lunes, 27 de abril de 2009

Sobre la Ley de Responsabilidad Penal del Menor


Esta tarde al salir de un centro comercial una señora de mediana edad, con aspecto de tener mucho tiempo para dedicárselo a sí misma, me abordó con una amplia sonrisa de dientes blanquísimos para solicitar mi firma en contra de la Ley de Responsabilidad Penal del Menor. Cuando le comenté que no pensaba firmar en contra de lo que me parecía buena ley, cambió su sonrisa por una mirada de incredulidad, para ir apartándose después con algo de temor, como si tuviese delante de sí al mismísimo Jack el Destripador.

Supongo que hasta el momento de encontrarse conmigo habría recogido un buen montón de firmas, lo que explicaría su estupor ante mi negativa. La verdad es que no me extraña. Vivimos en un mundo muy globalizado y en el que los medios de comunicación tienen tanta presencia que un hecho ocurrido en cualquier lugar del primer mundo –lo que suceda ocurra en el tercero es otra cosa- nos llega como si hubiese acontecido en nuestro mismo vecindario, y nos genera la misma sensación de inseguridad. Los medios de comunicación tienen un efecto multiplicador que amplifican la percepción del riesgo real que corremos, de forma que vivimos permanentemente instalados en un estado de miedo. Miedo a la delincuencia juvenil, a la violencia sexual, a los inmigrantes, a las drogas, a la fiebre porcina, a las bandas albano-kosovares…Y cuando el miedo se instala en nuestros mecanismos cerebrales, termina por alterar la objetividad de nuestros juicios, condiciona nuestras relaciones con quienes nos rodean e influye en las políticas que apoyamos.

Creo que por eso, una ley progresista y que conlleva una serie de medidas reeducativas o rehabilitadoras, como la Ley de Responsabilidad Penal del Menor, ha llegado a generar tanto rechazo en una sociedad que no es excesivamente conservadora, ¿o tal vez sí? Es evidente que esta ley puede ser mejorada, sobre todo en lo que se refiere a su implementación: más recursos, personal mejor formado en los centros de internamiento, atención a los menores de 15 años no imputables y a sus familias, endurecimiento en el caso de delitos muy violentos, etc. Sin embargo, mejorar la ley no significa que deba ser retirada. Se me ocurren algunas razones a favor de su mantenimiento.

  1. Muchos adolescentes presentan déficits en el autocontrol de sus impulsos agresivos y falta empatía, lo que está relacionado con una sobreactivación de la amígdala y un escaso desarrollo órbito-frontal. Estos mecanismos cerebrales están en pleno proceso de maduración durante la adolescencia y muestran una gran plasticidad, por lo que la reclusión en centros reeducativos ofrece una magnífica oportunidad para el desarrollo de estos mecanismos relacionados con el autocontrol. En cambio, en un contexto hostil, como es la cárcel, es más que probable que la amígdala, y el sistema de ataque-huida, se mantengan en una situación de hipervigilancia poco propicia para el desarrollo de los circuitos de autorregulación. Es decir, no sólo desaprovecharemos la ocasión para influir en la maduración prefrontal, sino que contribuiremos a fortalecer la propensión a la criminalidad.
  2. Aunque factores genéticos y temperamentales desempeñan un papel importante en la criminalidad, hay una importante evidencia empírica que destaca la influencia de factores familiares, entre los que destacan la negligencia parental y los malos tratos físicos. Es decir, muchos de estos jóvenes delincuentes han tenido contacto con el sistema policial y judicial de la Administración, sin que antes los servicios de protección a la infancia hayan intervenido para impedir esos malos tratos, que a la postre han generado en el menor un comportamiento agresivo y delictivo. O sea, no les hemos protegido cuando debíamos hacerlo y ahora nos protegemos de ellos. ¡Muy bonito!, como diría mi abuela.
  3. Aunque no sea el argumento principal, también merece la pena hablar de motivos económicos, ya que aunque a corto plazo la rehabilitación en centros de internamiento bien dotados sea cara, a largo plazo supondría un ahorro para el Estado, ya que la cárcel implica una alta tasa de reincidencia. Ello conlleva un mayor gasto, tanto por el daño derivado de los sucesivos delitos como por el coste que supone el internamiento durante muchos años en periodos intermitentes.
  4. Tendemos a dividir la sociedad en víctimas y verdugos, en lobos y corderos, y naturalmente ni nosotros ni nuestros hijos estamos en el lado oscuro. Pero, como indican muchos estudios, los delitos menores cometidos por adolescentes son relativamente frecuentes, y nada nos debería llevar a pensar que nuestros hijos están exentos de entrar en contacto con el sistema judicial. En ese caso, ¿querríamos para nuestros hijos una ley severa y represiva o una ley rehabilitadora?

    Una última pregunta para concluir esta entrada, que ya va siendo más larga de lo habitual: ¿tienen tasas más bajas de criminalidad países que como Estados Unidos aplican a los menores penas similares a las de los adultos?

miércoles, 22 de abril de 2009

Influencias genéticas sobre el apego desorganizado o no resuelto


Aunque existe una abundante evidencia empírica que indica que el tipo de apego (seguro, ambivalente, evitativo o desorganizado) se construye en las interacciones que tienen lugar en la primera infancia entre el bebé y sus cuidadores, cada vez son más los datos que apuntan a la influencia de factores genéticos. Esta influencia no resulta sorprendente, ya que los genes están relacionados con el temperamento y el comportamiento del menor, lo que a su vez puede condicionar el trato por parte de sus cuidadores, es decir, lo que en genética de la conducta se denominan correlaciones reactivas entre genes y ambiente.

En una entrada anterior ya hicimos referencia a la asociación que algunos genes como el DRD2 y el HTRA mostraban con el tipo de apego adulto (ver aquí). Ahora, un estudio que acaba de publicar Developmental Psychology (aquí), viene a aportar más datos sobre esta influencia genética, en este caso sobre el apego inseguro desorganizado, o no resuelto (unresolved), que es como se denomina a este tipo de apego en sujetos adultos. Este estilo de apego, claramente desadaptativo, suele tener como antecedentes una situación prolongada de malos tratos, y los sujetos que muestran este estilo presentan desorientación y confusión en los procesos de razonamiento a la hora de interpretar distintas experiencias de pérdidas y traumas infantiles. El hecho de que algunos estudios hubiesen encontrado muy poca coincidencia entre hermanos en este modelo de apego sugería que el medio familiar compartido (shared environment) no parecía ser determinante del mismo, y apuntaba a la posibilidad de que la variabilidad genética fuese una fuente potencial de influencia del apego desorganizado.

El estudio que comentamos se llevó a cabo sobre una muestra de 86 sujetos adultos que habían sido adoptados durante su primer año de vida, y que fueron entrevistados mediante el Adult Attachment Inventory (Inventario de Apego Adulto) y sometidos a análisis de ADN. El gen analizado en esta ocasión fue el transportador de la serotonina (5-HTTLPR), que es un neurotransmisor implicado en la regulación emocional, por su relación con la reactividad de la amígdala.

Los resultados indicaron que una variación alélicas de dicho gen aumentaba de forma significativa la probabilidad de presentar un modelo de apego no resuelto. El hecho de que no se hallaran relaciones significativas entre las variaciones de dicho gen y algunas características temperamentales y psicológicas induce a pensar que tal vez no fueran los rasgos temperamentales del sujeto los que influyesen sobre el estilo de crianza parental, lo que a su vez llevaría a la desorganización del apego. Es decir, el papel mediador del temperamento en la relación entre genes y apego, no quedó demostrado. Ello lleva a los autores a preguntarse acerca de los mecanismos que subyacen en la relación entre la variante alélica corta del 5-HTTLPR y el apego no resuelto.

Una posibilidad es que los circuitos implicados en la regulación emocional, en cuyo desarrollo dicho gen desempeña un importante papel, se encuentren deteriorados. Estos circuitos, que integran a la amígdala y zonas medial y ventral de la corteza prefrontal, regulan la apreciación emocional de algunas experiencias o recuerdos de la infancia, lo que puede hacer que estos sujetos muestren una elevada intensidad afectiva en las conversaciones acerca de ciertas experiencias infantiles de pérdidas y rechazos que son propias del Adult Attachment Inventory. Ello hará más probable que estos individuos sean clasificados como “no resueltos”.

Por lo tanto, parece que más que las experiencias vividas en la infancia, es la defectuosa elaboración emocional posterior de dichas experiencias lo que hace que presenten un modelo de apego inseguro no resuelto.En fin, un estudio bastante interesante, no tanto porque demuestre las influencias genéticas sobre este tipo de apego, sino porque sugiere un interesante mecanismo neuropsicológico como el responsable de dicho déficit socio-emocional.

domingo, 19 de abril de 2009

Cuando la pareja se rompe: afrontando la separación


Cada vez es más frecuente que en algunas familias las desavenencias conyugales terminen en divorcio. Y más allá de sus propias emociones y dificultades, a muchas madres y padres les preocupan mucho los efectos y consecuencias que la separación puede acarrear sobre sus hijas e hijos. No todos los chicos y chicas viven la experiencia del divorcio de sus progenitores de la misma forma, porque dependerá de sus propias características personales y de otros aspectos como los recursos económicos, los amistades que tengan, etc. En este sentido, la edad de las hijas e hijos es crucial para que la adaptación a la nueva situación sea más o menos rápida. Son las niñas y los niños en edad preescolar los que sufren más alteraciones a corto plazo. Probablemente porque les cuesta más trabajo entender que su madre y su padre siguen siendo sus padres aunque no sigan juntos. Además, comprenden peor lo que ha provocado la ruptura y tienden a culparse a sí mismos.

Los chicos y chicas adolescentes suelen adaptarse más fácilmente a la nueva situación, ya que son más capaces de entender los motivos de la separación y la situación emocional por la que atraviesan sus progenitores. No obstante, cuando la separación se produce durante la adolescencia temprana (11-13 años), coincidiendo con los cambios físicos y sociales propios de esta etapa, puede generar mucho estrés en el chico o la chica adolescente, y los padres deberán mostrar especial cuidado para evitar los consecuencias negativas para el menor derivadas de una separación mal llevada. Para facilitar al adolescente esta transición los padres pueden seguir algunas indicaciones muy sencillas:

· Informar juntos a las hijas e hijos de la separación, ofreciéndoles una explicación acorde con su edad de los motivos que han llevado a la pareja a tomar tal decisión.

· Tener previstos todos los cambios que se van a producir en la vida de los hijas e hijos, comunicándoselos desde el primer momento. La separación de la pareja debería alterar lo menos posible su experiencia escolar y sus relaciones sociales.

· No forzar a las hijas e hijos para que tomen partido por el padre o la madre, mostrando una actitud de respeto mutuo y evitando transmitirles una visión negativa del otro.

· Nunca culpabilizar a hijas e hijos de la decisión, ni permitir que ellos mismos se culpabilicen. Explicarles que la separación tiene que ver con la relación de pareja, no con la relación con las hijas y los hijos.

· Es muy importante que, a pesar de la separación, hijos e hijas sigan manteniéndo el contacto con el padre y la madre, independientemente de quien se quede con la custodia legal.

Si además de la separación tiene lugar la formación de una nueva familia, como consecuencia de un nuevo emparejamiento de alguno de los padres, la situación puede ser algo más complicada, aunque ese asunto lo trataremos en otra entrada.

martes, 14 de abril de 2009

Apego a Dios



Seguro que cuando John Bolwby formuló su teoría del apego no pensaba que ésta iba a tener tanta trascendencia. Su modelo ha sido fundamental para entender cómo las relaciones que se establecen entre el bebé y su madre o padre son un elemento clave para entender el desarrollo social a lo largo del ciclo vital. Como ya he tenido ocasión de comentar en entradas anteriores (ver aquí ), cuando estas relaciones se caracterizan por la sensibilidad, el afecto y la disponibilidad, el niño crea un modelo de esta relación caracterizado por la seguridad y confianza en sí mismo y en los demás sobre el que se construirán sus relaciones sociales posteriores. Así, hay una importante evidencia empírica que indica que cuando el modelo de apego construido en la infancia es seguro, las relaciones con los amigos, primero, y con la pareja, más adelante, estarán marcadas por la seguridad y la confianza. En cambio, en aquellos casos en los que las relaciones tempranas con el cuidador/a llevó a la inseguridad en el modelo de apego, por su rechazo o indisponibilidad, estas relaciones posteriores serán emocionalmente frías o estarán caracterizadas por la ansiedad y los celos.

Pero parece que la cosa no se queda ahí, ya que algunos estudios recientes han apuntado la posibilidad de que ese modelo de apego forjado en la temprana infancia también puede generalizarse a las relaciones con Dios. Tal vez el lector agnóstico se esté preguntando cómo es posible que se traslade ese modelo a una relación con algo que sólo existe en la mente del sujeto creyente. Pues de eso se trata, de que es una figura ficticia que existe para la persona religiosa y que posee algunas de las características de las figuras de apego: proporciona seguridad, busca la proximidad con ella, experimenta ansiedad cuando no la siente cercana, es decir, es como si fuera una madre o un padre atento y protector. De hecho la tradición judeo-cristiana ha caracterizado a Dios como una figura materna, o más bien paterna, cariñosa y protectora, aunque también puede llegar a mostrarse severa.

Algunos autores, como Kikpatrick, encontraron que la relación con Dios podía servir como una especie de compensación para unas relaciones afectivas pobres. Es decir, aquellos sujetos que habían construido un modelo de apego inseguro, y que por ello tendrían dificultades para establecer relaciones íntimas de tipo seguro, se refugiarían en la relación con Dios, en una especie de compensación de esa carencia.

Sin embargo, un estudio más reciente (Beck y McDonald, 2004) cuestionó esa hipótesis de la compensación, ya que halló que había una cierta continuidad entre el tipo de apego hacia la pareja y el apego hacia Dios. Ambos tipos de apego fueron evaluados mediante sendos cuestionarios que incluían dos dimensiones: ansiedad y evitación en estas relaciones. Es decir, los resultados indicaron que aquellos sujetos adultos que mostraban más ansiedad y preocupación en sus relaciones románticas también tendían a mostrarse ansiosos en sus relaciones con Dios. En el caso de la evitación, la relación no fue tan clara. Supongo que no hará falta aclarar que el estudio se llevó a cabo con sujetos adultos creyentes (cristianos para ser más precisos), ya que no cabe pensar que una persona no creyente establezca una relación de apego con una figura sobrenatural en la que no cree.

La evidencia sobre este asunto aún es limitada, y el estudio mencionado deja abierta muchas interrogantes, pero puede servir para entender cómo las relaciones que establecen los creyentes con su Dios imaginario pueden ser una fuente de apoyo, seguridad e incluso salud. Aunque eso en el caso de que el modelo de apego sea seguro, ya que si la inseguridad domina esta relación sobrenatural, es muy probable que no se trate de una relación saludable, y no aporte nada positivo al esforzado creyente, sino sea más bien una fuente adicional de frustración.


Beck, R., & McDonald, A. (2004). Attachment to God: The Attachment to God Inventory, tests of working mmodel correspondence, and an exploration of faith group differences. Journal of Psychology and Theology,32, 92-103.

McDonald et al. (2005). Attachment to God and Parents: Testing the Correspondence vs. Compensation Hypotheses. Journal of Psychology and Christianity, 24, 1, 21-28.

martes, 7 de abril de 2009

Cuando el ambientalismo es conservador

En algunas entradas anteriores me he referido a cómo tradicionalmente la izquierda y la derecha políticas han asumido planteamientos ambientalistas e innatistas, respectivamente, a la hora de explicar la naturaleza humana. La izquierda porque el objetivo último de cambiar al hombre requería admitir su total moldeabilidad y el poder transformador del ambiente, y la derecha porque encontrar causas genéticas en las diferencias individuales le servía para justificar la posición privilegiada de las clases altas por sus capacidades innatas.
Sin embargo, en bastantes ocasiones los argumentos pueden cambiar de bando, y ser utilizados para defender posiciones ideológicas contrarias a las que en principio podrían vincularse. Un ejemplo podría ser el caso el de las teorías psicológicas de Antonio Vallejo Nájera, psiquiatra español muy relacionado con la derecha franquista, que consideraba que los “rojos” eran individuos mentalmente inferiores y peligrosos que debían ser segregados. Vallejo Nájera alertaba sobre el mal que podía hacer el ambiente democrático a los niños, e insistía en combatir la degeneración de los pequeños criados en ambientes republicanos, segregándolos en centros adecuados en los que se eliminaran los factores ambientales que conducen a la degeneración del biotipo. Entre las medidas regenerativas propuestas por el psiquiatra destacaba el reestablecimiento de la Inquisición: “Promovemos la creación de un Cuerpo de Inquisidores, centinela de la pureza de los valores científicos, filosóficos y culturales del acerbo popular, que detenga la difusión de las ideas extranjeras corruptoras de los valores universales españoles”

Las ideas ambientalistas de Vallejo Nájera fueron una excelente excusa para apartar a bebés y recién nacidos de sus madres republicanas encarceladas y entregarlos a "familias bien" de derechas, ya que de esa manera podría evitarse que la “enfermedad mental” del marxismo se propagase de madres a hijos. Estos planteamientos encontraron el aplauso del Estado Franquista, y sirvieron para tranquilizar las conciencias de torturadores, carceleros y de muchos de los que se beneficiaron de la situación surgida tras el final de la Guerra Civil. Lo decía la ciencia: el adversario era un sujeto con características psicológicas inferiores y perversas, un infrahombre sin base ética, y había que “salvar” a sus hijos de esa perversión que se transmitía a través de la educación parental.

Vinyes, Armengou y Bellis, en "Los niños perdidos del Franquismo" han recogido bien las ideas de Vallejo Nájera. También lo ha hecho Benjamín Prado en su novela "Mala gente que camina".

















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Un ejemplo más reciente de esta utilización de tesis ambientalistas por parte de la derecha ideológica lo encontramos en la etiología de la homosexualidad, sobre la que se han aportado un amplio ramillete de causalidades, que van desde las hormonas, hasta el trato materno en la infancia, pasando por las diferencias en estructuras cerebrales. En este caso, admitir la causalidad genética podría suponer descargar al sujeto de la responsabilidad sobre su comportamiento, mientras que pensar en factores ambientales situaría la homosexualidad más cerca de la perversión. Sirva como botón de muestra la conferencia que hace unos días impartió Gloria María Tomás, profesora de Bioética de la Universidad Católica de Murcia. En ella hace una serie de afirmaciones que no tienen desperdicio, como que la homosexualidad se origina por la masturbación (Claro, como uno se inicia en el tema con su mismo sexo….), ¡y que se puede curar!
En este video tienes lo más polémico de su charla. Y no se trata de una broma. Tampoco parece que la profesora hubiese bebido en exceso.



jueves, 2 de abril de 2009

La rehabilitación de los delincuentes sexuales no es una quimera


Leo en la prensa de hoy (ver aquí) la noticia que recoge los resultados de un estudio llevado a cabo por el Centro de Estudios Jurídicos de la Generalitat sobre la tasa de reincidencia de los reclusos encarcelados por delitos sexuales y excarcelados entre 1998 y 2003. El dato que me resulta más llamativo es el porcentaje de presos que vuelve a delinquir por ese motivo: un 5.8%, aunque hay otro 12,7% que comete otro tipo de delitos. Resulta curioso que este 5,8% de reincidencia en delitos sexuales, o del 18,5% si consideramos también los restantes delitos cometidos por delincuentes sexuales excarcelados, es claramente inferior a la tasa de reincidencia del resto de delincuentes, que se sitúa en el 37,4%. No sé que pensaréis vosotros, pero a mí la cifra me ha parecido muy baja, ya que existe la idea más o menos generalizada de que el delincuente sexual es poco menos que irrecuperable.

Podríamos pensar que esa idea tan extendida entre la opinión pública se basa en estudios semejantes al que hoy ha visto la luz, pero la cosa no está tan clara, y se trata más bien de una representación social que damos por válida sin que exista un evidencia empírica abrumadora al respecto. Algunos casos especialmente llamativos de presos excarcelados que han vuelto a las andadas, como el segundo violador del Eixample, contribuyen a asentar esta idea de irrecuperabilidad, y los medios de comunicación suelen dar una amplia cobertura a estos casos, mientras que algunos creadores de opinión no hacen otra cosa que meternos el miedo en el cuerpo. Y ya se sabe que cuando tenemos miedo miramos a la derecha y defendemos políticas más conservadoras, en la búsqueda de una supuesta seguridad.

El asunto no pasaría de ser anecdótico, si no existiese una fuerte corriente de opinión a favor del endurecimiento de las penas para este tipo de delincuentes: castración química o cadena perpetua son solicitadas con frecuencia para estos pervertidos. Sin embargo, el estudio citado aporta también algunos datos interesantes, como la importancia del tratamiento para la rehabilitación, ya que la reincidencia de quienes siguen algún tipo de terapia está muy por debajo de quienes no recibieron ninguna (14.3% frente a 46,5%). Esta diferencia resulta muy esperanzadora y pone de manifiesto que la rehabilitación de estos delincuentes es posible, aunque algunos supuestos expertos afirmen lo contrario.

Es cierto, que el estudio tiene sus limitaciones, y es posible que muchos de los presos excarcelados hayan cometido delitos sin que hayan vuelto a entrar en contacto con la justicia, o que el periodo de seguimiento no sea demasiado amplio –desde su liberación hasta finales de 2007- y muchos de ellos podrán delinquir en el futuro, no obstante estos resultados deben hacernos reflexionar acerca de la ligereza con la que con frecuencia se solicita el endurecimiento de las penas vigentes en la actualidad.

domingo, 29 de marzo de 2009

La edad de los padres varones está relacionada con la inteligencia de sus hijos


¿Existe un calendario social que nos marque las edades más adecuadas para llevar a cabo determinadas transiciones evolutivas, como empezar a trabajar o tener hijos? Bernice L. Neugarten pensaba que sí, y acuñó el término “reloj social” para referirse a esa especie de agenda o cronograma que indica los momentos en los que suelen llevarse a cabo esas transiciones en una sociedad concreta. Para Neugarten, cuando esas transiciones se llevan a cabo de acuerdo con ese calendario generan menos estrés que cuando se anticipan o se retrasan. Por ejemplo, una maternidad durante la adolescencia resulta bastante más complicada que si tiene lugar a los 30 años, y enviudar a los 30 tiene un impacto emocional mucho mayor que a los 80 años.

Ese reloj o calendario social no es inmutable y cambia con la evolución de la sociedad. El ejemplo más claro es el retraso que se ha producido en nuestro país, y en los de nuestro entorno, en la edad con la que nos casamos o tenemos hijos. Así, ahora es frecuente encontrar en una reunión de padres de alumnos de educación infantil, a padres y madres que superan ampliamente los 40 años, algo que era impensable hace algunas décadas.

Aunque de acuerdo con la propuesta de Neugarten, debido a ese retraso en el reloj social, la maternidad o paternidad tardía sería menos estresante en el momento actual, podríamos preguntarnos por las consecuencias que esa demora puede tener para el desarrollo de sus hijos.

Un estudio llevado a cabo en la Universidad de Queensland (Australia) por el profesor John McGrath ha analizado la relación existente entre las edades de padres y madres en le momento del nacimiento y la competencia intelectual de sus hijos. El estudio se basó en un nuevo análisis de una base de datos procedente del Collaborative Perinatal Project, que incluía a 33.437 niños nacidos en EEUU entre 1959 y 1965 , y que habían sido evaluados con diversas medidas de desarrollo intelectual a los 8 meses, los 4 y los 7 años de edad.

Los resultados del estudio, destacaron el papel favorecedor de variables sociodemográficas como el nivel educativo y socio-económico de los padres, lo que resulta poco novedoso. Sin embargo, lo más llamativo fue la relación que apareció entre la edad del padre o de la madre y el rendimiento cognitivo de sus hijos. En el caso de las madres se encontró que las madres de más edad tenían hijos que mostraban un mejor desempeño en la resolución de las tareas propuestas. Sin embargo, cuando se trataba de los padres, la correlación era negativa, es decir, los hijos de padres de más edad resolvían peor las pruebas de los tests de inteligencia.


La interpretación de estos datos no resulta sencilla, aunque bien podríamos argumentar que las madres de más edad proporcionan a sus hijos un ambiente más estimulante como consecuencia de su mayor madurez, experiencia y recursos. ¿Pero, por qué no ocurre lo mismo en el caso de los padres?

Bien puede ocurrir que los hijos se beneficien menos de la madurez paterna que de la materna porque, en términos generales, los padres se implican e interactúan menos con sus hijos –hay que tener en cuenta que se trataba de niños nacidos entre 1959 y 1965, cuando el reparto de roles entre hombre y mujer era diferente al actual. No obstante, ello no justificaría la correlación negativa entre edad paterna e inteligencia infantil que, como afirman los autores del estudio, bien podría deberse a factores genéticos: a diferencia del óvulo de la mujer, que se forma cuando ella misma está en el vientre materno, los espermatozoides se acumulan a lo largo de la vida del hombre, lo que puede incrementar la incidencia de mutaciones en el esperma de hombres de más edad. Aunque, es probable que se trate de una interacción de factores genéticos y ambientales que convendría estudiar con más profundidad, sobre todo porque de estos datos se deduce que la tendencia a una paternidad demorada que se observa en nuestra sociedad puede suponer un factor de riesgo para el desarrollo cognitivo infantil.


Cannon M (2009) Contrasting Effects of Maternal and Paternal Age on Offspring Intelligence. PLoS Medicine 6(3)

Sukanta Saha, Adrian G. Barnett, Claire Foldi, Thomas H. Burne, Darryl W. Eyles, Stephen L. Buka & John J.. McGrant. (2009). Advanced Paternal Age Is Associated with Impaired Neurocognitive Outcomes during Infancy and Childhood . PLOS Medicine, 6 (3).

jueves, 26 de marzo de 2009

Sobre la interrupción voluntaria del embarazo en adolescentes


Leo en “PÚBLICO” que el gobierno se está planteando mantener en la futura ley de interrupción del embarazo la restricción a que las jóvenes de 16 y 17 años puedan abortar, salvo si van acompañadas de una persona mayor de edad. Parece por lo tanto que la mentirosa campaña publicitaria financiada por el fundamentalismo religioso católico, y basada en el engaño de equiparar a un embrión con una persona, está comenzando a dar resultado. Y sinceramente no me lo explico: ¡qué tendrá que ver ese niño rosadito de varios kilos de peso con un embrión de varias semanas! El pasado martes Jesús Mosterín, en un excelente artículo publicado por El País, lo explicaba de forma muy sencilla: “una bellota no es un roble:..Un roble es un árbol, mientras que una bellota no es un árbol, sino sólo una semilla” (aquí).

Supongo que el gobierno habrá decidido excluir a las adolescentes de 16 y 17 años para suavizar la ley y así disminuir el rechazo que pudiera generar entre algunos sectores conservadores. Pero con ello serán las menores de edad la que pagarán los platos rotos, ya que no podrán tomar por sí mismas decisiones con respecto a si quieren o no tener un hijo, y tendrán que ir acompañadas por sus padres ¿O no? La verdad es que la noticia, no explicita quien debe ser esa persona adulta que acompañe a la menor. Por lo tanto, nada hace suponer que deban ser sus padres. Podría ser una amiga, su hermano mayor, su novio, etc.

La actual Ley de Autonomía del Paciente, aprobada en 2002, indica que una chica de 16 ó 17 años puede tomar decisiones de forma autónoma sobre cualquier tipo de prestación sanitaria o intervención quirúrgica, pero establece algunas excepciones como la interrupción voluntaria del embarazo. Siempre he pensado que es precisamente en esas situaciones cuando parece menos indicado que la menor tenga que solicitar el permiso de sus padres. La razón es que si se le plantea esa exigencia es bastante probable que algunas no se atrevan a comunicar el embarazo a sus progenitores, y cuando estos se percaten del asunto ya sea demasiado tarde para la interrupción. Una chica de 16 años es competente para entender, al menor en la misma medida que un adulto, lo que supone abortar, o tener un hijo en un momento en que su proyecto vital no pasa por convertirse en madres, y tiene otras muy legítimas aspiraciones. Algún lector estará dudando de esa afirmación tan contundente, ya que la imagen social de los adolescentes no es demasiado favorable, y los prejuicios con respecto a su inmadurez e irresponsabilidad están a la orden del día. Pero la evidencia indica que esa inmadurez sólo está en la cabeza de los adultos, y que muchos adolescentes toman decisiones tan fundamentadas como ellos.

Por lo tanto, no veo ninguna razón para seguir manteniendo esa limitación en la Ley de Autonomía del Paciente, y ya va siendo hora de que aquellas adolescentes que quieran tomar por sí mismas la decisión de abortar puedan hacerlo. Ello no quiere decir que la joven no pueda consultar con sus padres su decisión, o pedirles que la acompañen en este doloroso trance. En aquellos casos en los que la chica decida comentar el asunto a sus padres podrá hacerlo, naturalmente la ley no le obligaría a tomar la decisión al margen de ellos, como tampoco obliga a abortar a nadie. Algo que algunos parecen no entender.

domingo, 22 de marzo de 2009

The File Drawer Effect o los sesgos en las publicaciones científicas


Seguro que quienes os dedicáis a la investigación habéis sentido en más de una ocasión una gran decepción cuándo después de diseñar cuidadosamente una investigación y haber recogido esforzadamente una gran cantidad de datos, los análisis de estos no apoyan la hipótesis que pretendíais comprobar. ¡Tanto esfuerzo para nada!

Tampoco hay que dramatizar tanto, pensará el lector atento, ya que el estudio realizado ha aportado una información interesante: los resultados permiten descartar la hipótesis planteada, siempre que no existan defectos metodológicos importantes en su diseño. Por ejemplo, si la muestra es reducida es posible que la baja potencia estadística haga muy probable el error beta o tipo II, es decir, que afirmemos que no existen relaciones significativas entre dos variables, cuando en realidad existen.

No obstante, la frustración del investigador está más que justificada, ya que al no haber encontrado resultados positivos, tendrá más dificultades para conseguir que alguna revista los publique. Es lo que se ha venido denominando the file drawer effect, y es que algunos estudios ponen de manifiesto que hay un claro sesgo que hace más probable la publicación de los manuscritos con resultados positivos.

Recientemente, unos investigadores del Cochrane Center de Oxford (Reino Unido), a partir de una revisión sistemática de 196 ensayos clínicos, han concluido que los estudios con resultados estadísticamente significativos a favor de la hipótesis experimental se publican con más frecuencia y en un periodo de tiempo más breve.

Las razones de este sesgo tienen que ver tanto con las revistas como con los propios autores. Con las revistas porque los editores prefieren publicar artículos que encuentran apoyo a las hipótesis planteadas. En otros casos son los mismos autores los que deciden guardar en un cajón los resultados del estudio tras no encontrar lo que venían buscando. Esto será más probable cuando se trata de la evaluación de un tratamiento, un programa de intervención o un fármaco. Aunque en estas situaciones lo más honesto sería publicar que el tratamiento no tiene efectos positivos, los autores del estudio, que pueden ser los mismos que han diseñado el tratamiento, pueden preferir ocultar que su programa o tratamiento no es eficaz. Incluso puede darse el caso de que tenga consecuencias negativas para quienes lo siguen. En una entrada anterior nos hemos referido al interés de las compañías tabaqueras norteamericanas por ocultar los resultados negativos de algunos programas preventivos dirigidos a adolescentes que habían financiado (ver aquí).

Este sesgo en la publicación tiene también sus efectos distorsionadores sobre los meta-análisis que se llevan a cabo con la intención de resumir, aumentando la potencia estadística, los estudios llevados a cabo acerca de un determinado asunto. Como estos meta-análisis suelen llevarse a cabo con los estudios publicados, sus resultados estarán también sesgados a favor de aquellos que encuentran apoyo a la relación analizada (por ejemplo, entre un tratamiento y su eficacia).

Como señalan los autores del estudio publicado en The Cochrane Library, es preciso que las revistas hagan un mayor esfuerzo por publicar los estudios que no obtienen resultados positivos, de lo contrario será imposible realizar una evaluación equilibrada sobre la eficacia y seguridad de un tratamiento o programa. Por otra parte, debe evitarse que la evaluación de estas intervenciones sea llevada a cabo por los mismos equipos que las diseñaron o implementaron. De esta manera podremos tener una visión más objetiva de los fenómenos estudiados.

martes, 17 de marzo de 2009

Ideas ingenuas, ciencia y religión



Los psicólogos solemos usar el término de concepciones científicas ingenuas para referirnos a las ideas que los sujetos, por lo general los alumnos, tienen sobre diversos fenómenos que se suelen enseñar en la escuela, como la flotabilidad, la caída libre de los cuerpos, la visión darwinista de la evolución, la digestión, etc. Se trata de concepciones que son erróneas desde el punto de vista académico o científico, puesto que violan los principios básicos de la ciencia y no se basan en la evidencia empírica. Una de las tareas de la educación es sustituir esas ideas equivocadas por su equivalente científico, algo que no siempre resulta fácil, ya que las concepciones ingenuas tienen una gran estabilidad y resistencia al cambio, de tal manera que solemos mantenerlas a pesar de que muchos años de educación formal hayan tratado de corregirlas. Al menos eso indican muchos estudios realizados con adolescentes y adultos, que mantienen sus concepciones originales sobre diversos fenómenos físicos y naturales, algo que tiene mucho que ver con el tipo de metodología que se sigue empleando en la escuela, demasiado basado en la memorización.

Una pregunta interesante que podemos hacernos es de dónde proceden esas ideas primitivas. A lo que responderemos admitiendo que provienen de nuestra experiencia personal, y de una percepción y un procesamiento muy superficial de la realidad. Por ejemplo, con frecuencia las cosas pesadas se hunden en el agua, por lo que podríamos deducir de forma incorrecta que el peso es lo que determina la flotabilidad de un objeto (sí ya sé que el Titanic se hundió, pero fue un accidente). O también podremos llegar a la conclusión lamarckiana de que el cuello largo de las jirafas se debe a un estiramiento progresivo del mismo que se transmite y aumenta de generación en generación. Pero estas ideas también pueden provenir de otras personas: a fuerza de repetirlas se convierten en una tradición o una representación socialmente aceptada que damos por válida sin exigir muchas pruebas a su favor.

Por lo general no se originan en la escuela, ya que en ella se enseñan concepciones científicas basadas en pruebas y evidencias y, por lo tanto, correctas en ese momento y hasta que no se demuestre lo contrario. Aunque alguien podría objetar que en algunas escuelas se enseñan algunas concepciones erróneas, como es el caso de las tradiciones y mitos religiosos. Y tendríamos que darle toda la razón ya que la evidencia al respecto de estos mitos es nula.


Eso es algo que no termino de entender: cómo puede compatibilizarse el formar a niños y jóvenes en el uso de un pensamiento racional y deductivo con las creencias ingenuas en asuntos religiosos. ¿Admitiríamos que se impartiesen en la escuela materias sobre el tarot o talleres de espiritismo o levitación? ¿Está relacionada esta formación religiosa, dentro y fuera de la escuela, con la tendencia de hombres y mujeres a tragarse todo tipo de camelos? (ver aquí un listado amplio de ellos) ¿Por qué catalogamos como concepciones erróneas e inmaduras a aquellas ideas que no se basan en la evidencia a la hora de explicar la realidad, pero no lo hacemos cuando llegamos a la religión? ¿Por qué algunos científicos, aunque no muchos, mantienen creencias religiosas?

La lectura de la carta que Richard Dawkins dirige a su hija Juliet me ha sugerido esta entrada (ver aquí).

Si te interesa profundizar en este tema visita Aletheia






lunes, 16 de marzo de 2009

Ya son 30.000

Pues sí, me parece mentira pero hoy mismo este blog ha alcanzado la cifra de 30.000 visitas. Si comparamos la cifra con la de otros blogs con más solera no es mucho, pero para un blog de psicología, que procura no ser meramente divulgativo, y que comenzó su singladura real en agosto de 2008, creo que no está nada mal (aunque en realidad lo inscribí en blogger a finales de 2007, estuvo muy parado durante unos meses).

Durante estos meses he procurado mantener una regularidad de dos o tres entradas semanales, y aunque en ocasiones no me ha resultado una tarea fácil, lo he conseguido. Es cierto que cada vez resulta más complicado encontrar temas para un post, y que hay temporadas en las que la carga de trabajo me impide elaborar los temas tanto como quisiera, y no puedo dedicarle más de unos minutos a una entrada. Pero eso el algo que trato de compensar poniendo un mayor esfuerzo en otros posts, aunque no siempre el tiempo invertido se relacione con los resultados conseguidos. Y eso lo saben muy bien muchos de los lectores de este blog, también blogeros consumados.

Aunque a veces mi curiosidad me lleva a adentrarme en territorios menos familiares, he procurado escribir sobre temas cercanos a mi especialidad profesional o que me interesan mucho. Así, son frecuentes las entradas sobre psicología evolutiva, adolescencia, cerebro y comportamiento, herencia y ambiente, relaciones familiares y desarrollo, psicología evolucionista, etc. En algunas de ellas me limito a recoger algún avance científico reciente, mientras que en otras hay una mayor reflexión personal o toco algún tema de actualidad que puede resultar polémico. Pero todas ellas me sirven para aprender algo nuevo, asentar conocimientos o aclarar mis ideas en relación con algún asunto complejo, y espero que a vosotros también os sirvan para algo parecido.

A partir de ahora espero seguir manteniendo esta regularidad, algo que estoy seguro de que no será fácil, pero espero que la fuente no se sequé y este blog cumpla muchos años. Muchas gracias a todos los seguidores, especialmente a quienes contribuís con vuestros comentarios a darle vida a este espacio virtual.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Madres y padres importan, y mucho.



Por qué algunos artículos van dando tumbos de revista en revista hasta que, al fin, unos revisores benévolos ven en él virtudes que otros despreciaron es uno de esos enigmas que pocos consiguen resolver. Puede ocurrir que de rebote en rebote, y con las aportaciones de los sucesivos revisores, el artículo vaya mejorando, de forma que la última versión apenas sea reconocible en la inicial. O que el impacto de las revistas por las que transita vaya disminuyendo de forma alarmante junto a las exigencias de los editores hasta tocar fondo en una revista de escaso caché.

El artículo del que les voy a hablar en este post ha transitado por esa senda vergonzosa, hasta que esta misma semana ha visto la luz en Anxiety, Stress and Coping. No es que el artículo sea excepcional, no diría yo tanto, pero en mi muy parcial opinión no merecía tanto mareo por parte de revisores hiper-exigentes.

El artículo tiene su cosa, y es que en estos tiempos de tanto descreimiento en el poder socializador de la familia, cualquier estudio que aporte evidencia empírica al respecto, a partir de algo más que meras correlaciones, debería ser mejor recibido. Y no es que estemos de acuerdo con las afirmaciones desmedidas de John B. Watson sobre las posibilidades de moldear la naturaleza humana a su antojo. Pero es que las opiniones de popes de la psicología, como Steven Pinker, sobre la escasa capacidad de influencia que padres y madres tienen sobre sus hijos va a llevar a muchos padres a abdicar de su papel de educadores: “total, si todo es cosa de los genes”.

El trabajo recién publicado se basa en un estudio longitudinal en el que hemos seguido, y aún continuamos haciéndolo, a una muestra de 100 adolescentes desde los 12 hasta los 18 años, entrevistándolos en 3 ocasiones. En el artículo aportamos evidencia acerca del papel protector que las relaciones entre padres y adolescentes caracterizadas por el apoyo, el afecto, la comunicación y la supervisión tienen sobre la manifestación de problemas de conducta en aquellos adolescentes que experimentan sucesos vitales estresantes (SVE).

El hecho de que el diseño de nuestro estudio fuese longitudinal nos posibilitó trabajar con un modelo autoregresivo que permite controlar el nivel de la variable dependiente en un tiempo anterior, de forma que podemos tratar de explicar el cambio que se produce en dicha variable (en este caso los problemas de conducta) a partir de algunas variables incluidas en el modelo, y teniendo en cuenta la interacción entre ellas.

Los resultados fueron muy claros, pues aquellos adolescentes que habían sufrido más SVE vieron como aumentaban sus problemas comportamentales entre la adolescencia media y la tardía, pero sólo en el caso de que sus relaciones familiares fueran de calidad media o mala. En cambio, los chicos y chicas que gozaban de buenas relaciones con sus padres mantuvieron estable su nivel de problemas de conducta, incluso en el caso de que hubiesen tenido que hacer frente a muchos SVE (ver figura). Es muy probable que el apoyo parental influya sobre la percepción que los adolescentes tienen de las situaciones estresantes a las que tienen que hacer frente, aumentando su confianza en los recursos de que disponen para manejar esas situaciones, y manteniendo un mayor equilibrio emocional que se traduce en un mayor ajuste comportamental.


Si tenemos en cuenta que estamos hablando del papel protector que el apoyo parental a los 15 años desempeña sobre el ajuste conductual adolescente a los 18, tenemos razones para pensar que el tipo de relación entre padres e hijos tiene su importancia no sólo en la infancia, sino incluso bien entrada la adolescencia. Y es que el hecho de que el ser humano no sea una hoja en blanco sobre la que la experiencia pueda escribir cualquier cosa no equivale a considerar que el desarrollo es insensible al ambiente de crianza en el que viven niños, niñas y adolescentes. Así que nada de mirar mano sobre mano cómo se desarrollan nuestro hijos, lo que hagamos los padres importa, y mucho.

Oliva, A., Jiménez-Morago, J. M. y Parra, A. (2009). Protective effect of supportive family relationships and the influence of stressful life events on adolescent adjustment. Anxiety, Stress and Coping, 22 (2), 137-152 (aquí).


sábado, 7 de marzo de 2009

El aborto y la regulación legal de la adolescencia




La modificación de la ley del aborto aprobada ayer por el Consejo de Ministros, que baja a los 16 años la edad a la que las adolescentes pueden abortar sin que se requiera el consentimiento de sus padres, ha puesto sobre el tapete el espinoso asunto de la regulación legal de la adolescencia y reabre el debate acerca de la capacidad de los adolescentes para tomar decisiones sobre asuntos que afectan a su salud. La polémica se acentúa si tenemos en cuenta que esta misma semana la Junta de Andalucía ha aprobado un decreto que endurece las condiciones para que los menores de edad puedan acceder a operaciones de cirugía estética (ver aquí) . De acuerdo con este decreto, las chicas y los chicos de 16 y 17 años que quieran someterse a alguna intervención de este tipo, incluso si sus padres están de acuerdo, deberán aportar un informe psicológico acerca de su madurez.

Con toda razón, los niños son considerados incapaces de tomar decisiones debido a su inmadurez cognitiva y emocional lo que justifica sobradamente la necesidad de que los adultos les controlen y supervisen y se limiten algunos privilegios y derechos legales. Pero cuando se trata de adolescentes, la cosa está mucho menos clara, ya que no existe una línea divisoria clara que separe la inmadurez infantil de la supuesta madurez adulta. Es cierto que en nuestro país, y en muchos otros de nuestro entorno, la mayoría de edad legal está establecida en los 18 años, lo que supone el acceso a privilegios hasta entonces reservados a las personas adultas, como el derecho al voto.

Sin embargo, otras decisiones carácter legal, como sacar una licencia de caza, pueden ser tomadas por debajo de los 18 años. En realidad no hay razones de mucho peso para establecer en los 18 años la raya que separa infancia de adultez, ya que la evidencia empírica existente indica que la madurez cognitiva de un chico o una chica de 16 años es similar a la de una persona adulta, y entre los 12 y los 15 años se produce un avance espectacular en el desarrollo intelectual que acarrea el surgimiento de la capacidad de pensar de forma abstracta, de plantear hipótesis, de barajar varias alternativas a la hora de tomar decisiones, etc.

Una posibilidad en relación con este asunto sería establecer en torno a los 15 años la mayoría de edad, con lo que a partir de ese momento no habría limitaciones en derechos, y se supone que tampoco en responsabilidades. Bien, esa es una alternativa no descartable que se guiaría por criterios de carácter científico a la hora de regular legalmente la adolescencia: si los estudios sobre desarrollo intelectual indican que la madurez se alcanza de forma casi plena a los 15-16 años, que esa sea la edad para poder ser considerado adulto. Sin embargo, a poco que reflexionemos un poco sobre el asunto nos daremos cuenta de que esta decisión puede tener algunos efectos perversos.

Existe otra posibilidad, la de que el acceso a privilegios y derechos propios de la adultez sea gradual. De acuerdo con este planteamiento, es más adecuado contemplar momentos diferentes para que un individuo pueda ser considerado adulto. Y la decisión para adelantar o retrasar el acceso a derechos se basaría fundamentalmente en los beneficios o perjuicios derivados de la mayor o menor precocidad de la edad para conceder el derecho. Por ejemplo, si pensamos en el acceso al aborto, parece razonable pensar que bajar la edad de los 18 a los 16 años supondrá, más allá de consideraciones privadas de carácter moral, la evitación de algunas situaciones de claro riesgo psicosocial, como es una maternidad en un momento en que de acuerdo con el calendario social actual aún quedan muchas tareas evolutivas por resolver. Si una chica tiene que contar con el consentimiento de sus padres es probable que no se atreva a hablar del asunto con ellos, hasta que ya sea demasiado tarde para la interrupción del embarazo. Más contundentes parecen los argumentos en relación con el acceso precoz a la píldora postcoital: si se requiere el consentimiento parental, el periodo de efectividad de la píldora habrá expirado en bastantes casos.

Tampoco parece que puedan derivarse consecuencias negativas del derecho a votar a los 16 años, algo que ya hemos comentado en una entrada anterior (ver aquí). Sin embargo, podría retrasarse hasta el final de la adolescencia la edad legal para el consumo de alcohol o tabaco. En este caso, el cerebro de los adolescentes se vería beneficiado, aunque las tabacaleras y la industria relacionada con las bebidas alcohólicas probablemente presionarían lo suyo para evitar la medida. Algo parecido sería aplicable a las operaciones de cirugía estética, ya que no parece que esperar un poco más suponga ningún trauma. En fin, es este un asunto interesante y polémico sobre el merece la pena reflexionar más.

domingo, 1 de marzo de 2009

Efectos sobre la autoregulación de la exposición prenatal al tabaco


Hace ya algún tiempo que la mayoría de los psicólogos evolutivos consideramos que el desarrollo humano es fruto de la interacción de factores genéticos y ambientales. Si somos estrictos, y creo que conviene serlo en este tema, cuando hablamos de interacción solemos hacer referencia a lo que también se denomina efectos de moderación. Es decir, determinadas influencias genéticas se verán moderadas por ciertas condiciones contextuales, o lo que es lo mismo, unos factores genéticos tendrán unos efectos determinados sobre sujetos expuestos a ciertos ambientes, y consecuencias diferentes sobre quienes no lo están. Evidentemente, también pueden ser factores genéticos los que moderen la influencia sobre el desarrollo de factores ambientales.

En otras ocasiones, los efectos de herencia y ambiente serán aditivos, es decir, ambos contribuirán sumando sus efectos sobre el desarrollo, pero en esta entrada vamos a ocuparnos de los efectos de interacción, que pueden ser de bastante interés para el estudio de los procesos que subyacen al desarrollo humano, ya sea normal o patológico.

A pesar del interés de las explicaciones de tipo interaccionista, sólo muy recientemente, y como consecuencia de los avances en el campo de la genética molecular, se han podido identificar algunos de estos efectos de interacción. Los diseños empleados para estudiar estos efectos son los denominados del “gen candidato”, que consisten en comparar a dos grupos de sujetos que tienen diferentes versiones de un determinado gen que se supone que desempeña un papel importante en el desarrollo de un determinado comportamiento o patología. Hace algunos años que Caspi et al. (2002) encontraron que los individuos que tenían la versión de baja actividad del gen de la mono amino oxidasa (MAOA) tenían muchas probabilidades de mostrar comportamientos antisociales en la adultez si habían experimentado malos tratos en la infancia. Es decir, no bastaba con la situación traumática infantil, además se precisaba de una variante del gen MAOA. Otra investigación halló que los niños que tenían padres poco sensibles y responsivos desarrollaban problemas de conducta sólo cuando tenían una determinada versión del gen DRD4.
Un estudio recientemente publicado por Developmental Psychology ha relevado otro interesante efecto de interacción genes-ambiente. Los equipos dirigidos por los profesores Wiebe y Jameson, de las universidades de Nebraska-Lincoln y Illinois, respectivamente, encontraron que aquellos bebés que habían estado expuestos al tabaco durante el embarazo y que tenían una versión del gen DRD2 mostraban menos atención y más irritabilidad. Un estudio paralelo con una muestra de preescolares también encontró que la exposición al tabaco unida a la misma versión del DRD2 se relacionaba con más dificultades en la realización de tareas de control ejecutivo.

Sin duda estos datos son muy interesantes, y resaltan la importancia para el desarrollo de ciertos desajustes conductuales de algunos genes, como el DRD2 y DRD4, relacionados con la recepción de la dopamina, neurotransmisor que juega un papel muy importante en el desarrollo de los sistemas cerebrales implicados en la autorregulación de la conducta. Si en la infancia estos sujetos empiezan a mostrar problemas relacionados con la función ejecutiva y la regulación de la conducta, es probable que durante la adolescencia el desarrollo de la corteza prefrontal y de las estructuras mesolímbicas que integran el sistema de recompensa se vea alterado como consecuencia de su dependencia de la dopamina. Por lo tanto, algunos comportamientos de riesgos –y el consumo de sustancias es uno de ellos- relacionados con el equilibrio entre el sistema prefrontal y el de recompensa pueden ser más frecuentes en los sujetos que teniendo una determinada versión del gen DRD2 estuvieron expuestos al tabaco durante el periodo prenatal.

Wiebe, S. A. et al. (2009). Gene-environment interactions across development: Exploring DRD2 genotype and prenatal smoking effects on self-regulation. Developmental Psychology. Vol 45(1), Jan 2009, 31-44.

jueves, 26 de febrero de 2009

Cuando controlamos demasiado a nuestros hijos


Quienes trabajamos en socialización familiar utilizamos el término de control parental para referirnos a una de las dimensiones claves del estilo parental, que no es otra cosa que la etiqueta que empleamos para referirnos al tipo de relación y a las prácticas educativas empleadas por madres y padres. Este control, tendría que ver con las estrategias que usan para estar al corriente de las actividades y amistades de sus hijos, para poner límites a su comportamiento, o para exigirles madurez y responsabilidad. Esta dimensión del estilo parental se ha mostrado particularmente eficaz para prevenir los problemas de conducta, sobre todo durante la infancia y los primeros años de la adolescencia. Y es especialmente eficaz cuando se ejerce de forma democrática y se combina con el apoyo y el afecto.

Sin embargo, y como suele ocurrir cuando nos movemos en el escurridizo terreno de la educación y socialización, el exceso suele ser tan malo como la carencia, y algunos padres y madres llevan hasta tal extremo este control sobre sus hijos que se convierte en un freno para su desarrollo saludable. Así, también podremos encontrarnos con la etiqueta de control parental aplicada a la presión que los padres ponen sobre sus hijos para que piensen, sientan y, sobre todo, actúen de una determinada manera.

Aunque el sentido común nos hace pensar que tanto control e intromisión no deben ser nada buenos para niños y niñas, los datos disponibles hasta la fecha no eran demasiado abundantes. Sin embargo, un estudio publicado por The Journal of Child Pyschology and Psychiatry aporta una contundente evidencia empírica sobre los efectos perniciosos de tanto control. Un meta-análisis llevado a cabo sobre un total de 23 estudios que habían utilizado técnicas de observación de la interacción madre/padre e hijo/a para evaluar esta presión parental ha encontrado una significativa e importante asociación (d= .58) entre el control y la ansiedad, tanto en el niño como en sus padres. Esta asociación puede interpretarse como una influencia del control parental sobre la ansiedad infantil que puede seguir diversas vías. Por ejemplo, padres que están continuamente asustando a sus hijos sobre los riesgos de ciertas actividades “no te montes en bicicleta que te puedes caer y hacer daño”, y que aumentan de forma exagerada la percepción de amenazas del menor y disminuyen su confianza en sí mismos para controlar esas situaciones “de riesgo”. Además, estos padres controladores y sobreprotectores están reduciendo las oportunidades para que el niño o la niña explore su contexto y desarrolle nuevas habilidades para hacer frente a los retos o amenazas que tarde o temprano se cruzarán en su camino.

No obstante, estamos hablando de asociación o correlación, por lo que el sentido de la influencia puede ser el contrario: la ansiedad de los hijos aumentaría el control ejercido por sus padres. Es decir, los padres, conocedores de la ansiedad y exceso de miedo de sus hijos tratarían de sobreprotegerles para evitarles situaciones dolorosas.

El estudio también encuentra una relación entre el control y la ansiedad parental. Es decir, padres con una ansiedad muy elevada que procuran que sus hijos no se impliquen en actividades que, sin serlo, ellos perciben como amenazantes. Este sería el mecanismo que explicaría cómo la ansiedad y el miedo a determinadas situaciones se transmitiría de padres a hijos, lo que no excluye la posibilidad de cierta influencia genética.

En definitiva, un interesante estudio que aporta evidencia empírica sobre algo que ya sospechábamos: que tenemos que dejar que nuestros hijos crezcan sin excesiva intromisión y control por nuestra parte. Aunque, seguro que muchos padres se estarán preguntado cuánto control es excesivo.

Van der Bruggen, C. O.,Stams, G. J. & Bögels, S. M. (2008). Research Review: The relation between child and parent anxiety and parental control: A meta-analytic Review. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 49:12, 1257-1269.

martes, 24 de febrero de 2009

El paro en educación y la vergüenza sindical


Siempre sentí un claro orgullo del pasado sindicalista de mi padre. Está claro que eran otros tiempos, y que ser delegado sindical del metal en CCOO durante los últimos años del franquismo y la transición no resultaba tan cómodo como serlo ahora. Eran años complicados, en los que la sindicación suponía un compromiso real que acarreaba incomodidades y riesgos. El esfuerzo de muchos trabajadores como mi padre llevó a que los sindicatos fuesen organizaciones valoradas y respetadas por la ciudadanía; sin embargo, creo que el crédito acumulado durante décadas se está acabando.

Y escribo esto porque no acabo de entender el paro que esta misma mañana han llevado a cabo algunos profesionales de la educación no universitaria de la Comunidad Autónoma Andaluza. Aunque en el paquete de reclamaciones se incluyen varias muy loables, a nadie se escapa que la protesta se dirige contra el decreto que regula el calendario escolar y que propone el adelanto en una semana del periodo lectivo en Primaria, Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanzas de régimen especial. Algunos de los sindicatos convocantes lo explicitan muy claramente, y señalan que el adelanto del periodo lectivo –ese es el problema- lo único que logrará será impedir una adecuada preparación del desarrollo del curso, por lo que irá en detrimento de la calidad de la enseñanza.

Pues no consigo salir de mi asombro: el país en plena crisis con pérdidas de puestos de trabajo que afectan a muchas familias que atraviesan situaciones desesperadas, y los sindicatos protestando porque sus afiliados no quieren comenzar las clases una semana antes. Lo dicho, el crédito se ha acabado, y la cuenta de los sindicatos pronto estará en números rojos.

sábado, 21 de febrero de 2009

¿Cómo elegimos pareja?



Feingold (1992) propuso hace ya bastantes años una interesante teoría acerca de la elección de pareja que ha resistido bien el paso del tiempo. Según este psicólogo, cualquier pareja potencial debe pasar una serie de filtros antes de convertirse en nuestra pareja definitiva (aunque hablar de definitivo es sin duda una forma de hablar). Como no podría ser de otra manera, el primero de estos filtros es la proximidad: si nuestra media naranja reside en Laponia, es bastante improbable que tengamos la oportunidad de conocernos e intimar, aunque hay que reconocer que Internet está empezando a derribar la barrera de la distancia física.

El segundo filtro es ese que muchos de vosotros estáis pensando: el atractivo. Es indudable que si encontramos atractiva a una persona tendrá más posibilidades de que nos acerquemos o interesemos por ella, y que de ese conocimiento surja algo de más calado. Hemos hablado de atractivo, y no de atractivo físico, aunque hay que reconocer que este último tiene un gran peso, ya que la apariencia física es mucho más evidente que la belleza interior, que requiere de más tiempo para que pueda ser detectada, y no todos están dispuestos a dar esa oportunidad a quienes son menos agraciados, que parten con una clara desventaja en el juego del emparejamiento. No obstante, también hay que reconocer que las tornas cambian con el paso del tiempo. El responsable de ese cambio es el efecto de halo, que hace que atribuyamos toda una serie de características positivas a aquellas personas más guapas, y tendamos a pensar que serán también más inteligentes, más amables, más simpáticas y divertidas, etc.-Claro, esto de que el malo de la película sea siempre tan feo y el bueno tan guapo, tenía que tener consecuencias-. Pero, como no ocurre así, pues belleza e inteligencia no siempre van de la mano, esas personas tan atractivas suelen decepcionar cuando se las conoce mejor, pues las expectativas eran demasiado altas. En cambio, los menos atractivos recorren el camino contrario, y en las distancias largas tienen un mejor desempeño, cuando se descubre que no son tan torpes o malvados como podíamos haber imaginado por su aspecto. también hay que reconcoer que, a pesar de la importancia del atractivo físico, no tendemos a elegir como parejas a personas que consideramos muy atractivas. Más bien, buscamos parejas a las que atribuimos un atractivo parecido al nuestro, probablemente para evitar la posibilidad de rechazo, o el estrés derivado de una relación muy desequilibrada.
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El tercer filtro es la similitud, ya que tendemos a buscar pareja entre quienes se asemejan a nosotros en religión, ideología, nivel educativo, profesión y clase social. La semejanza de ideas es un factor muy relevante para la armonía marital, y factores tales como la similitud de profesiones o de nivel educativo son unos de los predictores más claros de igualdad de ideas. En general, aquellas parejas más semejantes muestran un mayor nivel de satisfacción, mientras que cuando hay importantes diferencias aumentan las probabilidades de divorcio.

No basta percibir al otro como atractivo y con características deseables, además el sujeto debe percibir signos de que esa atracción es recíproca. Que alguien nos guste mucho no implica necesariamente que vayamos a caer en el enamoramiento. El factor que contribuye decisivamente a encender la llama es la sospecha de que existe reciprocidad en la atracción. En aquellos casos en los que no se percibe reciprocidad evitaremos tirarnos a la piscina sin saber si tiene agua, y es posible que de forma no siempre consciente, controlemos y anulemos el deseo para evitar la probabilidad del rechazo. Es curioso que cuando se observa reciprocidad suele aumentar el deseo hacia el otro y el enamoramiento se precipita.

El último filtro es la complementariedad. Cuando una pareja potencial posee características que resultan atractivas, hay cierta sintonía ideológica y la atracción es recíproca, debe también poseer algunas características o recursos que no tenemos, y que puedan complementar los nuestros. Parecidos pero no iguales, pues sería bastante aburrido ¿o no?

jueves, 19 de febrero de 2009

Placeres y dolores del cuerpo y del alma


Que el ser humano es una animal social no es nada nuevo. Cientos de filósofos han filosofado al respecto, y parece que no les faltaba razón, a juzgar por los resultados de un estudio reciente que acaba de ser publicado en Science. Como no podía ser de otro modo se trata de un estudio que ha empleado técnicas de neuroimagen, y lo ha hecho para analizar la activación de determinadas zonas del cerebro ante distintas emociones.

Pues bien, parece que las zonas cerebrales que se activan ante el dolor o las recompensas físicas (comida, sexo) son exactamente las mismas que lo hacen ante las penas y placeres de carácter social, como podrían ser la envidia o el schadenfreude, que no es otra cosa que la satisfacción experimentada ante el sufrimiento de alguien a quien no tragamos. Así que la envidia duele como duele una caries. Y que la mala suerte de nuestros enemigos nos causa tanto placer como nuestra buena fortuna.

Pues bien, teniendo en cuenta las bases neurológicas de la envidia, no es de extrañar que la Iglesia incluyese este pesar que sentimos ante el bien ajeno entre uno de los siete pecados capitales. De alguna manera había que combatir este sentimiento que resulta tan feo, por muy sólidas que sean sus bases evolucionistas, que sin duda lo son, pues, como ya hemos comentado en un post anterior (ver aquí), la envidia parece tener un claro valor adaptativo, y la desigualdad y el bajo estatus en el grupo generan estrés y problemas de salud. Otra circunstancia social que genera mucho malestar es la exclusión del grupo o el trato injusto: estamos tan necesitados de cariño y aceptación como de ingerir proteínas.

Y ahora surge la pregunta inevitable ¿cómo es posible que el cerebro haya evolucionado para tratar de forma similar a necesidades físicas y a necesidades sociales? Las primeras (alimentación, sexo, protección del frío) son fundamentales para la supervivencia del individuo y sus genes pero, de forma intuitiva, no parecería que las segundas lo sean tanto. Sin embargo, ahí podríamos estar profundamente equivocados, ya que, por ejemplo, la conexión y la aceptación del individuo por el grupo habrían garantizado sus probabilidades de supervivencia. Y por ello, algunos comportamientos encaminados a fomentar la cohesión del grupo, como la cooperación o la prosocialidad, habrían sido seleccionados naturalmente, y se habrían mantenido gracias al efecto recompensante que provoca la liberación de dopamina por el área tegmental ventral sobre el núcleo accumbens. Es decir, algo parecido a lo que ocurre en nuestro cerebro cuando sentimos placer físico derivado de una buena comida o de la actividad sexual. Pues esas son las paradojas de la naturaleza humana, la buenaventura de los demás nos provoca tanto dolor como el placer que experimentamos ayudando y haciendo bien a nuestros iguales.
Lieberman, M. D y Eisenberger, N. I. (2009). Pains and pleasures of Social life. Science, 323.