de apego, claramente desadaptativo, suele tener como antecedentes una situación prolongada de malos tratos, y los sujetos que muestran este estilo presentan desorientación y confusión en los procesos de razonamiento a la hora de interpretar distintas experiencias de pérdidas y traumas infantiles. El hecho de que algunos estudios hubiesen encontrado muy poca coincidencia entre hermanos en este modelo de apego sugería que el medio familiar compartido (shared environment) no parecía ser determinante del mismo, y apuntaba a la posibilidad de que la variabilidad genética fuese una fuente potencial de influencia del apego desorganizado.

El estudio que comentamos se llevó a cabo sobre una muestra de 86 sujetos adultos que habían sido adoptados durante su primer año de vida, y que fueron entrevistados mediante el Adult Attachment Inventory (Inventario de Apego Adulto) y sometidos a análisis de ADN. El gen analizado en esta ocasión fue el transportador de la serotonina (5-HTTLPR), que es un neurotransmisor implicado en la regulación emocional, por su relación con la reactividad de la amígdala.

Los resultados indicaron que una variación alélicas de dicho gen aumentaba de forma significativa la probabilidad de presentar un modelo de apego no resuelto. El hecho de que no se hallaran relaciones significativas entre las variaciones de dicho gen y algunas características temperamentales y psicológicas induce a pensar que tal vez no fueran los rasgos temperamentales del sujeto los que influyesen sobre el estilo de crianza parental, lo que a su vez llevaría a la desorganización del apego. Es decir, el papel mediador del temperamento en la relación entre genes y apego, no quedó demostrado. Ello lleva a los autores a preguntarse acerca de los mecanismos que subyacen en la relación entre la variante alélica corta del 5-HTTLPR y el apego no resuelto.

Una posibilidad es que los circuitos implicados en la regulación emocional, en cuyo desarrollo dicho gen desempeña un importante papel, se encuentren deteriorados. Estos circuitos, que integran a la amígdala y zonas medial y ventral de la corteza prefrontal, regulan la apreciación emocional de algunas experiencias o recuerdos de la infancia, lo que puede hacer que estos sujetos muestren una elevada intensidad afectiva en las conversaciones acerca de ciertas experiencias infantiles de pérdidas y rechazos que son propias del Adult Attachment Inventory. Ello hará más probable que estos individuos sean clasificados como “no resueltos”.

Por lo tanto, parece que más que las experiencias vividas en la infancia, es la defectuosa elaboración emocional posterior de dichas experiencias lo que hace que presenten un modelo de apego inseguro no resuelto.En fin, un estudio bastante interesante, no tanto porque demuestre las influencias genéticas sobre este tipo de apego, sino porque sugiere un interesante mecanismo neuropsicológico como el responsable de dicho déficit socio-emocional.

domingo, 19 de abril de 2009

Cuando la pareja se rompe: afrontando la separación


Cada vez es más frecuente que en algunas familias las desavenencias conyugales terminen en divorcio. Y más allá de sus propias emociones y dificultades, a muchas madres y padres les preocupan mucho los efectos y consecuencias que la separación puede acarrear sobre sus hijas e hijos. No todos los chicos y chicas viven la experiencia del divorcio de sus progenitores de la misma forma, porque dependerá de sus propias características personales y de otros aspectos como los recursos económicos, los amistades que tengan, etc. En este sentido, la edad de las hijas e hijos es crucial para que la adaptación a la nueva situación sea más o menos rápida. Son las niñas y los niños en edad preescolar los que sufren más alteraciones a corto plazo. Probablemente porque les cuesta más trabajo entender que su madre y su padre siguen siendo sus padres aunque no sigan juntos. Además, comprenden peor lo que ha provocado la ruptura y tienden a culparse a sí mismos.

Los chicos y chicas adolescentes suelen adaptarse más fácilmente a la nueva situación, ya que son más capaces de entender los motivos de la separación y la situación emocional por la que atraviesan sus progenitores. No obstante, cuando la separación se produce durante la adolescencia temprana (11-13 años), coincidiendo con los cambios físicos y sociales propios de esta etapa, puede generar mucho estrés en el chico o la chica adolescente, y los padres deberán mostrar especial cuidado para evitar los consecuencias negativas para el menor derivadas de una separación mal llevada. Para facilitar al adolescente esta transición los padres pueden seguir algunas indicaciones muy sencillas:

· Informar juntos a las hijas e hijos de la separación, ofreciéndoles una explicación acorde con su edad de los motivos que han llevado a la pareja a tomar tal decisión.

· Tener previstos todos los cambios que se van a producir en la vida de los hijas e hijos, comunicándoselos desde el primer momento. La separación de la pareja debería alterar lo menos posible su experiencia escolar y sus relaciones sociales.

· No forzar a las hijas e hijos para que tomen partido por el padre o la madre, mostrando una actitud de respeto mutuo y evitando transmitirles una visión negativa del otro.

· Nunca culpabilizar a hijas e hijos de la decisión, ni permitir que ellos mismos se culpabilicen. Explicarles que la separación tiene que ver con la relación de pareja, no con la relación con las hijas y los hijos.

· Es muy importante que, a pesar de la separación, hijos e hijas sigan manteniéndo el contacto con el padre y la madre, independientemente de quien se quede con la custodia legal.

Si además de la separación tiene lugar la formación de una nueva familia, como consecuencia de un nuevo emparejamiento de alguno de los padres, la situación puede ser algo más complicada, aunque ese asunto lo trataremos en otra entrada.

martes, 14 de abril de 2009

Apego a Dios



Seguro que cuando John Bolwby formuló su teoría del apego no pensaba que ésta iba a tener tanta trascendencia. Su modelo ha sido fundamental para entender cómo las relaciones que se establecen entre el bebé y su madre o padre son un elemento clave para entender el desarrollo social a lo largo del ciclo vital. Como ya he tenido ocasión de comentar en entradas anteriores (ver aquí ), cuando estas relaciones se caracterizan por la sensibilidad, el afecto y la disponibilidad, el niño crea un modelo de esta relación caracterizado por la seguridad y confianza en sí mismo y en los demás sobre el que se construirán sus relaciones sociales posteriores. Así, hay una importante evidencia empírica que indica que cuando el modelo de apego construido en la infancia es seguro, las relaciones con los amigos, primero, y con la pareja, más adelante, estarán marcadas por la seguridad y la confianza. En cambio, en aquellos casos en los que las relaciones tempranas con el cuidador/a llevó a la inseguridad en el modelo de apego, por su rechazo o indisponibilidad, estas relaciones posteriores serán emocionalmente frías o estarán caracterizadas por la ansiedad y los celos.

Pero parece que la cosa no se queda ahí, ya que algunos estudios recientes han apuntado la posibilidad de que ese modelo de apego forjado en la temprana infancia también puede generalizarse a las relaciones con Dios. Tal vez el lector agnóstico se esté preguntando cómo es posible que se traslade ese modelo a una relación con algo que sólo existe en la mente del sujeto creyente. Pues de eso se trata, de que es una figura ficticia que existe para la persona religiosa y que posee algunas de las características de las figuras de apego: proporciona seguridad, busca la proximidad con ella, experimenta ansiedad cuando no la siente cercana, es decir, es como si fuera una madre o un padre atento y protector. De hecho la tradición judeo-cristiana ha caracterizado a Dios como una figura materna, o más bien paterna, cariñosa y protectora, aunque también puede llegar a mostrarse severa.

Algunos autores, como Kikpatrick, encontraron que la relación con Dios podía servir como una especie de compensación para unas relaciones afectivas pobres. Es decir, aquellos sujetos que habían construido un modelo de apego inseguro, y que por ello tendrían dificultades para establecer relaciones íntimas de tipo seguro, se refugiarían en la relación con Dios, en una especie de compensación de esa carencia.

Sin embargo, un estudio más reciente (Beck y McDonald, 2004) cuestionó esa hipótesis de la compensación, ya que halló que había una cierta continuidad entre el tipo de apego hacia la pareja y el apego hacia Dios. Ambos tipos de apego fueron evaluados mediante sendos cuestionarios que incluían dos dimensiones: ansiedad y evitación en estas relaciones. Es decir, los resultados indicaron que aquellos sujetos adultos que mostraban más ansiedad y preocupación en sus relaciones románticas también tendían a mostrarse ansiosos en sus relaciones con Dios. En el caso de la evitación, la relación no fue tan clara. Supongo que no hará falta aclarar que el estudio se llevó a cabo con sujetos adultos creyentes (cristianos para ser más precisos), ya que no cabe pensar que una persona no creyente establezca una relación de apego con una figura sobrenatural en la que no cree.

La evidencia sobre este asunto aún es limitada, y el estudio mencionado deja abierta muchas interrogantes, pero puede servir para entender cómo las relaciones que establecen los creyentes con su Dios imaginario pueden ser una fuente de apoyo, seguridad e incluso salud. Aunque eso en el caso de que el modelo de apego sea seguro, ya que si la inseguridad domina esta relación sobrenatural, es muy probable que no se trate de una relación saludable, y no aporte nada positivo al esforzado creyente, sino sea más bien una fuente adicional de frustración.


Beck, R., & McDonald, A. (2004). Attachment to God: The Attachment to God Inventory, tests of working mmodel correspondence, and an exploration of faith group differences. Journal of Psychology and Theology,32, 92-103.

McDonald et al. (2005). Attachment to God and Parents: Testing the Correspondence vs. Compensation Hypotheses. Journal of Psychology and Christianity, 24, 1, 21-28.

martes, 7 de abril de 2009

Cuando el ambientalismo es conservador

En algunas entradas anteriores me he referido a cómo tradicionalmente la izquierda y la derecha políticas han asumido planteamientos ambientalistas e innatistas, respectivamente, a la hora de explicar la naturaleza humana. La izquierda porque el objetivo último de cambiar al hombre requería admitir su total moldeabilidad y el poder transformador del ambiente, y la derecha porque encontrar causas genéticas en las diferencias individuales le servía para justificar la posición privilegiada de las clases altas por sus capacidades innatas.
Sin embargo, en bastantes ocasiones los argumentos pueden cambiar de bando, y ser utilizados para defender posiciones ideológicas contrarias a las que en principio podrían vincularse. Un ejemplo podría ser el caso el de las teorías psicológicas de Antonio Vallejo Nájera, psiquiatra español muy relacionado con la derecha franquista, que consideraba que los “rojos” eran individuos mentalmente inferiores y peligrosos que debían ser segregados. Vallejo Nájera alertaba sobre el mal que podía hacer el ambiente democrático a los niños, e insistía en combatir la degeneración de los pequeños criados en ambientes republicanos, segregándolos en centros adecuados en los que se eliminaran los factores ambientales que conducen a la degeneración del biotipo. Entre las medidas regenerativas propuestas por el psiquiatra destacaba el reestablecimiento de la Inquisición: “Promovemos la creación de un Cuerpo de Inquisidores, centinela de la pureza de los valores científicos, filosóficos y culturales del acerbo popular, que detenga la difusión de las ideas extranjeras corruptoras de los valores universales españoles”

Las ideas ambientalistas de Vallejo Nájera fueron una excelente excusa para apartar a bebés y recién nacidos de sus madres republicanas encarceladas y entregarlos a "familias bien" de derechas, ya que de esa manera podría evitarse que la “enfermedad mental” del marxismo se propagase de madres a hijos. Estos planteamientos encontraron el aplauso del Estado Franquista, y sirvieron para tranquilizar las conciencias de torturadores, carceleros y de muchos de los que se beneficiaron de la situación surgida tras el final de la Guerra Civil. Lo decía la ciencia: el adversario era un sujeto con características psicológicas inferiores y perversas, un infrahombre sin base ética, y había que “salvar” a sus hijos de esa perversión que se transmitía a través de la educación parental.

Vinyes, Armengou y Bellis, en "Los niños perdidos del Franquismo" han recogido bien las ideas de Vallejo Nájera. También lo ha hecho Benjamín Prado en su novela "Mala gente que camina".

















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Un ejemplo más reciente de esta utilización de tesis ambientalistas por parte de la derecha ideológica lo encontramos en la etiología de la homosexualidad, sobre la que se han aportado un amplio ramillete de causalidades, que van desde las hormonas, hasta el trato materno en la infancia, pasando por las diferencias en estructuras cerebrales. En este caso, admitir la causalidad genética podría suponer descargar al sujeto de la responsabilidad sobre su comportamiento, mientras que pensar en factores ambientales situaría la homosexualidad más cerca de la perversión. Sirva como botón de muestra la conferencia que hace unos días impartió Gloria María Tomás, profesora de Bioética de la Universidad Católica de Murcia. En ella hace una serie de afirmaciones que no tienen desperdicio, como que la homosexualidad se origina por la masturbación (Claro, como uno se inicia en el tema con su mismo sexo….), ¡y que se puede curar!
En este video tienes lo más polémico de su charla. Y no se trata de una broma. Tampoco parece que la profesora hubiese bebido en exceso.



jueves, 2 de abril de 2009

La rehabilitación de los delincuentes sexuales no es una quimera


Leo en la prensa de hoy (ver aquí) la noticia que recoge los resultados de un estudio llevado a cabo por el Centro de Estudios Jurídicos de la Generalitat sobre la tasa de reincidencia de los reclusos encarcelados por delitos sexuales y excarcelados entre 1998 y 2003. El dato que me resulta más llamativo es el porcentaje de presos que vuelve a delinquir por ese motivo: un 5.8%, aunque hay otro 12,7% que comete otro tipo de delitos. Resulta curioso que este 5,8% de reincidencia en delitos sexuales, o del 18,5% si consideramos también los restantes delitos cometidos por delincuentes sexuales excarcelados, es claramente inferior a la tasa de reincidencia del resto de delincuentes, que se sitúa en el 37,4%. No sé que pensaréis vosotros, pero a mí la cifra me ha parecido muy baja, ya que existe la idea más o menos generalizada de que el delincuente sexual es poco menos que irrecuperable.

Podríamos pensar que esa idea tan extendida entre la opinión pública se basa en estudios semejantes al que hoy ha visto la luz, pero la cosa no está tan clara, y se trata más bien de una representación social que damos por válida sin que exista un evidencia empírica abrumadora al respecto. Algunos casos especialmente llamativos de presos excarcelados que han vuelto a las andadas, como el segundo violador del Eixample, contribuyen a asentar esta idea de irrecuperabilidad, y los medios de comunicación suelen dar una amplia cobertura a estos casos, mientras que algunos creadores de opinión no hacen otra cosa que meternos el miedo en el cuerpo. Y ya se sabe que cuando tenemos miedo miramos a la derecha y defendemos políticas más conservadoras, en la búsqueda de una supuesta seguridad.

El asunto no pasaría de ser anecdótico, si no existiese una fuerte corriente de opinión a favor del endurecimiento de las penas para este tipo de delincuentes: castración química o cadena perpetua son solicitadas con frecuencia para estos pervertidos. Sin embargo, el estudio citado aporta también algunos datos interesantes, como la importancia del tratamiento para la rehabilitación, ya que la reincidencia de quienes siguen algún tipo de terapia está muy por debajo de quienes no recibieron ninguna (14.3% frente a 46,5%). Esta diferencia resulta muy esperanzadora y pone de manifiesto que la rehabilitación de estos delincuentes es posible, aunque algunos supuestos expertos afirmen lo contrario.

Es cierto, que el estudio tiene sus limitaciones, y es posible que muchos de los presos excarcelados hayan cometido delitos sin que hayan vuelto a entrar en contacto con la justicia, o que el periodo de seguimiento no sea demasiado amplio –desde su liberación hasta finales de 2007- y muchos de ellos podrán delinquir en el futuro, no obstante estos resultados deben hacernos reflexionar acerca de la ligereza con la que con frecuencia se solicita el endurecimiento de las penas vigentes en la actualidad.

domingo, 29 de marzo de 2009

La edad de los padres varones está relacionada con la inteligencia de sus hijos


¿Existe un calendario social que nos marque las edades más adecuadas para llevar a cabo determinadas transiciones evolutivas, como empezar a trabajar o tener hijos? Bernice L. Neugarten pensaba que sí, y acuñó el término “reloj social” para referirse a esa especie de agenda o cronograma que indica los momentos en los que suelen llevarse a cabo esas transiciones en una sociedad concreta. Para Neugarten, cuando esas transiciones se llevan a cabo de acuerdo con ese calendario generan menos estrés que cuando se anticipan o se retrasan. Por ejemplo, una maternidad durante la adolescencia resulta bastante más complicada que si tiene lugar a los 30 años, y enviudar a los 30 tiene un impacto emocional mucho mayor que a los 80 años.

Ese reloj o calendario social no es inmutable y cambia con la evolución de la sociedad. El ejemplo más claro es el retraso que se ha producido en nuestro país, y en los de nuestro entorno, en la edad con la que nos casamos o tenemos hijos. Así, ahora es frecuente encontrar en una reunión de padres de alumnos de educación infantil, a padres y madres que superan ampliamente los 40 años, algo que era impensable hace algunas décadas.

Aunque de acuerdo con la propuesta de Neugarten, debido a ese retraso en el reloj social, la maternidad o paternidad tardía sería menos estresante en el momento actual, podríamos preguntarnos por las consecuencias que esa demora puede tener para el desarrollo de sus hijos.

Un estudio llevado a cabo en la Universidad de Queensland (Australia) por el profesor John McGrath ha analizado la relación existente entre las edades de padres y madres en le momento del nacimiento y la competencia intelectual de sus hijos. El estudio se basó en un nuevo análisis de una base de datos procedente del Collaborative Perinatal Project, que incluía a 33.437 niños nacidos en EEUU entre 1959 y 1965 , y que habían sido evaluados con diversas medidas de desarrollo intelectual a los 8 meses, los 4 y los 7 años de edad.

Los resultados del estudio, destacaron el papel favorecedor de variables sociodemográficas como el nivel educativo y socio-económico de los padres, lo que resulta poco novedoso. Sin embargo, lo más llamativo fue la relación que apareció entre la edad del padre o de la madre y el rendimiento cognitivo de sus hijos. En el caso de las madres se encontró que las madres de más edad tenían hijos que mostraban un mejor desempeño en la resolución de las tareas propuestas. Sin embargo, cuando se trataba de los padres, la correlación era negativa, es decir, los hijos de padres de más edad resolvían peor las pruebas de los tests de inteligencia.


La interpretación de estos datos no resulta sencilla, aunque bien podríamos argumentar que las madres de más edad proporcionan a sus hijos un ambiente más estimulante como consecuencia de su mayor madurez, experiencia y recursos. ¿Pero, por qué no ocurre lo mismo en el caso de los padres?

Bien puede ocurrir que los hijos se beneficien menos de la madurez paterna que de la materna porque, en términos generales, los padres se implican e interactúan menos con sus hijos –hay que tener en cuenta que se trataba de niños nacidos entre 1959 y 1965, cuando el reparto de roles entre hombre y mujer era diferente al actual. No obstante, ello no justificaría la correlación negativa entre edad paterna e inteligencia infantil que, como afirman los autores del estudio, bien podría deberse a factores genéticos: a diferencia del óvulo de la mujer, que se forma cuando ella misma está en el vientre materno, los espermatozoides se acumulan a lo largo de la vida del hombre, lo que puede incrementar la incidencia de mutaciones en el esperma de hombres de más edad. Aunque, es probable que se trate de una interacción de factores genéticos y ambientales que convendría estudiar con más profundidad, sobre todo porque de estos datos se deduce que la tendencia a una paternidad demorada que se observa en nuestra sociedad puede suponer un factor de riesgo para el desarrollo cognitivo infantil.


Cannon M (2009) Contrasting Effects of Maternal and Paternal Age on Offspring Intelligence. PLoS Medicine 6(3)

Sukanta Saha, Adrian G. Barnett, Claire Foldi, Thomas H. Burne, Darryl W. Eyles, Stephen L. Buka & John J.. McGrant. (2009). Advanced Paternal Age Is Associated with Impaired Neurocognitive Outcomes during Infancy and Childhood . PLOS Medicine, 6 (3).

jueves, 26 de marzo de 2009

Sobre la interrupción voluntaria del embarazo en adolescentes


Leo en “PÚBLICO” que el gobierno se está planteando mantener en la futura ley de interrupción del embarazo la restricción a que las jóvenes de 16 y 17 años puedan abortar, salvo si van acompañadas de una persona mayor de edad. Parece por lo tanto que la mentirosa campaña publicitaria financiada por el fundamentalismo religioso católico, y basada en el engaño de equiparar a un embrión con una persona, está comenzando a dar resultado. Y sinceramente no me lo explico: ¡qué tendrá que ver ese niño rosadito de varios kilos de peso con un embrión de varias semanas! El pasado martes Jesús Mosterín, en un excelente artículo publicado por El País, lo explicaba de forma muy sencilla: “una bellota no es un roble:..Un roble es un árbol, mientras que una bellota no es un árbol, sino sólo una semilla” (aquí).

Supongo que el gobierno habrá decidido excluir a las adolescentes de 16 y 17 años para suavizar la ley y así disminuir el rechazo que pudiera generar entre algunos sectores conservadores. Pero con ello serán las menores de edad la que pagarán los platos rotos, ya que no podrán tomar por sí mismas decisiones con respecto a si quieren o no tener un hijo, y tendrán que ir acompañadas por sus padres ¿O no? La verdad es que la noticia, no explicita quien debe ser esa persona adulta que acompañe a la menor. Por lo tanto, nada hace suponer que deban ser sus padres. Podría ser una amiga, su hermano mayor, su novio, etc.

La actual Ley de Autonomía del Paciente, aprobada en 2002, indica que una chica de 16 ó 17 años puede tomar decisiones de forma autónoma sobre cualquier tipo de prestación sanitaria o intervención quirúrgica, pero establece algunas excepciones como la interrupción voluntaria del embarazo. Siempre he pensado que es precisamente en esas situaciones cuando parece menos indicado que la menor tenga que solicitar el permiso de sus padres. La razón es que si se le plantea esa exigencia es bastante probable que algunas no se atrevan a comunicar el embarazo a sus progenitores, y cuando estos se percaten del asunto ya sea demasiado tarde para la interrupción. Una chica de 16 años es competente para entender, al menor en la misma medida que un adulto, lo que supone abortar, o tener un hijo en un momento en que su proyecto vital no pasa por convertirse en madres, y tiene otras muy legítimas aspiraciones. Algún lector estará dudando de esa afirmación tan contundente, ya que la imagen social de los adolescentes no es demasiado favorable, y los prejuicios con respecto a su inmadurez e irresponsabilidad están a la orden del día. Pero la evidencia indica que esa inmadurez sólo está en la cabeza de los adultos, y que muchos adolescentes toman decisiones tan fundamentadas como ellos.

Por lo tanto, no veo ninguna razón para seguir manteniendo esa limitación en la Ley de Autonomía del Paciente, y ya va siendo hora de que aquellas adolescentes que quieran tomar por sí mismas la decisión de abortar puedan hacerlo. Ello no quiere decir que la joven no pueda consultar con sus padres su decisión, o pedirles que la acompañen en este doloroso trance. En aquellos casos en los que la chica decida comentar el asunto a sus padres podrá hacerlo, naturalmente la ley no le obligaría a tomar la decisión al margen de ellos, como tampoco obliga a abortar a nadie. Algo que algunos parecen no entender.

domingo, 22 de marzo de 2009

The File Drawer Effect o los sesgos en las publicaciones científicas


Seguro que quienes os dedicáis a la investigación habéis sentido en más de una ocasión una gran decepción cuándo después de diseñar cuidadosamente una investigación y haber recogido esforzadamente una gran cantidad de datos, los análisis de estos no apoyan la hipótesis que pretendíais comprobar. ¡Tanto esfuerzo para nada!

Tampoco hay que dramatizar tanto, pensará el lector atento, ya que el estudio realizado ha aportado una información interesante: los resultados permiten descartar la hipótesis planteada, siempre que no existan defectos metodológicos importantes en su diseño. Por ejemplo, si la muestra es reducida es posible que la baja potencia estadística haga muy probable el error beta o tipo II, es decir, que afirmemos que no existen relaciones significativas entre dos variables, cuando en realidad existen.

No obstante, la frustración del investigador está más que justificada, ya que al no haber encontrado resultados positivos, tendrá más dificultades para conseguir que alguna revista los publique. Es lo que se ha venido denominando the file drawer effect, y es que algunos estudios ponen de manifiesto que hay un claro sesgo que hace más probable la publicación de los manuscritos con resultados positivos.

Recientemente, unos investigadores del Cochrane Center de Oxford (Reino Unido), a partir de una revisión sistemática de 196 ensayos clínicos, han concluido que los estudios con resultados estadísticamente significativos a favor de la hipótesis experimental se publican con más frecuencia y en un periodo de tiempo más breve.

Las razones de este sesgo tienen que ver tanto con las revistas como con los propios autores. Con las revistas porque los editores prefieren publicar artículos que encuentran apoyo a las hipótesis planteadas. En otros casos son los mismos autores los que deciden guardar en un cajón los resultados del estudio tras no encontrar lo que venían buscando. Esto será más probable cuando se trata de la evaluación de un tratamiento, un programa de intervención o un fármaco. Aunque en estas situaciones lo más honesto sería publicar que el tratamiento no tiene efectos positivos, los autores del estudio, que pueden ser los mismos que han diseñado el tratamiento, pueden preferir ocultar que su programa o tratamiento no es eficaz. Incluso puede darse el caso de que tenga consecuencias negativas para quienes lo siguen. En una entrada anterior nos hemos referido al interés de las compañías tabaqueras norteamericanas por ocultar los resultados negativos de algunos programas preventivos dirigidos a adolescentes que habían financiado (ver aquí).

Este sesgo en la publicación tiene también sus efectos distorsionadores sobre los meta-análisis que se llevan a cabo con la intención de resumir, aumentando la potencia estadística, los estudios llevados a cabo acerca de un determinado asunto. Como estos meta-análisis suelen llevarse a cabo con los estudios publicados, sus resultados estarán también sesgados a favor de aquellos que encuentran apoyo a la relación analizada (por ejemplo, entre un tratamiento y su eficacia).

Como señalan los autores del estudio publicado en The Cochrane Library, es preciso que las revistas hagan un mayor esfuerzo por publicar los estudios que no obtienen resultados positivos, de lo contrario será imposible realizar una evaluación equilibrada sobre la eficacia y seguridad de un tratamiento o programa. Por otra parte, debe evitarse que la evaluación de estas intervenciones sea llevada a cabo por los mismos equipos que las diseñaron o implementaron. De esta manera podremos tener una visión más objetiva de los fenómenos estudiados.

martes, 17 de marzo de 2009

Ideas ingenuas, ciencia y religión



Los psicólogos solemos usar el término de concepciones científicas ingenuas para referirnos a las ideas que los sujetos, por lo general los alumnos, tienen sobre diversos fenómenos que se suelen enseñar en la escuela, como la flotabilidad, la caída libre de los cuerpos, la visión darwinista de la evolución, la digestión, etc. Se trata de concepciones que son erróneas desde el punto de vista académico o científico, puesto que violan los principios básicos de la ciencia y no se basan en la evidencia empírica. Una de las tareas de la educación es sustituir esas ideas equivocadas por su equivalente científico, algo que no siempre resulta fácil, ya que las concepciones ingenuas tienen una gran estabilidad y resistencia al cambio, de tal manera que solemos mantenerlas a pesar de que muchos años de educación formal hayan tratado de corregirlas. Al menos eso indican muchos estudios realizados con adolescentes y adultos, que mantienen sus concepciones originales sobre diversos fenómenos físicos y naturales, algo que tiene mucho que ver con el tipo de metodología que se sigue empleando en la escuela, demasiado basado en la memorización.

Una pregunta interesante que podemos hacernos es de dónde proceden esas ideas primitivas. A lo que responderemos admitiendo que provienen de nuestra experiencia personal, y de una percepción y un procesamiento muy superficial de la realidad. Por ejemplo, con frecuencia las cosas pesadas se hunden en el agua, por lo que podríamos deducir de forma incorrecta que el peso es lo que determina la flotabilidad de un objeto (sí ya sé que el Titanic se hundió, pero fue un accidente). O también podremos llegar a la conclusión lamarckiana de que el cuello largo de las jirafas se debe a un estiramiento progresivo del mismo que se transmite y aumenta de generación en generación. Pero estas ideas también pueden provenir de otras personas: a fuerza de repetirlas se convierten en una tradición o una representación socialmente aceptada que damos por válida sin exigir muchas pruebas a su favor.

Por lo general no se originan en la escuela, ya que en ella se enseñan concepciones científicas basadas en pruebas y evidencias y, por lo tanto, correctas en ese momento y hasta que no se demuestre lo contrario. Aunque alguien podría objetar que en algunas escuelas se enseñan algunas concepciones erróneas, como es el caso de las tradiciones y mitos religiosos. Y tendríamos que darle toda la razón ya que la evidencia al respecto de estos mitos es nula.


Eso es algo que no termino de entender: cómo puede compatibilizarse el formar a niños y jóvenes en el uso de un pensamiento racional y deductivo con las creencias ingenuas en asuntos religiosos. ¿Admitiríamos que se impartiesen en la escuela materias sobre el tarot o talleres de espiritismo o levitación? ¿Está relacionada esta formación religiosa, dentro y fuera de la escuela, con la tendencia de hombres y mujeres a tragarse todo tipo de camelos? (ver aquí un listado amplio de ellos) ¿Por qué catalogamos como concepciones erróneas e inmaduras a aquellas ideas que no se basan en la evidencia a la hora de explicar la realidad, pero no lo hacemos cuando llegamos a la religión? ¿Por qué algunos científicos, aunque no muchos, mantienen creencias religiosas?

La lectura de la carta que Richard Dawkins dirige a su hija Juliet me ha sugerido esta entrada (ver aquí).

Si te interesa profundizar en este tema visita Aletheia






lunes, 16 de marzo de 2009

Ya son 30.000

Pues sí, me parece mentira pero hoy mismo este blog ha alcanzado la cifra de 30.000 visitas. Si comparamos la cifra con la de otros blogs con más solera no es mucho, pero para un blog de psicología, que procura no ser meramente divulgativo, y que comenzó su singladura real en agosto de 2008, creo que no está nada mal (aunque en realidad lo inscribí en blogger a finales de 2007, estuvo muy parado durante unos meses).

Durante estos meses he procurado mantener una regularidad de dos o tres entradas semanales, y aunque en ocasiones no me ha resultado una tarea fácil, lo he conseguido. Es cierto que cada vez resulta más complicado encontrar temas para un post, y que hay temporadas en las que la carga de trabajo me impide elaborar los temas tanto como quisiera, y no puedo dedicarle más de unos minutos a una entrada. Pero eso el algo que trato de compensar poniendo un mayor esfuerzo en otros posts, aunque no siempre el tiempo invertido se relacione con los resultados conseguidos. Y eso lo saben muy bien muchos de los lectores de este blog, también blogeros consumados.

Aunque a veces mi curiosidad me lleva a adentrarme en territorios menos familiares, he procurado escribir sobre temas cercanos a mi especialidad profesional o que me interesan mucho. Así, son frecuentes las entradas sobre psicología evolutiva, adolescencia, cerebro y comportamiento, herencia y ambiente, relaciones familiares y desarrollo, psicología evolucionista, etc. En algunas de ellas me limito a recoger algún avance científico reciente, mientras que en otras hay una mayor reflexión personal o toco algún tema de actualidad que puede resultar polémico. Pero todas ellas me sirven para aprender algo nuevo, asentar conocimientos o aclarar mis ideas en relación con algún asunto complejo, y espero que a vosotros también os sirvan para algo parecido.

A partir de ahora espero seguir manteniendo esta regularidad, algo que estoy seguro de que no será fácil, pero espero que la fuente no se sequé y este blog cumpla muchos años. Muchas gracias a todos los seguidores, especialmente a quienes contribuís con vuestros comentarios a darle vida a este espacio virtual.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Madres y padres importan, y mucho.



Por qué algunos artículos van dando tumbos de revista en revista hasta que, al fin, unos revisores benévolos ven en él virtudes que otros despreciaron es uno de esos enigmas que pocos consiguen resolver. Puede ocurrir que de rebote en rebote, y con las aportaciones de los sucesivos revisores, el artículo vaya mejorando, de forma que la última versión apenas sea reconocible en la inicial. O que el impacto de las revistas por las que transita vaya disminuyendo de forma alarmante junto a las exigencias de los editores hasta tocar fondo en una revista de escaso caché.

El artículo del que les voy a hablar en este post ha transitado por esa senda vergonzosa, hasta que esta misma semana ha visto la luz en Anxiety, Stress and Coping. No es que el artículo sea excepcional, no diría yo tanto, pero en mi muy parcial opinión no merecía tanto mareo por parte de revisores hiper-exigentes.

El artículo tiene su cosa, y es que en estos tiempos de tanto descreimiento en el poder socializador de la familia, cualquier estudio que aporte evidencia empírica al respecto, a partir de algo más que meras correlaciones, debería ser mejor recibido. Y no es que estemos de acuerdo con las afirmaciones desmedidas de John B. Watson sobre las posibilidades de moldear la naturaleza humana a su antojo. Pero es que las opiniones de popes de la psicología, como Steven Pinker, sobre la escasa capacidad de influencia que padres y madres tienen sobre sus hijos va a llevar a muchos padres a abdicar de su papel de educadores: “total, si todo es cosa de los genes”.

El trabajo recién publicado se basa en un estudio longitudinal en el que hemos seguido, y aún continuamos haciéndolo, a una muestra de 100 adolescentes desde los 12 hasta los 18 años, entrevistándolos en 3 ocasiones. En el artículo aportamos evidencia acerca del papel protector que las relaciones entre padres y adolescentes caracterizadas por el apoyo, el afecto, la comunicación y la supervisión tienen sobre la manifestación de problemas de conducta en aquellos adolescentes que experimentan sucesos vitales estresantes (SVE).

El hecho de que el diseño de nuestro estudio fuese longitudinal nos posibilitó trabajar con un modelo autoregresivo que permite controlar el nivel de la variable dependiente en un tiempo anterior, de forma que podemos tratar de explicar el cambio que se produce en dicha variable (en este caso los problemas de conducta) a partir de algunas variables incluidas en el modelo, y teniendo en cuenta la interacción entre ellas.

Los resultados fueron muy claros, pues aquellos adolescentes que habían sufrido más SVE vieron como aumentaban sus problemas comportamentales entre la adolescencia media y la tardía, pero sólo en el caso de que sus relaciones familiares fueran de calidad media o mala. En cambio, los chicos y chicas que gozaban de buenas relaciones con sus padres mantuvieron estable su nivel de problemas de conducta, incluso en el caso de que hubiesen tenido que hacer frente a muchos SVE (ver figura). Es muy probable que el apoyo parental influya sobre la percepción que los adolescentes tienen de las situaciones estresantes a las que tienen que hacer frente, aumentando su confianza en los recursos de que disponen para manejar esas situaciones, y manteniendo un mayor equilibrio emocional que se traduce en un mayor ajuste comportamental.


Si tenemos en cuenta que estamos hablando del papel protector que el apoyo parental a los 15 años desempeña sobre el ajuste conductual adolescente a los 18, tenemos razones para pensar que el tipo de relación entre padres e hijos tiene su importancia no sólo en la infancia, sino incluso bien entrada la adolescencia. Y es que el hecho de que el ser humano no sea una hoja en blanco sobre la que la experiencia pueda escribir cualquier cosa no equivale a considerar que el desarrollo es insensible al ambiente de crianza en el que viven niños, niñas y adolescentes. Así que nada de mirar mano sobre mano cómo se desarrollan nuestro hijos, lo que hagamos los padres importa, y mucho.

Oliva, A., Jiménez-Morago, J. M. y Parra, A. (2009). Protective effect of supportive family relationships and the influence of stressful life events on adolescent adjustment. Anxiety, Stress and Coping, 22 (2), 137-152 (aquí).


sábado, 7 de marzo de 2009

El aborto y la regulación legal de la adolescencia




La modificación de la ley del aborto aprobada ayer por el Consejo de Ministros, que baja a los 16 años la edad a la que las adolescentes pueden abortar sin que se requiera el consentimiento de sus padres, ha puesto sobre el tapete el espinoso asunto de la regulación legal de la adolescencia y reabre el debate acerca de la capacidad de los adolescentes para tomar decisiones sobre asuntos que afectan a su salud. La polémica se acentúa si tenemos en cuenta que esta misma semana la Junta de Andalucía ha aprobado un decreto que endurece las condiciones para que los menores de edad puedan acceder a operaciones de cirugía estética (ver aquí) . De acuerdo con este decreto, las chicas y los chicos de 16 y 17 años que quieran someterse a alguna intervención de este tipo, incluso si sus padres están de acuerdo, deberán aportar un informe psicológico acerca de su madurez.

Con toda razón, los niños son considerados incapaces de tomar decisiones debido a su inmadurez cognitiva y emocional lo que justifica sobradamente la necesidad de que los adultos les controlen y supervisen y se limiten algunos privilegios y derechos legales. Pero cuando se trata de adolescentes, la cosa está mucho menos clara, ya que no existe una línea divisoria clara que separe la inmadurez infantil de la supuesta madurez adulta. Es cierto que en nuestro país, y en muchos otros de nuestro entorno, la mayoría de edad legal está establecida en los 18 años, lo que supone el acceso a privilegios hasta entonces reservados a las personas adultas, como el derecho al voto.

Sin embargo, otras decisiones carácter legal, como sacar una licencia de caza, pueden ser tomadas por debajo de los 18 años. En realidad no hay razones de mucho peso para establecer en los 18 años la raya que separa infancia de adultez, ya que la evidencia empírica existente indica que la madurez cognitiva de un chico o una chica de 16 años es similar a la de una persona adulta, y entre los 12 y los 15 años se produce un avance espectacular en el desarrollo intelectual que acarrea el surgimiento de la capacidad de pensar de forma abstracta, de plantear hipótesis, de barajar varias alternativas a la hora de tomar decisiones, etc.

Una posibilidad en relación con este asunto sería establecer en torno a los 15 años la mayoría de edad, con lo que a partir de ese momento no habría limitaciones en derechos, y se supone que tampoco en responsabilidades. Bien, esa es una alternativa no descartable que se guiaría por criterios de carácter científico a la hora de regular legalmente la adolescencia: si los estudios sobre desarrollo intelectual indican que la madurez se alcanza de forma casi plena a los 15-16 años, que esa sea la edad para poder ser considerado adulto. Sin embargo, a poco que reflexionemos un poco sobre el asunto nos daremos cuenta de que esta decisión puede tener algunos efectos perversos.

Existe otra posibilidad, la de que el acceso a privilegios y derechos propios de la adultez sea gradual. De acuerdo con este planteamiento, es más adecuado contemplar momentos diferentes para que un individuo pueda ser considerado adulto. Y la decisión para adelantar o retrasar el acceso a derechos se basaría fundamentalmente en los beneficios o perjuicios derivados de la mayor o menor precocidad de la edad para conceder el derecho. Por ejemplo, si pensamos en el acceso al aborto, parece razonable pensar que bajar la edad de los 18 a los 16 años supondrá, más allá de consideraciones privadas de carácter moral, la evitación de algunas situaciones de claro riesgo psicosocial, como es una maternidad en un momento en que de acuerdo con el calendario social actual aún quedan muchas tareas evolutivas por resolver. Si una chica tiene que contar con el consentimiento de sus padres es probable que no se atreva a hablar del asunto con ellos, hasta que ya sea demasiado tarde para la interrupción del embarazo. Más contundentes parecen los argumentos en relación con el acceso precoz a la píldora postcoital: si se requiere el consentimiento parental, el periodo de efectividad de la píldora habrá expirado en bastantes casos.

Tampoco parece que puedan derivarse consecuencias negativas del derecho a votar a los 16 años, algo que ya hemos comentado en una entrada anterior (ver aquí). Sin embargo, podría retrasarse hasta el final de la adolescencia la edad legal para el consumo de alcohol o tabaco. En este caso, el cerebro de los adolescentes se vería beneficiado, aunque las tabacaleras y la industria relacionada con las bebidas alcohólicas probablemente presionarían lo suyo para evitar la medida. Algo parecido sería aplicable a las operaciones de cirugía estética, ya que no parece que esperar un poco más suponga ningún trauma. En fin, es este un asunto interesante y polémico sobre el merece la pena reflexionar más.