domingo, 1 de marzo de 2009

Efectos sobre la autoregulación de la exposición prenatal al tabaco


Hace ya algún tiempo que la mayoría de los psicólogos evolutivos consideramos que el desarrollo humano es fruto de la interacción de factores genéticos y ambientales. Si somos estrictos, y creo que conviene serlo en este tema, cuando hablamos de interacción solemos hacer referencia a lo que también se denomina efectos de moderación. Es decir, determinadas influencias genéticas se verán moderadas por ciertas condiciones contextuales, o lo que es lo mismo, unos factores genéticos tendrán unos efectos determinados sobre sujetos expuestos a ciertos ambientes, y consecuencias diferentes sobre quienes no lo están. Evidentemente, también pueden ser factores genéticos los que moderen la influencia sobre el desarrollo de factores ambientales.

En otras ocasiones, los efectos de herencia y ambiente serán aditivos, es decir, ambos contribuirán sumando sus efectos sobre el desarrollo, pero en esta entrada vamos a ocuparnos de los efectos de interacción, que pueden ser de bastante interés para el estudio de los procesos que subyacen al desarrollo humano, ya sea normal o patológico.

A pesar del interés de las explicaciones de tipo interaccionista, sólo muy recientemente, y como consecuencia de los avances en el campo de la genética molecular, se han podido identificar algunos de estos efectos de interacción. Los diseños empleados para estudiar estos efectos son los denominados del “gen candidato”, que consisten en comparar a dos grupos de sujetos que tienen diferentes versiones de un determinado gen que se supone que desempeña un papel importante en el desarrollo de un determinado comportamiento o patología. Hace algunos años que Caspi et al. (2002) encontraron que los individuos que tenían la versión de baja actividad del gen de la mono amino oxidasa (MAOA) tenían muchas probabilidades de mostrar comportamientos antisociales en la adultez si habían experimentado malos tratos en la infancia. Es decir, no bastaba con la situación traumática infantil, además se precisaba de una variante del gen MAOA. Otra investigación halló que los niños que tenían padres poco sensibles y responsivos desarrollaban problemas de conducta sólo cuando tenían una determinada versión del gen DRD4.
Un estudio recientemente publicado por Developmental Psychology ha relevado otro interesante efecto de interacción genes-ambiente. Los equipos dirigidos por los profesores Wiebe y Jameson, de las universidades de Nebraska-Lincoln y Illinois, respectivamente, encontraron que aquellos bebés que habían estado expuestos al tabaco durante el embarazo y que tenían una versión del gen DRD2 mostraban menos atención y más irritabilidad. Un estudio paralelo con una muestra de preescolares también encontró que la exposición al tabaco unida a la misma versión del DRD2 se relacionaba con más dificultades en la realización de tareas de control ejecutivo.

Sin duda estos datos son muy interesantes, y resaltan la importancia para el desarrollo de ciertos desajustes conductuales de algunos genes, como el DRD2 y DRD4, relacionados con la recepción de la dopamina, neurotransmisor que juega un papel muy importante en el desarrollo de los sistemas cerebrales implicados en la autorregulación de la conducta. Si en la infancia estos sujetos empiezan a mostrar problemas relacionados con la función ejecutiva y la regulación de la conducta, es probable que durante la adolescencia el desarrollo de la corteza prefrontal y de las estructuras mesolímbicas que integran el sistema de recompensa se vea alterado como consecuencia de su dependencia de la dopamina. Por lo tanto, algunos comportamientos de riesgos –y el consumo de sustancias es uno de ellos- relacionados con el equilibrio entre el sistema prefrontal y el de recompensa pueden ser más frecuentes en los sujetos que teniendo una determinada versión del gen DRD2 estuvieron expuestos al tabaco durante el periodo prenatal.

Wiebe, S. A. et al. (2009). Gene-environment interactions across development: Exploring DRD2 genotype and prenatal smoking effects on self-regulation. Developmental Psychology. Vol 45(1), Jan 2009, 31-44.

jueves, 26 de febrero de 2009

Cuando controlamos demasiado a nuestros hijos


Quienes trabajamos en socialización familiar utilizamos el término de control parental para referirnos a una de las dimensiones claves del estilo parental, que no es otra cosa que la etiqueta que empleamos para referirnos al tipo de relación y a las prácticas educativas empleadas por madres y padres. Este control, tendría que ver con las estrategias que usan para estar al corriente de las actividades y amistades de sus hijos, para poner límites a su comportamiento, o para exigirles madurez y responsabilidad. Esta dimensión del estilo parental se ha mostrado particularmente eficaz para prevenir los problemas de conducta, sobre todo durante la infancia y los primeros años de la adolescencia. Y es especialmente eficaz cuando se ejerce de forma democrática y se combina con el apoyo y el afecto.

Sin embargo, y como suele ocurrir cuando nos movemos en el escurridizo terreno de la educación y socialización, el exceso suele ser tan malo como la carencia, y algunos padres y madres llevan hasta tal extremo este control sobre sus hijos que se convierte en un freno para su desarrollo saludable. Así, también podremos encontrarnos con la etiqueta de control parental aplicada a la presión que los padres ponen sobre sus hijos para que piensen, sientan y, sobre todo, actúen de una determinada manera.

Aunque el sentido común nos hace pensar que tanto control e intromisión no deben ser nada buenos para niños y niñas, los datos disponibles hasta la fecha no eran demasiado abundantes. Sin embargo, un estudio publicado por The Journal of Child Pyschology and Psychiatry aporta una contundente evidencia empírica sobre los efectos perniciosos de tanto control. Un meta-análisis llevado a cabo sobre un total de 23 estudios que habían utilizado técnicas de observación de la interacción madre/padre e hijo/a para evaluar esta presión parental ha encontrado una significativa e importante asociación (d= .58) entre el control y la ansiedad, tanto en el niño como en sus padres. Esta asociación puede interpretarse como una influencia del control parental sobre la ansiedad infantil que puede seguir diversas vías. Por ejemplo, padres que están continuamente asustando a sus hijos sobre los riesgos de ciertas actividades “no te montes en bicicleta que te puedes caer y hacer daño”, y que aumentan de forma exagerada la percepción de amenazas del menor y disminuyen su confianza en sí mismos para controlar esas situaciones “de riesgo”. Además, estos padres controladores y sobreprotectores están reduciendo las oportunidades para que el niño o la niña explore su contexto y desarrolle nuevas habilidades para hacer frente a los retos o amenazas que tarde o temprano se cruzarán en su camino.

No obstante, estamos hablando de asociación o correlación, por lo que el sentido de la influencia puede ser el contrario: la ansiedad de los hijos aumentaría el control ejercido por sus padres. Es decir, los padres, conocedores de la ansiedad y exceso de miedo de sus hijos tratarían de sobreprotegerles para evitarles situaciones dolorosas.

El estudio también encuentra una relación entre el control y la ansiedad parental. Es decir, padres con una ansiedad muy elevada que procuran que sus hijos no se impliquen en actividades que, sin serlo, ellos perciben como amenazantes. Este sería el mecanismo que explicaría cómo la ansiedad y el miedo a determinadas situaciones se transmitiría de padres a hijos, lo que no excluye la posibilidad de cierta influencia genética.

En definitiva, un interesante estudio que aporta evidencia empírica sobre algo que ya sospechábamos: que tenemos que dejar que nuestros hijos crezcan sin excesiva intromisión y control por nuestra parte. Aunque, seguro que muchos padres se estarán preguntado cuánto control es excesivo.

Van der Bruggen, C. O.,Stams, G. J. & Bögels, S. M. (2008). Research Review: The relation between child and parent anxiety and parental control: A meta-analytic Review. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 49:12, 1257-1269.

martes, 24 de febrero de 2009

El paro en educación y la vergüenza sindical


Siempre sentí un claro orgullo del pasado sindicalista de mi padre. Está claro que eran otros tiempos, y que ser delegado sindical del metal en CCOO durante los últimos años del franquismo y la transición no resultaba tan cómodo como serlo ahora. Eran años complicados, en los que la sindicación suponía un compromiso real que acarreaba incomodidades y riesgos. El esfuerzo de muchos trabajadores como mi padre llevó a que los sindicatos fuesen organizaciones valoradas y respetadas por la ciudadanía; sin embargo, creo que el crédito acumulado durante décadas se está acabando.

Y escribo esto porque no acabo de entender el paro que esta misma mañana han llevado a cabo algunos profesionales de la educación no universitaria de la Comunidad Autónoma Andaluza. Aunque en el paquete de reclamaciones se incluyen varias muy loables, a nadie se escapa que la protesta se dirige contra el decreto que regula el calendario escolar y que propone el adelanto en una semana del periodo lectivo en Primaria, Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanzas de régimen especial. Algunos de los sindicatos convocantes lo explicitan muy claramente, y señalan que el adelanto del periodo lectivo –ese es el problema- lo único que logrará será impedir una adecuada preparación del desarrollo del curso, por lo que irá en detrimento de la calidad de la enseñanza.

Pues no consigo salir de mi asombro: el país en plena crisis con pérdidas de puestos de trabajo que afectan a muchas familias que atraviesan situaciones desesperadas, y los sindicatos protestando porque sus afiliados no quieren comenzar las clases una semana antes. Lo dicho, el crédito se ha acabado, y la cuenta de los sindicatos pronto estará en números rojos.

sábado, 21 de febrero de 2009

¿Cómo elegimos pareja?



Feingold (1992) propuso hace ya bastantes años una interesante teoría acerca de la elección de pareja que ha resistido bien el paso del tiempo. Según este psicólogo, cualquier pareja potencial debe pasar una serie de filtros antes de convertirse en nuestra pareja definitiva (aunque hablar de definitivo es sin duda una forma de hablar). Como no podría ser de otra manera, el primero de estos filtros es la proximidad: si nuestra media naranja reside en Laponia, es bastante improbable que tengamos la oportunidad de conocernos e intimar, aunque hay que reconocer que Internet está empezando a derribar la barrera de la distancia física.

El segundo filtro es ese que muchos de vosotros estáis pensando: el atractivo. Es indudable que si encontramos atractiva a una persona tendrá más posibilidades de que nos acerquemos o interesemos por ella, y que de ese conocimiento surja algo de más calado. Hemos hablado de atractivo, y no de atractivo físico, aunque hay que reconocer que este último tiene un gran peso, ya que la apariencia física es mucho más evidente que la belleza interior, que requiere de más tiempo para que pueda ser detectada, y no todos están dispuestos a dar esa oportunidad a quienes son menos agraciados, que parten con una clara desventaja en el juego del emparejamiento. No obstante, también hay que reconocer que las tornas cambian con el paso del tiempo. El responsable de ese cambio es el efecto de halo, que hace que atribuyamos toda una serie de características positivas a aquellas personas más guapas, y tendamos a pensar que serán también más inteligentes, más amables, más simpáticas y divertidas, etc.-Claro, esto de que el malo de la película sea siempre tan feo y el bueno tan guapo, tenía que tener consecuencias-. Pero, como no ocurre así, pues belleza e inteligencia no siempre van de la mano, esas personas tan atractivas suelen decepcionar cuando se las conoce mejor, pues las expectativas eran demasiado altas. En cambio, los menos atractivos recorren el camino contrario, y en las distancias largas tienen un mejor desempeño, cuando se descubre que no son tan torpes o malvados como podíamos haber imaginado por su aspecto. también hay que reconcoer que, a pesar de la importancia del atractivo físico, no tendemos a elegir como parejas a personas que consideramos muy atractivas. Más bien, buscamos parejas a las que atribuimos un atractivo parecido al nuestro, probablemente para evitar la posibilidad de rechazo, o el estrés derivado de una relación muy desequilibrada.
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El tercer filtro es la similitud, ya que tendemos a buscar pareja entre quienes se asemejan a nosotros en religión, ideología, nivel educativo, profesión y clase social. La semejanza de ideas es un factor muy relevante para la armonía marital, y factores tales como la similitud de profesiones o de nivel educativo son unos de los predictores más claros de igualdad de ideas. En general, aquellas parejas más semejantes muestran un mayor nivel de satisfacción, mientras que cuando hay importantes diferencias aumentan las probabilidades de divorcio.

No basta percibir al otro como atractivo y con características deseables, además el sujeto debe percibir signos de que esa atracción es recíproca. Que alguien nos guste mucho no implica necesariamente que vayamos a caer en el enamoramiento. El factor que contribuye decisivamente a encender la llama es la sospecha de que existe reciprocidad en la atracción. En aquellos casos en los que no se percibe reciprocidad evitaremos tirarnos a la piscina sin saber si tiene agua, y es posible que de forma no siempre consciente, controlemos y anulemos el deseo para evitar la probabilidad del rechazo. Es curioso que cuando se observa reciprocidad suele aumentar el deseo hacia el otro y el enamoramiento se precipita.

El último filtro es la complementariedad. Cuando una pareja potencial posee características que resultan atractivas, hay cierta sintonía ideológica y la atracción es recíproca, debe también poseer algunas características o recursos que no tenemos, y que puedan complementar los nuestros. Parecidos pero no iguales, pues sería bastante aburrido ¿o no?

jueves, 19 de febrero de 2009

Placeres y dolores del cuerpo y del alma


Que el ser humano es una animal social no es nada nuevo. Cientos de filósofos han filosofado al respecto, y parece que no les faltaba razón, a juzgar por los resultados de un estudio reciente que acaba de ser publicado en Science. Como no podía ser de otro modo se trata de un estudio que ha empleado técnicas de neuroimagen, y lo ha hecho para analizar la activación de determinadas zonas del cerebro ante distintas emociones.

Pues bien, parece que las zonas cerebrales que se activan ante el dolor o las recompensas físicas (comida, sexo) son exactamente las mismas que lo hacen ante las penas y placeres de carácter social, como podrían ser la envidia o el schadenfreude, que no es otra cosa que la satisfacción experimentada ante el sufrimiento de alguien a quien no tragamos. Así que la envidia duele como duele una caries. Y que la mala suerte de nuestros enemigos nos causa tanto placer como nuestra buena fortuna.

Pues bien, teniendo en cuenta las bases neurológicas de la envidia, no es de extrañar que la Iglesia incluyese este pesar que sentimos ante el bien ajeno entre uno de los siete pecados capitales. De alguna manera había que combatir este sentimiento que resulta tan feo, por muy sólidas que sean sus bases evolucionistas, que sin duda lo son, pues, como ya hemos comentado en un post anterior (ver aquí), la envidia parece tener un claro valor adaptativo, y la desigualdad y el bajo estatus en el grupo generan estrés y problemas de salud. Otra circunstancia social que genera mucho malestar es la exclusión del grupo o el trato injusto: estamos tan necesitados de cariño y aceptación como de ingerir proteínas.

Y ahora surge la pregunta inevitable ¿cómo es posible que el cerebro haya evolucionado para tratar de forma similar a necesidades físicas y a necesidades sociales? Las primeras (alimentación, sexo, protección del frío) son fundamentales para la supervivencia del individuo y sus genes pero, de forma intuitiva, no parecería que las segundas lo sean tanto. Sin embargo, ahí podríamos estar profundamente equivocados, ya que, por ejemplo, la conexión y la aceptación del individuo por el grupo habrían garantizado sus probabilidades de supervivencia. Y por ello, algunos comportamientos encaminados a fomentar la cohesión del grupo, como la cooperación o la prosocialidad, habrían sido seleccionados naturalmente, y se habrían mantenido gracias al efecto recompensante que provoca la liberación de dopamina por el área tegmental ventral sobre el núcleo accumbens. Es decir, algo parecido a lo que ocurre en nuestro cerebro cuando sentimos placer físico derivado de una buena comida o de la actividad sexual. Pues esas son las paradojas de la naturaleza humana, la buenaventura de los demás nos provoca tanto dolor como el placer que experimentamos ayudando y haciendo bien a nuestros iguales.
Lieberman, M. D y Eisenberger, N. I. (2009). Pains and pleasures of Social life. Science, 323.

domingo, 15 de febrero de 2009

Sexo y mentiras sobre la primera vez


Desde principios de los años 90 hasta la actualidad he participado en diversos estudios sobre sexualidad adolescente, y en todos ellos ha aparecido el mismo dato: los chicos se inician sexualmente ante que las chicas. Siempre me ha causado sorpresa esta diferencia de género en la edad a la que acontece esa “primera vez”. Y es que esta mayor precocidad masculina aparece en todas las investigaciones realizadas en nuestro país que recogen información sobre sexualidad, como son los estudios del Instituto de la Juventud, los de la Fundación Santamaría, el HBSC (Health Behaviors in School Aged Children) y los de ámbito autonómico o local.

Tanta coincidencia podría llevarnos a pensar que estamos ante una realidad incontestable, los chicos son más precoces que las chicas, y punto. Y lo serían por razones diversas, como por su mayor deseo sexual, o por el menor control social que soportan que les llevan a mostrarse más desinhibidos sexualmente. Son razones de peso, que podrían explicar su más rápido inicio en la práctica de la masturbación o la menor culpabilidad asociada a esta actividad. Sin embargo, si bien la masturbación se práctica en solitario y no requiere de pareja, no ocurre lo mismo con el coito que sí precisa de un partenaire. Este dato es el que siempre me ha hecho pensar que las encuestas no dicen la verdad sobre este tema. ¿Con quién lo hacen?

Todos sabemos que ellas maduran sexualmente uno o dos años antes que ellos, y que suelen relacionarse con chicos que son algo mayores. Así, es frecuente ver como una chica de 15 años comienza a salir con un muchacho de algún curso superior que le aventaja en edad. También sabemos que la iniciación sexual suele tener lugar en el contexto de esas relaciones de pareja, más o menos esporádicas, y que hace mucho que quedó atrás el tiempo gris en que los varones de estrenaban con profesionales del sexo. Por lo tanto aquí hay algo que no cuadra, si en la mayoría de parejas el varón suele ser mayor que la mujer, y si la iniciación sexual tiene lugar en esas primeras relaciones, lo normal es que las chicas pasen por esa primera vez con menos edad que sus compañeros. No digo yo que ellos no deseen hacerlo antes que ellas, que es bastante probable, pero otra cosa es lo que ocurre en la realidad.

Entonces, ¿a qué se debe esa recurrente mayor precocidad masculina que recogen todos los estudios? Pues creo que está bastante claro, y tiene que ver con un sesgo que afecta a todas las encuestas: la deseabilidad social, o tendencia a responder de acuerdo con lo que se espera del encuestado. Es evidente que en nuestra cultura el que un varón se inicie pronto y se muestre promiscuo es valorado de forma positiva, algo que no ocurre cuando se trata de la mujer, cuya precocidad y promiscuidad conllevaría ciertas connotaciones negativas. Para ellas la sexualidad sigue estando más restringida que para ellos, aunque, obviamente, no tanto como en tiempos de sus abuelas.


Un argumento a favor de esta hipótesis de que las encuestas no reflejan la realidad son los resultados de estudios similares realizados en otros países. Como indican los resultados del HBSC, los países en los que las chicas se muestran más precoces que los chicos, como Suecia, Finlandia o Islandia, se caracterizan por una mayor igualdad entre hombres y mujeres, en los que cabe esperar que haya una mayor aceptación de la sexualidad femenina y un menor control social sobre ella. En cambio, los países en los que ellos se inician mucho antes, Rumanía, Bulgaria o Grecia, son países más tradicionales en su concepción de la sexualidad femenina. España se situaría en una posición intermedia. Por lo tanto, es bastante probable que esas diferencias entre chicos y chicas en la edad a la que dicen tener su primera relación sexual sea el reflejo de los estereotipos de género sexistas que predominan en ciertos países como el nuestro, aunque los hay aún peores. Estos estereotipos llevarían a que ellos respondieran a las encuestas adelantando la edad, mientras que ellas la atrasarían. Aunque la encuesta sea anónima, el autoengaño para ajustarse a lo que se espera de ellos y ellas puede ser un dulce consuelo.

martes, 10 de febrero de 2009

El miedo al Otro

...............................El escritor Amos Oz

Amos Oz describió en su novela Una pantera en el sótano, la relación de amistad entre un niño judío de Jerusalén y un policía británico en la época anterior a la declaración del estado de Israel, cuando Palestina aún estaba bajo el mandato de Gran Bretaña. Una relación que se fragua alrededor de un intercambio de clases de inglés y hebreo, y que lleva a ambos al reconocimiento del “otro”, más allá de los prejuicios previos, y al debate moral entre la lealtad y la traición a sus iguales. Esa connivencia con el “enemigo”, que supuso para el protagonista infantil de la novela la consideración de traidor por parte de sus amigos, es una clara metáfora de la vida del escritor, un intelectual comprometido con la superación de los fanatismos y de las diferencias que separan a árabes y judíos, y que le supuso el rechazo de sus paisanos. En su magnífica obra Contra el fanatismo, Oz plantea todo un canto a la paz, y sitúa en el fanatismo la causa de la mayoría de los conflictos que aquejan al mundo actual. Para el intelectual israelí, la esencia del fanatismo reside en “el deseo de obligar a los demás a cambiar. En esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer ingeniero al niño o de enderezar al hermano en vez de dejarles ser".

La visión esperanzadora de Amos Oz se sitúa en las antípodas de la de autores que como Samuel Huntington consideran inevitable el choque entre la civilización occidental y el mundo del Islam (ver aquí). Para Huntington los conflictos tienen su origen en las diferencias religiosas, y por ello su resolución es difícil, y pasa por la disolución y absorción de una de las culturas por la más fuerte: el enfrentamiento resulta inevitable, y los buenos, es decir Occidente, deben derrotar a los malos, o sea el Islam, considerado intransigente, fanático y hostil. Esta tesis maniquea, probablemente por su simpleza, ha tenido una gran aceptación: estamos en peligro de muerte y tenemos que defendernos. Se acabó el relativismo cultural que dominó la esfera política durante las últimas décadas, a partir de ahora el faro de occidente debe iluminar la senda a seguir por las culturas inferiores.

Como ha señalado recientemente Tzvetan Todorov, detrás de esta idea se esconde un rígido determinismo cultural en el que se considera que los individuos actúan fundamentalmente de acuerdo con las normas de su grupo. Determinismo que afecta especialmente a quienes proceden de países musulmanes, pero no a nosotros los occidentales. Ellos actúan siguiendo los mandatos de su ADN cultural, nosotros por una serie de razones psicológicas, políticas, económicas o sociales. La libertad que revindicamos para la población de occidente se les niega a ellos que obedecen en todo momento su esencia de musulmanes.



Pero para Todorov el islamismo es un movimiento político, que no religioso, que tiene sus bases en una serie de acontecimientos ocurridos a lo largo del siglo XX. Esos avatares históricos han conducido al islamismo a la situación actual, doblemente maniquea, en la que los adversarios se convierten en una encarnación del mal que hay que derrotar. Todas sus desgracias proceden de su enemigo Israel y de su protector Estados Unidos.

Pero si las bases son políticas, también es posible una encontrar una solución política. Una solución que pasa por el diálogo, por escuchar al otro y, entender sus necesidades, sus deseos, su razones y su forma de entender el mundo (aquí) . Amos Oz y Tzvetan Torodov, al igual que Ryszard Kapuscinski, abogan por la mediación, por el pluralismo, por conocer al otro y por negar ese maniqueísmo tan presente en nuestro días. El miedo al otro nos hace intolerantes, y nos sitúa en una posición de alerta que anula la empatía y hace más probable la agresión reactiva puesto que tenemos que defendernos de esos bárbaros tan distintos a nosotros.
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Después de tanto tiempo
acechándoos,
cuando estuvo frente a ti,
viste
que su mirada era
tu mirada,
que tu miedo era
su miedo
que su dolor era tu dolor

sábado, 7 de febrero de 2009

Malos tratos en los centros de protección de menores


La Ley de Protección Jurídica del Menor establece la posibilidad de declarar una situación de desamparo, de forma que la guarda y tutela del niño o niña pase a ser asumida por la Administración. Naturalmente, esa es una medida drástica que sólo se toma en situaciones excepcionales en la que hay un claro incumplimiento por parte de los padres del ejercicio de sus deberes: negligencia, malos tratos, abusos, etc. Cuando la Entidad Pública asume la tutela de un menor, debe proporcionar los recursos para que se ejerza la guarda del menor, ya sea a través de la adopción o el acogimiento familiar, o bien mediante el ingreso en un centro de protección.

En algunos casos, pueden ser los mismos padres quienes soliciten a la Administración que se haga cargo de la guarda, generalmente por la escasez de recursos para el adecuado ejercicio del rol parental. Por ejemplo, padres con muchos hijos y dificultades económicas, o con hijos “difíciles” y pocas habilidades parentales, que se ven desbordados por la situación familiar y abocados a solicitar ayuda a la Administración.

Por lo tanto, en estas situaciones la Entidad Pública que se hace cargo de la guarda de un menor tiene la obligación de velar por él, educarlo, alimentarlo y procurarle una formación integral. Es decir, lo mismo que se le exige a cualquier padre y madre residente en nuestro país. Cuando la medida de protección supone el ingreso en un centro, la persona que dirige el centro es la encargada de ejercer la guarda y la que asume la responsabilidad de cualquier situación en la que las necesidades del menor no estén cubiertas.

Pues bien, tras esa aclaración, hay que hacer referencia al informe que el Defensor del Pueblo acaba de remitir al Congreso de los Diputados, y que a lo largo de esta semana ha tenido una importante repercusión en los medios de comunicación. Se trata de un documento que recoge los resultados de una investigación realizada en 27 centros, todos de titularidad pública, aunque la mayoría de ellos están gestionados por entidades privadas. Tengo que insistir en que aunque muchos de los niños atendidos en estos centros presentan importantes problemas de conducta, se trata de centros de protección, y no son centros de reforma para menores que han cometido delitos.

El informe (ver aquí) ofrece un panorama desolador de la situación por la que pasan muchos de estos niños tutelados por la Administración: castigos corporales severos, aislamiento, a veces durante días, en habitáculos cerrados, desnudos integrales para realizar inspecciones, medicación sin el consentimiento del menor –algo a lo que la obliga la ley a partir de los 12 años-, vejaciones, etc. Es decir, algo que sin ninguna duda llevaría a declarar una inmediata declaración de desamparo y una retirada de la tutela, si en lugar de un centro de protección se tratase de una familia.

¿Qué futuro espera a estos menores, que suelen provenir de familias desestructuradas y que han pasado previamente por situaciones muy complicadas? La verdad es que no resulta difícil hacer un pronóstico que no es nada halagüeño. Como ya hemos tenido la ocasión de comentar en algunas entradas anteriores, la plasticidad neurológica es grande hasta bien entrada la adolescencia, de forma que cuando los menores crecen en un entorno de cariño y protección los centros cerebrales relacionados con el control y la regulación de la conducta maduran de forma adecuada. En cambio, en contextos hostiles en los que son frecuentes las situaciones de mucho estrés, como la que se vive en algunos de estos centros, el circuito básico de amenaza, que integra la amígdala, se encontrará hiperactivado, lo que está relacionado con la agresividad reactiva y la conducta antisocial. Por lo tanto, no son necesarias dotes de adivino para aventurar que muchos de estos menores pasarán a centros de reforma, en un primer momento, y más adelante a centros penitenciarios. Es muy probable que la mayoría de ellos se beneficiarían mucho de un trato adecuado llevado a cabo por profesionales especializados. Sólo de esa forma estos niños y niñas podrían darle un requiebro al destino y convertirse en adultos competentes y responsables. Pero eso exige creer firmemente en la plasticidad del ser humano y apostar por ello, supervisando estos centros de protección y dotándoles de los recursos que necesitan para llevar a cabo una labor tan importante.
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miércoles, 4 de febrero de 2009

Un modelo de desarrollo positivo adolescente



No puede decirse que la gente adulta tenga una opinión muy favorable de los adolescentes. En una entrada anterior ya hice referencia a un estudio que llevamos a cabo hace unos años en el que no salían demasiado bien parados, pues calificativos como promíscuos, violentos, irresponsables o consumidores de alcohol y otras drogas eran otorgados con generosidad por los adultos entrevistados. Esta imagen tan sesgada hacia lo negativo ha propiciado un modelo de atención a la salud adolescente centrado en el déficit y en los factores de riesgo, de manera que toda intervención parece ir encaminada a prevenir alguna conducta problema, sobre todo la violencia y el consumo de drogas. No digo yo que no haya que llevar a cabo ese tipo de programas, por supuesto que es importante la prevención, pero el exceso de interés en la misma hace que nos olvidemos de la promoción de la salud y el desarrollo.

En los últimos años ha surgido en Estados Unidos un nuevo modelo centrado en el desarrollo positivo y en la competencia durante la adolescencia, que tiene sus raíces en el modelo de competencia surgido a principios de los años 80 en el ámbito de la psicología comunitaria. De acuerdo con este enfoque, denominado Positive Youth Development, prevención no es sinónimo de promoción, y una adolescencia saludable y una adecuada transición a la adultez requieren de algo más que la evitación de algunos comportamientos como la violencia, el consumo de drogas o las prácticas sexuales de riesgo, y precisan de la consecución por parte del chico o la chica de una serie de logros evolutivos.

Con el objetivo de construir un modelo de desarrollo positivo adolescente, es decir, de las competencias y características individuales que pueden considerarse más importantes de cara a definir a un chico o chica competente y con un buen ajuste, en el Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Sevilla hemos llevado a cabo un estudio cualitativo, mediante la utilización de dos técnicas de consenso como son el grupo nominal y la técnica delphi. El estudio contó con la financiación de la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía.

El grupo nominal estuvo formado por profesionales de los campos de la psicología, la psiquiatría y la educación, seleccionados en virtud de su vinculación profesional con la etapa adolescente. En el caso de la técnica delphi se contó con 30 profesionales con características similares, pero que desarrollaban su trabajo en distintas ciudades de nuestro país.

El modelo elaborado (ver Figura 1) incluye un total de 27 competencias específicas que se agrupan en cinco grandes áreas o competencias de carácter más general, y aunque todas ellas tienen un gran interés, podríamos considerar que hay un área central relativa al desarrollo personal que integra y recoge aportaciones de las 4 restantes (social, cognitiva, moral y emocional). No obstante, las relaciones entre las competencias específicas de este bloque central, y las integradas en las restantes áreas son bidireccionales, ya que un mayor desarrollo de las competencias personales relacionadas con el yo representará un impulso sobre las demás. El modelo propuesto es global o integral, y va más allá de las concepciones que se limitan a considerar el rendimiento académico o la ausencia de problemas emocionales o conductuales como los únicos indicadores del desarrollo saludable o florecimiento adolescente.




Figura 1. Modelo de desarrollo positivo adolescente elaborado a partir del estudio cualitativo



En este modelo, que considera que chicos y chicas adolescentes tienen mucha plasticidad y grandes potencialidades, el florecimiento representa el proceso por el que, implicado en relaciones saludables con su contexto, el adolescente se encamina hacia el desarrollo de una integridad personal ideal. Cuando la persona florece contribuye de forma positiva a la sociedad en la que vive. Por lo tanto, una flor que integra las cinco áreas o competencias que definen un desarrollo positivo, y que tiene la capacidad de crecer, representa una buena metáfora gráfica del modelo.

El modelo del desarrollo positivo representa una visión optimista del ser humano, en general, y del adolescente, en particular, en el que cuando se dan las condiciones favorables, y chicas y chicas se ven implicados en relaciones saludables con su contexto, florecen como ciudadanos prosociales y responsables que realizan su contribución personal a la sociedad en la que están inmersos. Por lo tanto, cuando se crean esas condiciones contextuales, no solo se estará favoreciendo el desarrollo saludable de jóvenes y adolescentes, sino que, además, estaremos contribuyendo a la mejora de la sociedad.

Oliva, A., Hernando, A., Parra, A., Pertegal, M. A., Ríos, M. y Antolín, L. (2008). La promoción del desarrollo adoelscente: Recursos y estrategias de intervención. Sevilla: Consejería de Salud de la Junta de Andalucía.

Oliva, A., Ríos, M., Antolín, L., Parra, A., Hernando, A. y Pertegal, M. A. (2010). Más allá del déficit: Construyendo un modelo de desarrollo positivo adolescente. Infancia y Aprendizaje, 33, 223, 234.





viernes, 30 de enero de 2009

El virus de la felicidad se propaga fácilmente


¿Nos hace la felicidad de quienes nos rodean más felices o, por el contrario, cuando vemos que amigos, familiares y compañeros de trabajo son felices y se lo pasan en grande, nos corroe la envidia y nos sentimos desgraciados? Ya tenemos respuesta a este interesante pregunta, pues los resultados del Framingham Heart Study que acaba de publicar the British Medical Journal (ver aquí) apoyan claramente la primera hipótesis y nos permiten afirmar que la felicidad es contagiosa.

El Framingham Study es una investigación longitudinal, con siete oleadas hasta el momento, que comenzó en 1948 con 5209 participantes de la ciudad de Framingham (Massachusetts), y que ha continuado hasta la actualidad con el seguimiento de los hijos y nietos, y sus parejas, de la cohorte inicial. Además de ser longitudinal, este estudio tiene en cuenta no sólo a los participantes directos, denominados egos, sino también a sus familiares, vecinos, amigos y compañeros de trabajo, o alters, elegidos por cada participante. El hecho de que muchos de estos alters, fuesen a su vez participantes en el estudio (egos), supone que los investigadores disponían de una información detallada de ellos –obtenida a través de entrevistas y de exámenes físicos-, que les permitió analizar diversas influencias sobre un ego o participante directo. El sentimiento de felicidad o satisfacción vital fue evaluado en las tres últimas recogidas de datos mediante algunos ítems de la escala de depresión del Centro for Epidemiological Studies (CES-D).

El estudio obtiene información no sólo de individuos concretos sino de redes sociales, definidas por una serie de egos y de alters conectados entre sí por vínculos caracterizados por su grado de separación (1 grado es una relación directa como un lazo de amistad o una relación familiar; 2 grados son relaciones indirectas: por ejemplo, los amigos de mis amigos; 3 grados es una relación aún más indirecta, tal como los amigos de los amigos de mis amigos).
Figura 1. Agrupación de una red de 1181 participantes en el El Framingham Study en función de su vinculación.

Una de las preguntas a las que trata de responder el estudio es si la felicidad de un individuo se ve influida por la de los integrantes de su red social. Como señalan los autores del estudio, la felicidad de una persona puede estar relacionada con las de los miembros de su red social por tres procesos diferentes: homofilia (una persona feliz tiende a vincularse con otras de tono emocional similar), inducción (la felicidad de una persona causa la felicidad de otras), o relación espuria (un factor que influye sobre la felicidad de ambos). Sin embargo, las características del diseño del Framingham Heart Study, especialmente su carácter longitudinal, permitieron a los autores diferenciar estos efectos.

Pues bien, los resultados indicaron que las personas felices estaban conectadas entre sí, y que la probabilidad de que un ego fuese feliz aumentaba según el número de personas felices con las que estaba vinculada, y según la cercanía de las mismas; es decir, las personas vinculadas directamente influían mucho más que las relaciones indirectas. También fue importante la cercanía física, ya que la felicidad de los amigos que vivían más cerca influía más que la de los más alejados. El sexo fue también otra variable que, sorprendentemente, moderó la fuerza del efecto, puesto que la felicidad se contagiaba más frecuentemente a través de relaciones con personas del mismo sexo, hasta el punto de que amigos o vecinos del mismo sexo mostraron efectos más significativos que la propia pareja heterosexual. ¿Curioso no? Es más importante para tu satisfacción vital la felicidad de tu amigo/a o vecino/a que la de la persona con la que convives.

Otro dato que merece la pena destacar es que las relaciones felices ejercían un efecto mayor que las infelices, es decir, tener más vínculos con personas satisfechas con su vida aumentaba significativamente el sentimiento de felicidad del participante, mientras que el efecto del número de relaciones con personas infelices era mucho menor o insignificante. También se mostraron más felices aquellas personas que estaban conectadas con alters que a su vez estaban conectados con muchas personas.

Estos resultados son muy interesantes porque indican que nuestra felicidad no depende exclusivamente de nuestras experiencias individuales o de nuestras elecciones personales, ya que es también una propiedad del grupo o red de personas en el que estamos inmersos. Aunque el estudio no permite aclarar los mecanismos mediante los que se contagia el virus de la felicidad, existen varias posibilidades. Una de ellas es que quienes están más satisfechos con sus vidas tienden a ofrecer más apoyo y mostrarse más amigables con quienes les rodean. Otra posibilidad es que las emociones positivas se contagien, tal vez mediante la participación de las neuronas espejos a las que hacíamos referencia en la entrada anterior. Con independencia de cuál de las dos hipótesis sea correcta, lo más interesante es que cualquier estrategia que aumente la felicidad de una persona puede tener un efecto en cascada que termine extendiéndose a personas de su círculo, aumentando así la efectividad de cualquier intervención encaminada a hacer que la gente sea más feliz.

Fowler, J. H. & Christakis, N. A. (2009). Dynamic spread of happiness in a large social network: longitudinal analysis over 20 years in the Framingham Hear Study. British Medical Journal,337.



martes, 27 de enero de 2009

No eres gay, son las neuronas espejo


Parece mentira lo mucho que los estudios con técnicas de neuroimagen están aportando al conocimiento de la conducta humana. No hay día que no nos sorprenda alguna noticia con algún descubrimiento relevante. Uno de los últimos titulares que destacaba alguno de los increíbles logros de estos investigadores decía algo parecido a esto “Las neuronas espejo provocan la erección masculina”. Tal vez algún lector considere innecesario el adjetivo que sucede al sustantivo erección. Pero no sobra la precisión, puesto que también vamos a encontrarnos con erección e incluso eyaculación en la mujer (ver aquí).
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Volviendo al asunto masculino, parece que estos investigadores han descubierto la relación que existe entre el visionado de escenas sexuales explícitas (porno o hardcore) y la erección “del pene”. Sin duda otro lector estará pensando en que él ya lo había notado, aunque no lo había considerado suficientemente novedoso como para escribir un artículo al respecto. Pero los autores del trabajo no sólo han constatado la relación, sino que, además, han encontrado los mecanismos cerebrales implicados en la extraña relación que existe entre ver porno y que el pene aumente su volumen. Parece que la culpa es de las neuronas espejo, que son un tipo de neuronas visomotoras integradas en un circuito cerebral que se activa ante la contemplación de un movimiento en otra persona. Es decir, vemos al vecino rascándose la cabeza y se activan en nuestro cerebro las mismas neuronas que provocan el movimiento de rascarse. Estas neuronas son responsables no sólo de la imitación, sino que configuran una especie de wifi emocional que nos ayuda a entender las emociones de otras personas, por lo que son consideradas la base de la empatía: la contemplación de un rostro triste o risueño provoca en quien lo observa una activación de las mismas regiones cerebrales que induce un sentimiento similar.
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Pues bien, unos investigadores de la Universidad Pierre y Marie Curie de París han llevado a cabo un estudio para analizar mediante técnicas de resonancia magnética funcional la respuesta cerebral ante el visionado de pornografía, mientras que se medía la erección del sujeto experimental mediante un pletismógrafo penil. (¡lo que no se le ocurra a quien tiene a su disposición la maquinita para hacer RMIf!)

Los resultados del estudio indicaron que la visión de escenas de sexo explícito antecedía a la activación de las neuronas espejo en la región del opérculo frontal, que era seguida de la activación de algunas zonas cerebrales conocidas por su relación con la erección masculina (ínsula, núcleo medio dorsal del tálamo, ventral estriado), lo que, como ya habrán imaginado, llevaba a una erección, según indicaba el pletismógrafo en el que los participantes del estudio, suponemos que tras la promesa de una importante gratificación, habían colocado su miembro viril. Los autores advierten que la correlación encontrada no implica una relación causal. Y hacen bien, ya que hay gente muy puntillosa que no se conforma con una buena correlación, y bien podría pensar que alguna zona cerebral implicada en la visión de sexo podría influir tanto sobre la activación de las neuronas espejo como sobre la erección, sin que existiese vínculo causal entre ambas.

Tengo una duda que el estudio no me ha despejado, y es la de si las neuronas espejo y la consiguiente erección tiene lugar igualmente si los participantes contemplan un varón erecto en solitario y no escenas de relaciones heterosexuales, como se hizo en el estudio. Entiendo que no debe ser fácil colocarle a unos sufridos sujetos experimentales un pletismógrafo y, después, proyectarles algunas escenas con Nacho Vidal preparado para la acción para ver si sus penes se alegran ante la visión. Cabe pensar que sí habría erección, ya que las neuronas espejo responden provocando una respuesta similar a la contemplada, sin necesidad de que haya ninguna mujer en la escena. Por lo tanto, ya sabes, si tienes una erección cuando contemplas un pene erecto, es probable que no seas gay, sino que las neuronas espejo te estén jugando una mala pasada.


Mouras, H. et al (2008). Activation of mirror-neuron system by erotic video clips predicts degree of induced erection: an fMRI study. Neuroimage, 42, 1142-1150.

sábado, 24 de enero de 2009

Erikson y la tarea de la adultez media

......................................................Erik Erikson

Leo en el blog de Antonio Rivero Taravillo uno de sus hermosos poemas con los que a veces nos obsequia. El poema, que trata el tema de la paternidad frustrada y la creación literaria, me hace pensar en el psicólogo Erik Erikson y en su teoría acerca del desarrollo de la personalidad durante el ciclo vital. Es cierto, que el modelo propuesto por Erikson no está avalado por una importante evidencia empírica, ya que lo elaboró a partir de su experiencia clínica, y tenemos razones para mostrarnos algo escépticos sobre su validez. A pesar de ello, hay que reconocer en el discípulo de Anna Freud su sensibilidad para entender nuestro transcurrir por las distintas etapas de la vida, y su condición de pionero, ya que fue uno de los primeros autores que se atrevió a proponer un modelo sobre las etapas en el desarrollo personal que abarcasen todo el ciclo vital.

Para Erikson, en cada etapa de nuestra vida hay una tarea evolutiva, y una crisis asociada a ella, que tenemos que resolver favorablemente, aunque también podremos fracasar en su resolución, lo que de alguna manera supondrá poner límites a nuestro desarrollo y a nuestra realización personal. La tarea propia de la adolescencia es la construcción de una identidad personal, definida por los valores, la ideología, el estilo de vida o la elección vocacional. Basta pensar en aquellos años en los que nos asaltaban dudas recurrentes sobre creencias religiosas o políticas o nos debatíamos entre dos opciones vocacionales que nos seducían por igual, para entender lo que supone una crisis de identidad.

En la adultez media la tarea consistiría en el logro de la generatividad, que supondría alcanzar una cierta trascendencia con respecto a nosotros mismos y hacer nuestra propia contribución al mantenimiento y al progreso del mundo en el que vivimos. Probablemente en etapas anteriores estemos demasiados centrados en nosotros mismos, en conocernos o descubrirnos, y en encontrar una posición en la sociedad. Pero a partir de cierta edad los objetivos personales comienzan a cambiar y el deseo de realizar nuestra aportación personal se abre paso entre motivaciones más egoístas. Una de las vías que se nos ofrecen para conseguir esa generatividad es mediante la paternidad o maternidad, es decir, criando y educando a nuestros hijos, olvidándonos de nuestros intereses y pensando en su felicidad, transmitiéndoles nuestro cariño y nuestros valores, ayudándoles a crecer… Pero, es evidente que existen otros caminos, que pasan por la entrega generosa de nuestro trabajo y esfuerzo a un fin que vaya más allá de nuestras ambiciones personales: el trabajo de carácter social, la educación de las generaciones futuras, los esfuerzos por la conservación del medio ambiente, la investigación dirigida a mejorar la vida de los demás o la creación artística o literaria. Todas ellas son alternativas, que están a nuestro alcance, para lograr esa generatividad que hacen que nos sintamos plenamente realizados y satisfechos cuando las llevamos a cabo. Hacemos algo con nuestras manos que puede contribuir a mejorar la vida de otras personas, como una actividad de voluntariado, una vacuna o un poema.
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Sin embargo, como Erikson apuntó, algunas personas fracasan en esta tarea propia de la adultez y se estancan en unas vidas narcisistas y sin sentido. Personas que, a pesar del éxito que hayan podido alcanzar en sus profesiones, sienten que aquellas metas que habían perseguido con tanto ahínco se desmoronan como un castillo de naipes dejándoles una enorme sensación de vacío personal. Ya Erikson había señalado que la sociedad en la que vivimos no contribuye demasiado al logro de la generatividad, puesto que nos impulsa con demasiada frecuencia a buscar de forma imperiosa el éxito personal (fama, dinero, lujos) y nos aleja de que lo debería ser nuestra meta vital: contribuir con nuestras capacidades a mejorar el mundo en que nos ha tocado vivir.


A mi hijo, una tarde de lluvia.

El parque está sombrío, y la alameda
desierta de los niños que se fueron.
La lluvia, la borrasca han dispersado
a todos a sus casas.
En mi estudio
tu ausencia juega, triste, con los libros
que te han ido supliendo; tus pupilas
leen, inexistentes, los volúmenes.
Porque tú no venías, las lecturas
llenaron mis jornadas, por tu falta
traduje mil poemas.
Hijo mío,
su tinta es ya tu pelo, sus cubiertas
los rostros de tu ánimo mudable.
Discúlpame, debiera haber buscado
tu risa con más celo; con ahínco,
tu mirada de asombro ante las cosas.
Vicariamente vives en las páginas
de hombres que he reescrito en esta lengua
que tú nunca hablarás.
Callado quedas,
mudo entre las vidas que no han sido.
Los versos, las angustias, las metáforas
también los hijos son de tu silencio.
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Llueve como en mi infancia, y te recuerdo
en charcos que pisaba con tus botas.

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Antonio Rivero Taravillo
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martes, 20 de enero de 2009

Kübler- Ross y el bálsamo de la religión



Durante estos días se ha establecido en la blogosfera un cierto debate acerca de la mayor o menor felicidad de creyentes frente a ateos. El desencadenante de la discusión ha sido la campaña del bus ateo (más bien agnóstico) que varios ayuntamientos han decidido poner en marcha. Pero no voy a hablar sobre esta campaña, aunque el contenido de esta publicidad me parece más interesante que el de muchas otras, sino de un libro que leí hace ya varios años: "La rueda de la vida", autobiografía de Elizabeth Kübler- Ross. La razón de que este debate me haya llevado a escribir sobre esta doctora es que hizo de la creencia en la vida tras la muerte una forma de aliviar el sufrimiento causado por la expectativa de una muerte inminente en sus pacientes y en sus familiares.

Kübler- Ross fue una psiquiatra suiza (creo que fue la primera mujer suiza que se licenció en medicina en su país) que desde 1958 desarrolló su actividad actividad profesional en Estados Unidos. La lectura de su autobiografía nos transmite la imagen de una mujer empática, prosocial, muy implicada en su trabajo y tremendamente luchadora, que siendo muy joven estuvo en Polonia como voluntaria ayudando a las víctimas del Holocausto. Más tarde, su trabajo con enfermos terminales de cáncer en un hospital de Nueva York le llevó a cuestionar el trato que recibían muchos de estos pacientes y a impulsar la humanización de la atención sanitaria. Al contrario de lo que hacían sus colegas, Kübler-Ross animaba a sus pacientes a que hablasen de sus sentimientos y preocupaciones ante la muerte, les escuchaba con atención y les ofrecía apoyo emocional.

A partir de las observaciones y las conversaciones mantenidas con muchos de estos pacientes llegó a identificar 5 fases por las que pasaban las personas antes de morir. Este proceso, que expuso en su primer libro “Sobre la muerte y los moribundos”, supuso el reconocimiento internacional de la doctora por lo novedoso del asunto que abordaba. Estas fases son: Negación, Ira, Negociación, Depresión y Aceptación.


Este modelo fue muy influyente y proporcionó un lenguaje común y unas orientaciones prácticas a todos los profesionales que trabajaban con enfermos terminales, y su contribución a la humanización del trato o atención a estos pacientes está fuera de toda duda. No obstante, su estudio presentaba claras limitaciones metodológicas, por lo que recibió muchas críticas. Incluso se ha cuestionado que más que una mera descripción exploratoria del proceso de morir, se llegó a convertir en una prescripción sobre cómo se debe afrontar este tránsito final, una especie de progreso moral que debe seguirse para el buen morir. Vamos, como la fórmula políticamente correcta de pasar a mejor vida.

El lector de La rueda de la vida se ve atrapado por la fuerza del relato de la vida de la autora: su infancia y adolescencia en Suiza, su trabajo como voluntaria en Polonia, sus comienzos profesionales en Manhattan, todo ello acerca al lector a un personaje que transmite una gran humanidad. Sin embargo, la cosa cambia una vez transcurrido el ecuador del relato, ya que a partir de ese momento Kübler-Ross comienza a decribir sucesos bastante sorprendentes, como sus conversaciones con los espíritus de antiguos pacientes ya fallecidos o sus encuentros nocturnos con su angel de la guarda. En fin, algo que deja totalmente perplejo a quien hasta ese momento había seguido con interés el libro, que en su tramo final se convierte en toda una suerte de despropósitos.

Cuando leí aquello me pregunté por las causas de ese inesperado giro en el relato. Se me ocurren dos posibles explicaciones. La primera es que la doctora no resistió la presión derivada de tanta implicación emocional con sus moribundos pacientes y sus familiares, y terminó perdiendo la razón. La segunda es que la autora pretendía ofrecer una esperanza y un alivio a quienes estaban sufriendo tanto. Como comenté líneas atrás, parece evidente que la creencia en una plácida vida no terrenal, como la que una persona con el carisma y credibilidad de Kübler-Ross describió, libera de muchas angustia y aporta consuelo ante la pérdida de la vida propia y de las personas queridas. ¿No será este regalo postmortem que ofrecen la práctica totalidad de las religiones el motivo de su relativo éxito a lo largo de la historia reciente de la humanidad?

Al final de su vida, la doctora creó en California una clínica para el tratamiento de bebés infectados por VIH, y se rodeó de todo tipo de personajes singulares como médiums, espiritistas y vividores, que se aprovecharon de la ingenuidad de muchas personas atraídas por el carisma de la ex-psiquiatra. El más peculiar de todos ellos fue un supuesto medium que ofrecía a algunas viudas la posibilidad de contactar con sus difuntos maridos teniendo relaciones sexuales con ellas. Por supuesto, el avispado sujeto cobraba por la mediación.

***
Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos
descansamos
***
Jorge Manrique (Coplas a la muerte de su padre)


sábado, 17 de enero de 2009

"Voodoo correlations" o cómo inflar las correlaciones en el estudio del cerebro y conseguir que te publiquen el paper.


Parece mentira la que pueden liar unas simples correlaciones, pero es que el poder de la blogosfera es tremendo. Aún no ha sido publicado un artículo sobre los estudios que utilizan técnicas de neuroimagen y ya se ha difundido por la red un encendido debate al respecto. Me estoy refiriendo al artículo “Voodoo correlations in Social Neuroscience” en el que Edwurd Vul, un joven estudiante de postgrado del Departmento de Brain and Cognitive Sciences del Massachusetts Institute of Technology, se ha atrevido a realizar una crítica muy seria a muchos de las investigaciones recientes en neurociencias. El artículo ha escocido a algunos de los científicos cuyos trabajos han sido puestos en entredicho que no han tardado en contraatacar con un texto en el que refutan algunas de las críticas recibidas por el joven investigador (ver aquí). Pero la cosa no podía quedar ahí, y Vul ha insistido en sus argumentos con una nueva contrarréplica. El debate ha llegado a los medios de comunicación y algunos periodistas han publicado artículos sobre este debate entre científicos. Hay que reconocer que las puyas de Vul han sido muy bien acogidas en ciertos sectores, probablemente porque los estudios con técnicas de neuroimagen están absorbiendo muchos recursos que, de no ser por el enorme poder de atracción de estas imágenes de colores, podrían ir a otros campos de investigación menos glamourosos.

El asunto tiene miga y es algo complicado para exponerlo en un simple post, no obstante, voy a resumir algunas de las críticas.

Como muchos lectores de este blog saben, la mayoría de estudios realizados en el campo de la Neurociencia Social tratan de encontrar correlaciones entre medidas de la actividad cerebral, obtenidas mediante técnicas de resonancia magnética funcional (RMNf), y medidas de personalidad o conducta, usualmente obtenidas mediante cuestionarios. Vul señala en su trabajo la sorpresa que le causó observar que muchas de estas correlaciones alcanzaban unos niveles extremadamente altos, en muchos casos por encima de .90.

Como no podría ser de otro modo, tanto las medidas psicométricas como las obtenidas mediante RMNf no ofrecen una fiabilidad perfecta. En el primer caso, es frecuente que los cuestionarios presenten fiabilidades test-retest comprendidas entre .70 y .90, aunque en algunos raros casos pueden ser superiores, y también inferiores. Pero las técnicas de neuroimagen tampoco ofrecen fiabilidades mucho más altas. Aunque pudiera pensarse que la resonancia magnética ofrece fotografías directas del cerebro en acción, no hay que olvidar que se trata de imágenes creadas mediante complejos cálculos estadísticos por un sofisticado software a partir de multitud de datos recogidos. Además, tras la recogida de los datos, los investigadores deben realizar ajustes para corregir desviaciones en función del tamaño cerebral, los movimientos de la cabeza del sujeto o la localización de ciertas estructuras cerebrales, por lo que pueden surgir errores e imprecisiones en todo este proceso (además, complica la detección de errores por parte de los investigadores y de quienes revisan las publicaciones en que se exponen los resultados del estudio).

Cualquiera que esté algo avezado en estadística sabe que la correlación entre dos medidas no puede ser superior a sus fiabilidades. La razón es evidente: si una medida correlaciona consigo misma .80, es imposible que su correlación con una medida diferente sea más alta. Estaría unos puntos por debajo, incluso en el caso de una asociación casi perfecta entre ambas medidas. Pues bien, ese fue el detalle que le puso a Vul la mosca detrás de la oreja y le llevó a emprender un meta-análisis, tras solicitar a los autores de 55 estudios información acerca de algunos detalles metodológicos que no quedaban claros en los trabajos publicados.

Lo que encontró Vul fue que era bastante usual que los investigadores seleccionasen algunos voxels (como un pixel pero tridimensional que refleja una pequeña área cerebral) que indicaban niveles de actividad en ciertas estructuras cerebrales significativamente distintos de cero, ignorando los demás, y a partir de ellos construían la medida de actividad cerebral. Es como si utilizamos un cuestionario para evaluar la autoestima y relacionarla con el afecto parental, pero en lugar de contar con los 100 ítems que conforman el cuestionario, es decir con la puntuación total en la escala, sólo cogemos aquellos 5 items que muestran las correlaciones más altas con el afecto y usamos su promedio e ignoramos el resto. Seguro que ustedes están pensando que estos neurocientíficos son unos tramposos.

Los investigadores criticados se han defendido argumentando que cierto que seleccionaron grupos de voxels que mostraban correlaciones significativas con la medida psicométrica, pero que, al tratarse de múltiples correlaciones, habían realizado una corrección para determinar el nivel de significación requerido para realizar esa selección. Si no lo he entendido mal se refieren a la corrección de Bonferroni o algo similar. Es decir, en cualquier prueba de significación estadística fijamos un nivel a partir del cual la correlación entre dos variables, o la diferencia observada entre dos medias, es significativa y no se debe al azar. Ese nivel suele ser de .95, lo que quiere decir que en un 5% de ocasiones nos equivocaremos, pues diremos que hay diferencias o asociación significativa entre los valores observados, cuando en realidad no la hay (error alfa o tipo I). Por lo tanto, si se correlacionasen cien voxels, tomados de uno en uno, con una determinada medida psicométrica, por puro azar 5 de esos voxels tendrían correlaciones significativas. Por ello, cuanto más correlaciones hagamos, más exigentes deberemos mostrarnos para considerar que una correlación es significativa, y en lugar del .95 deberemos trabajar con niveles de significación superiores, que pueden llegar a ser de .999, para minimizar la posibilidad de cometer errores alfa. (Volviendo al ejemplo de las escala de autoestima, es evidente que por puro azar 5 items mostrarían correlaciones significativas si trabajamos con un nivel de significación de p= .05).

Pero, como ha argumentado Vul, estas correcciones se hicieron sobre la muestra de voxels seleccionados, no sobre el total de voxels. Este dato es muy relevante, ya que hay que tener en cuenta que estamos hablando de cantidades enormes de voxels, puesto que una sesión normal de RMNf puede producir alrededor de un billón de medidas, que luego se combinan con complejos cálculos. Por lo tanto, aunque la selección parece necesaria, esta selección no aleatoria o sesgada hace que el bloque final de medidas seleccionadas no sea independiente del inicial contribuyendo a inflar las correlaciones (non-independent error).

La pregunta que podemos hacernos es si los autores de los artículos criticados por Vul et al. han cometido algunos errores inocentes o si hay cierta intencionalidad en sus maniobras. ¿Qué interés pueden tener en inflar las correlaciones hasta valores por encima de .08? ¿Por qué no se conforman con algunas correlaciones algo más bajas, aunque igualmente significativas? Pues ahí puede estar el problema, en que es probable que muchas de estas correlaciones dejaran de alcanzar el nivel de significación estadística. Hay que tener en cuenta que los estudios con RMNf son muy costosos y suelen emplear muestras muy reducidas con lo que la potencia estadística de las pruebas es muy baja, y se precisan de correlaciones muy altas para alcanzar el nivel de significación, sobre todo si se aplica una corrección como la de Bonferroni. ¿Qué cara les quedaría a los investigadores si después de tanto gasto y esfuerzo no encuentran lo que están buscando? ¿Quién les publicaría su trabajo? Desde luego ni Science ni Nature.





Figura (Vul et al., 2009). El histograma presenta los valores de las correlaciones de los estudios criticados por Vul et al. El color verde representa las provenientes de análisis que no incurrieron en el error de no independencia, evitando por tanto el sesgo de elección de medidas. Los rojos corresponden a los estudios que llevaron acabo análisis no independientes, y que por lo tanto inflaron el valor d elas correlaciones. Los naranjas corresponden a los estudios que no respondieron al cuestionario de Vul. Se observa claramente que los estudios que proporcionan un mayor número de correlaciones significativas elevadas son los que incurrieron en el error de no-independencia.

Algunos otros blogs que han tocado este tema (ver aquí, o aquí, o también aquí)

lunes, 12 de enero de 2009

Tipos de apego y afrotamiento del estrés


Ya me he referido en entradas anteriores a la importancia que la teoría del apego ha adquirido durante las últimas décadas (ver aquí). Gran parte de esta importancia se debe a la capacidad que el modelo de apego construido por un sujeto, ya sea seguro, inseguro ambivalente o inseguro evitativo, tiene para predecir muchos de sus comportamientos: sus relaciones con los iguales, las relaciones románticas o de pareja o el tipo de vínculo establecido con los hijos. Lo que sin duda resulta algo menos conocido es el tipo de apego también guarda relación con la nuestra reacción emocional y cognitiva ante los acontecimientos estresantes que tenemos que afrontar. Al menos eso es lo que han encontrado algunos estudios recientes.

Esta relación no es sorprendente si tenemos en cuenta que un apego seguro es un recurso interno a disposición de una persona que le ofrece una guía sobre la forma de afrontar adversidades. Así, cada tipo de apego conlleva una forma diferente de afrontar las situaciones difíciles que pueden presentarse en la vida.

Las personas con apego seguro suelen mostrar expectativas optimistas, tratan con las situaciones estresantes reconociéndolas, iniciando acciones constructivas para hacerles frente y buscando ayuda en otras personas, es decir, utilizan estrategias de afrontamiento centradas en el problema y de búsqueda de apoyo. Aunque no son de piedra y pueden tener emociones negativas en momentos de dificultad, suelen manejar bien estas emociones sin verse desbordados por ellas.

Los individuos con apego inseguro ambivalente presentan una reacción emocional muy intensa y descontrolada en ante acontecimientos estresantes. Por lo general, dirigen su atención de forma hipervigilante hacia la fuente de estrés, son incapaces de reprimir sus emociones y pensamientos negativos persistentes y utilizan estrategias de afrontamiento pasivas y centradas en la emoción, como la rumiación obsesiva.

Por último, quienes muestran un apego inseguro evitativo tienden a afrontar las situaciones estresantes negándolas y adoptando lo que Bolwby denominó autoconfianza compulsiva: quitan importancia al acontecimiento estresante e inhiben la expresión de emociones negativas. Es decir usan estrategias evitativas o distanciadoras del problema que suelen ir acompañadas de una ansiedad subyacente que refleja el fracaso del sujeto para afrontar la situación.

Las diferencias entre estos tres tipos de personas se observan en diversas situaciones, como ante la pérdida de personas queridas. Así, las personas con apego seguro pueden sentir mucho malestar, pero pueden superarlo mejor, mientras que los ansiosos ambivalentes se verán desbordados por el estrés creado, y los evitativos pueden ver cómo se derrumba su mundo falsamente seguro. Otras situaciones ante las que los sujetos con apego seguro muestran una mejor adaptación son el fracaso personal, las tareas relacionadas con la maternidad o paternidad, las situaciones de dolor crónico o los conflictos en las relaciones de pareja.

sábado, 10 de enero de 2009

Rasgos psicopáticos y conducta agresiva y antisocial

Algunos de los asesinos más crueles, ya sean reales como Jack el destripador o ficticios como Hannibal Lecter, no responden al perfil agresivo al que dediqué una entrada anterior (ver aquí). En este caso estaríamos hablando de una conducta agresiva que tiene un origen diferente al de la agresión reactiva, y tendríamos que hablar de agresión instrumental o, mejor aún, de psicopatía.

Los sujetos con rasgos psicopáticos muestran una conducta agresiva y antisocial muy severa y también muy estable a lo largo de la vida, puesto que suele comenzar en la infancia y mantenerse hasta la adultez avanzada. A diferencia de la agresividad reactiva, estos sujetos desarrollan una agresividad instrumental muy fría y calculada que puede servirles para conseguir sus objetivos personales sin tener en cuenta las necesidades de los demás. Algunos autores atribuyen a estos personajes 3 características:

-Un factor afectivo caracterizado por frialdad emocional y escasa empatía y responsividad a las emociones de los demás (callous-unemotional traits CU).

-Un estilo interpersonal arrogante que implica una personalidad narcisista y una conducta manipuladora.

-Un estilo conductual impulsivo e irresponsable.

La mayoría de estudios encuentran una importante base genética en la disfunción emocional que presentan estos sujetos, y aunque no se conocen aún los genes concretos que pueden estar implicados, existe cierto consenso con respecto a las estructuras cerebrales que desempeñan un papel importante en el desarrollo de la conducta psicopática. El rol estelar corresponde a la amígdala, por su implicación en el aprendizaje evitativo. Otras áreas cerebrales serían la corteza medial órbito frontal y la la corteza prefrontal ventromedial. Todas esas estructuras tienen que ver con el aprendizaje de la asociación entre estímulos y castigos, y también con el reconocimiento de emociones de temor y tristeza en otras personas.



Diversos estudios han encontrado que los sujetos con rasgos psicopáticos presentan una activación menor de la amígdala, y una menor conectividad entre ésta y la corteza prefrontal ventromedial en tareas de condicionamiento aversivo y de reconocimiento de emociones negativas. También se ha encontrado que estos sujetos, especialmente los que muestran más frialdad emocional (CU), tienen unas expectativas de resultados más positivos en situaciones agresivas con los iguales, más conductas de búsqueda de excitación y sensaciones, menos miedo en situaciones de peligro, y también menos ansiedad. Todo eso parece llevarles a no tener en cuenta a la hora de actuar ni la posibilidad de experimentar un castigo, ni el más que probable daño causado a los demás, y persiguen exclusivamente sus propios intereses y beneficios.

La heredabilidad de los rasgos psicopáticos y la existencia de mecanismos cerebrales implicados no deben llevarnos a una actitud derrotista con respecto a la posibilidad de intervenir. Sabemos que durante la infancia estos sujetos muestran déficits temperamentales en reactividad emocional que ponen trabas al desarrollo normal de la empatía, la conciencia y el sentimiento de culpa, y que pueden beneficiarse especialmente de estilos parentales caracterizados por el afecto, la cooperación, el apoyo y la responsividad. Pero que también precisarían del uso de una disciplina consistente y con ciertas dosis de autoritarismo, es decir, la escasa reactividad emocional de estos menores y su desinhibición conductual requeriría de métodos de socialización sólidos si se quiere conseguir que interioricen las normas familiares y que desarrollen una conducta prosocial.

Recordemos que Norman Bates, el psicópata que Alfred Hitchcock inmortalizó en Psicosis, tenía mucho que recriminarle a su madre, ya que el trato que recibió de ésta en su infancia no había sido el más adecuado. Si hubiese disfrutado de otro ambiente familiar, es posible que Norman no hubiese tenido esas “manías” tan peculiares. Aunque, es evidente que la película habría perdido mucho interés si el protagonista hubiese sido un apacible propietario de motel dedicado en sus ratos libres al cuidado de bonsáis.

martes, 6 de enero de 2009

Sexo y religión, una mala combinación.

No tienen arreglo. Algunos de los sectores más ultraconservadores de la Iglesia Católica no cejan en su empeño de encontrar razones científicas que apoyen sus tesis restrictivas y sus recomendaciones con respecto a la sexualidad de hombres y mujeres. Hace unos años algún médico nos sorprendió al afirmar que el preservativo no era eficaz contra el virus del SIDA, ya que éste era tan pequeño que podía colarse por los poros de un condón (ver aquí). Más tarde, los mismos sectores aludieron al efecto perverso e instigador de la promiscuidad que la educación sexual tenía sobre nuestros adolescentes, según ciertos estudios que algunos habían soñado. Ahora nos vuelven a asombrar con un nuevo hallazgo científico no menos llamativo. El pasado sábado el médico español José María Simón Castellví publicó en el periódico del Vaticano, L’Observatore Romano, un artículo (ver aquí) en el que afirmaba tener “datos suficientes” como para asegurar que la píldora anticonceptiva provoca en muchos casos un efecto abortivo, ya que puede ayudar a expulsar un pequeño embrión humano. Pero la cosa no se queda ahí, también tiene datos que indican que la "contaminación ambiental" provocada por la liberación de hormonas a través de la orina de las mujeres que usan la píldora, "es uno de los motivos por los que el hombre en Occidente produce cada vez menos espermatozoides". El artículo se titula "Humanae vitae, una profecía científica", en alusión al nombre de la encíclica de Pablo VI en la que se calificaba de "inmoral" el uso de todos los anticonceptivos, incluidos los orales, para evitar tener hijos.

No parece que el periódico del Vaticano sea la publicación más imparcial a la hora de divulgar unos resultados científicos de tanta trascendencia para el medio ambiente, y quedamos a la espera de la pronta publicación de los resultados que obran en poder del doctor Simón Castellví en revistas de mayor rigurosidad y prestigio científico. Mientras tanto, no parece que haya razones de peso para cambiar nuestros hábitos sexuales y contraceptivos.



Puede resultar cómica esta insistencia de la Iglesia Católica en encontrar razones científicas que apoyen su trasnochada moral, pero tal vez deberían hacérselo mirar, ya que ese esfuerzo en nadar a contracorriente es muy posible que sea uno de los motivos por los que la sociedad, y en especial la juventud, se aleja cada vez más del catolicismo. Así, los datos del último Informe Juventud en España 2008 indican que sólo un 11.7% de jóvenes se declara católico practicante, lo que supone una reducción de 3 puntos con respecto a los datos de 2004. En cambio, ha crecido algo más del doble el porcentaje de creyentes de otras confesiones, que ya suma un 7.9% de la juventud del país. Es decir de continuar la tendencia la iglesia católica perderá el monopolio religioso frente al avance de otras religiones, propiciado en gran parte por la llegada de inmigrantes.

Nunca he terminado de entender esa obsesión de muchas religiones, no sólo la católica, por amargar a sus seguidores la vida limitándoles una de las actividades que más gozo pueden proporcionar, como es la sexualidad. Por ello, no es de extrañar que la campaña del bus ateo, que consiste en hacer publicidad en los autobuses urbanos de las principales ciudades españolas con el lema “PROBABLEMENTE DIOS NO EXISTE. DEJA DE PREOCUPARTE Y DISFRUTA LA VIDA” haya arrancado con tanta fuerza (ver aquí).
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domingo, 4 de enero de 2009

París, París.

Durante la pasada semana este blog ha estado de descanso. El motivo no ha sido otro que unos días de vacaciones invernales en una gélida París.

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