martes, 21 de abril de 2015

El dulce recuerdo de los placeres adolescentes (o cómo los placeres se atenúan con la edad)

                                 Fotografía: Bruce Davidson
Mi adolescencia, como la de quienes al igual que yo pasan de los cincuenta, queda bastante atrás, sin embargo conservo un vívido recuerdo de muchas de las vivencias de aquellos años. Podría asegurar que el paso del tiempo no ha alterado en lo más mínimo su huella en mi memoria. Se trata de una experiencia bastante generalizada que los psicólogos hemos denominado "reminiscence bump", y que nos muestra como los acontecimientos de los años de la adolescencia aparecen en nuestros recuerdos con más frecuencia que los ocurridos en otras etapas de la vida.

Podríamos pensar que se debe a que nuestra memoria funciona mejor durante esos años, y que luego se va deteriorando con la edad. O que en esa época nos ocurren cosas muy importantes. O que las recordamos mejor porque las vivimos por vez primera: el primer beso, el primer concierto, o el primer viaje con los amigos.  Sin embargo, ninguna de esas explicaciones basta para justificar la fuerza de esos recuerdos. Y es que la memoria no se debilita a partir de la tercera década de la vida y continúa mostrándose tan eficaz a los 30 o a los 40 años como durante la adolescencia. Tampoco parece deberse a que los acontecimientos de esos años sean especialmente importantes. En mi caso, y probablemente también en el del lector, a partir de los 20 años, y no antes, viví las experiencias más relevantes de mi vida, a nivel personal y profesional (finalización de estudios, primeros trabajos, matrimonio, nacimiento de hijos, viajes). Por lo tanto, esa hipótesis tampoco nos sirve. Nos queda una última posibilidad, la de que se trate de sucesos vividos por vez primera y con  mucha carga emocional. Pues tampoco parece que vayan por ahí los tiros, ya que esos acontecimientos relevantes y con carga emocional son recordados tanto si ocurrieron cuando teníamos 18 años como si tuvieron lugar cuando éramos adultos. Por otra parte, los recuerdos de la adolescencia incluyen muchas experiencias relativamente ordinarias e insignificantes. Sucesos que de ocurrir años más tarde nuestra memoria no se hubiese ocupado en registrar.


Vayamos al grano, la explicación de este "reminiscence bump" tiene que ver con lo que sucede en nuestro cerebro, concretamente en nuestro sistema meso-límbico, durante los años adolescentes. Este sistema cerebral, que utiliza la dopamina como neurotransmisor principal, es el responsable de las sensaciones placenteras que nos llevan a que queramos repetir actividades que nos generan placer. Pues bien, ocurre que tras la pubertad las hormonas sexuales cambian la química cerebral aumentado la concentración de receptores de dopamina. Eso supone que muchas de las experiencias durante esos años serán vividas con una gran intensidad. En ningún otro momento de la vida un beso, un viaje, una película, una canción o un poema nos generarán tanto placer, y nos dejarán una huella tan profunda, como en esa etapa en la que nuestro sistema meso-límbico se hallaba hipersensibilizado. Pues eso es lo que hay, si queremos sentir lo mismo vamos a tener que aumentar la dosis.

jueves, 16 de abril de 2015

Las nuevas tecnologías y el adelanto de la pubertad




Leo en un libro reciente de Laurence Steinberg: "Una colega del Departamento de Población, Familia y Salud Reproductiva del la Universidad Johns Hopkins me dijo recientemente que ella y sus colegas están viendo chicas que tienen su primera menstruación en segundo grado (eso son unos 7 años). Esto quiere decir que una proporción significativa de chicas -sobre todo chicas urbanas de raza negra- están mostrando los primeros síntomas de desarrollo sexual puberal en el jardín de infancia"

Tal vez pueda resultar exagerado, pero los datos son contundentes, la pubertad se ha adelantado bastante en las ultimas décadas, y los chicos y chicas están llegando hoy día a la adolescencia un promedio de unos dos años antes que sus padres. El adelanto que se produjo durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX se debió fundamentalmente a la mejora en la alimentación y la salud, tanto de la madre como del menor. A más salud y mejor alimentación, maduración sexual más precoz. Sin embargo, aunque en países como EEUU esas condiciones se han estabilizado hace décadas, la pubertad ha seguido adelantándose, de forma que desde los años 70 hasta la actualidad la edad de la primera menstruación de las chicas ha bajado unos dos años ¿A qué se debe entonces este adelanto de la pubertad?

Podríamos decir que una parte importante de la responsabilidad recae sobre las nuevas tecnologías de la información y comunicación. Tal vez, el lector se muestre sorprendido ante una afirmación tan categórica, y no me sorprende. Vayamos pues por partes, y expliquemos en qué se basa dicha afirmación.

En la inicio de la pubertad se hallan implicadas algunas proteínas secretadas en nuestro organismo. La primera es la kisspeptina que desencadena una serie de procesos neuroquímicos que culminan con la maduración de las gónadas sexuales (testículos y ovarios), dando inicio a los cambios puberales. Pero la producción de kisspeptina se ve afectada por dos hormonas, la leptina y la melatonina. La primera regula el apetito y es generada por las células de grasa del cuerpo del niño o niña, de forma que cuando hay más grasa en el cuerpo del menor, la leptina va a indicar al cerebro que éste ha madurado lo suficiente como para asumir los cambios físicos propios de la pubertad. Ello justifica que las niñas y niños con sobrepeso experimenten antes esos cambios. En cuanto a la melatonina, se trata de una hormona que regula los ciclos de sueño y vigilia, y que nuestro organismo secreta con la oscuridad, de forma que cuando cae la noche y aumentan sus niveles, sentimos sueño y ganas de ir a la cama. Pues bien, cuando los niveles de melatonina son más bajos la pubertad se anticipa. Por eso, en los países cercanos al ecuador, en los que hay más horas de luz natural, chicos y chicas maduran antes.

Pero qué tienen que ver las nuevas tecnologías como estas hormonas de nombre tan extraño. Es posible que algunos ya estéis intuyendo la respuesta. Los niños y niñas de la generación actual son más sedentarios, pues pasan muchas horas frente a pantallas de dispositivos digitales (televisión, tabletas, ordenadores, móviles). La ausencia de actividad física hace que el porcentaje de menores con sobrepeso haya aumentado, lo que quiere decir que sus niveles de leptina serán más elevados, y la pubertad llamará a su puerta antes. Pero esas horas frente a la pantalla también disminuirán los niveles de melatonina, que se muestra tan sensible a la luz natural como a la artificial. Y la mayoría de chicos y chicas pasa las últimas horas de la noche recibiendo esa luz artificial generada por la pantalla del ordenador o televisor que tienen en su cuarto. Por lo tanto, esos bajos niveles de melatonina serán interpretados por sus cerebros como una señal para poner en marcha los mecanismos que inician la pubertad.

Naturalmente, no esos los únicos factores contextuales influyentes. Hay que mencionar también el mayor número de niños con bajo peso al nacer que sobreviven hoy día, ya que estos niños suelen tener niveles más elevados de insulina, lo que está asociado al sobrepeso y a la producción de hormonas sexuales que aceleran la pubertad. Algunos estudios recientes también han encontrado relación entre el consumo de bebidas azucaradas y la pubertad precoz.

Otros disruptores endocrinos favorecedores del adelanto puberal se han encontrado en los plásticos, los pesticidas usados en la agricultura intensiva, y en productos cárnicos y lácteos. Probablemente por el uso de hormonas para engordar el ganado.

Por lo tanto, parece que hay razones suficientes que justifican este adelanto de la pubertad, algo que resulta muy preocupante, ya que una pubertad adelantada es un claro factor de riesgo para el desarrollo de problemas tanto emocionales, como comportamentales y relativos a la salud. Aunque ese será un tema que abordaré en otra entrada.

viernes, 10 de abril de 2015

Por qué los niños de menos de dos años no deben ver la televisión




Aunque en la actualidad la televisión tiene que competir con otras nuevas tecnologías que se han introducido en nuestros hogares de forma masiva, como son los ordenadores, las tabletas o los móviles, en los tres primeros años de vida la pantalla del televisor continúa siendo la reina indiscutible de la casa. Niños y niñas pequeños pasan una gran parte del día viendo programas de vídeo y televisión. Según indican algunos estudios, entre un 30% y un 40% por ciento del tiempo que pasan despierto lo hacen frente a una pantalla.

Las razones son  diversas: madres y padres muy ocupados que encuentran en la televisión una eficaz niñera; amplia oferta de programación infantil; mayor número de aparatos de reproducción en los hogares; publicidad engañosa que hace ver a los padres los beneficiosos efectos que algunos programas tienen para el desarrollo infantil. Sin embargo, los datos disponibles actualmente apuntan a un efecto negativo de este consumo masivo de televisión cuando tiene lugar en los primeros años de vida. Tan es así que la Academia Americana de Pediatría desaconseja el consumo de televisión en los dos primeros años.

Los efectos negativos se hacen notar en el desarrollo del lenguaje y la inteligencia, pero sobre todo, en el de la atención. En todos los casos se observa un peor desarrollo en los niños y niñas que pasan más tiempo frente a la pantalla. No es extraño que esto ocurra, si tenemos en cuenta que durante la primera infancia tiene lugar un importante desarrollo del cerebro que necesita nutrirse de la estimulación ambiental. Y los niños no aprenden de la misma manera de la realidad que de lo que ven en la televisión. La realidad permite a los pequeños interactuar,  manipular, apilar, empujar, oler, tocar, mientras que frente al televisor su actitud es mucho más pasiva.

Los efectos negativos pueden deberse a dos razones. En primer lugar a las mismas características del medio, que emplea bruscos sonidos, rápidos cambios de plano y luces llamativas, en un intento eficaz de atraer la atención aún frágil de los pequeños.  Algo que representa un exceso de estimulación para su cerebro inmaduro. En segundo lugar, porque ese tiempo dedicado a la televisión les priva de otro tipo de actividades más apropiadas para su corta edad. Sobre todo el juego interactivo con un adulto.
Pero si en términos generales, los efectos parecen ser indeseables, hay que tener en cuenta tanto el contenido de los programas como el contexto en que se ve la televisión. En cuanto al contenido, los datos disponibles indican que son especialmente indeseables aquellos programas violentos o con mucha acción, que generan una gran sobre-estimulación que desborda al cerebro infantil. Más recomendables son programas reposados y educativos tipo Barrio Sésamo. En relación con el contexto, las consecuencias más negativas se observan cuando el niño ve la televisión solo y de forma muy pasiva.  Es mucho mejor que la vean acompañados de adultos que aprovechen las situaciones que aparecen en la pantalla para interactuar con el menor, preguntando, nombrando o  anticipando todo lo que ocurre. No obstante, conviene recordar que los libros con dibujos se prestan mucho mejor a esa interacción niño-adulto  tan beneficiosa para el desarrollo infantil.


Por lo tanto, ya sabes, si tienes hijos o hijas menores de dos años evita en la medida de lo posible que vean programas de video o televisión, incluso aquellos dirigidos a la infancia. Por encima de esa edad, procura limitar las horas que pasan ante el televisor y selecciona con cuidado la programación. A esas edades, hay muchas actividades alternativas que fomentan mucho mejor la creatividad y el desarrollo infantil.

martes, 7 de abril de 2015

Supervisión y revelación parental durante la adolescencia


Aunque con frecuencia control y supervisión tienen a ser considerados como sinónimos, y obviamente están muy relacionados entre sí, es interesante diferenciar  entre ambas dimensiones. Así, si el control hace referencia al establecimiento de límites y a las exigencias de madurez y de responsabilidad, la supervisión se refiere fundamentalmente al conocimiento de las actividades que realiza y de los lugares y amigos que frecuenta el adolescente. Al igual que ocurría con el control, la supervisión ideal debe estar ajustada a la edad y grado de madurez del chico o chica, y puede resultar perjudicial tanto su carencia como su exceso. En general, es muy importante que los padres estén informados de lo que hace su hijo o hija, y para ello es necesario que se interesen por él, le pregunten y conozcan a sus amigos y amigas, para evitar algunas situaciones de riesgo que pudieran estar produciéndose. Ya hemos comentado anteriormente que la carencia de supervisión y de control suele llevar a problemas comportamentales, incluso cuando la relación entre padres e hijos es afectuosa. Pero igualmente deben evitar los padres mostrar una actitud inquisitorial o policial, interrogando a sus hijos acerca de algunos asuntos que ellos legítimamente pueden considerar privados, y que pueden llevar a que el adolescente se muestre aún más hermético en un intento de defender su esfera personal. De acuerdo con algunos estudios recientes, la forma más eficaz de supervisar es la revelación, es decir cuando son los mismos adolescentes quienes informan a sus padres acerca de sus actividades y amigos. Y esto suele ocurrir cuando existe confianza y una buena comunicación entre padres e hijos. En estas situaciones es probable que sean los mismos adolescentes quienes tengan la iniciativa de compartir con sus padres muchas de sus preocupaciones, o de hablarle acerca de sus amigos o de sus actividades. Durante la adolescencia es muy probable que, si la comunicación es buena, el adolescente hable a sus padres acerca de su implicación en algunos comportamientos relacionados con el alcohol, las drogas, o la sexualidad.  Como también es bastante probable que los padres desaprueben estos comportamientos y se sientan muy preocupados al respecto, es de esperar que reaccionen de forma muy intensa y emocional abroncando al chico o chica  por su conducta. Si ese es el caso, lo normal es que a partir de ese momento el adolescente se  muestre mucho más comedido en sus revelaciones, aunque ello no suponga que abandone su implicación en las conductas en cuestión. Por lo tanto, los padres habrán perdido una magnífica ocasión para mantenerse informados sobre algunos asuntos relativos a sus hijos.
En estas situaciones lo recomendable es mantener la calma y valorar positivamente la muestra de confianza del hijo o hija por revelarles un asunto personal. Ello no quiere decir que se reaccione con indiferencia ante la transgresión, que debería ser abordada más adelante, separándola claramente de la confidencia y evitando caer en el sermón o la regañina.


domingo, 1 de marzo de 2015

Desigualdades sociales y salud



Que la desigualdad haya aumentado hasta límites desconocidos hasta ahora en nuestro país es una de las consecuencias más dolorosas de la crisis y de las políticas llevadas a cabo por el gobierno del Partido Popular. Aunque hay que reconocer que la crisis no ha venido sino a ahondar en unas diferencias sociales que ya eran indignantes, y que siempre se justifican echando mano a la maldita meritocracia. Esa idea tan asumida de que unos seres humanos son más valiosos que otros, y por ello tienen todo el derecho a gozar de mejores condiciones de vida.
Sin embargo, muchas sociedades tradicionales han tenido unas estructuras sociales basadas en la igualdad. Y hay razones sobradas para que la búsqueda de la igualdad (o la envidia) haya sido seleccionada a lo largo de la historia evolutiva de la humanidad, puesto que nuestro valor de mercado como pareja sexual no viene indicado por nuestras características y posesiones, sino por su comparación con las de los demás. Si yo tengo algo, pero mis congéneres tienen el doble, es muy probable que yo tenga pocas posibilidades de emparejarme y transmitir mis genes.
Por lo tanto, la envidia parece tener un claro valor adaptativo ya que la desigualdad y el bajo estatus en el grupo generan estrés y problemas de salud (sobre todo cuando uno es el que envidia, y no el envidiado). El impacto de la desigualdad sobre la salud ha sido documentado por el epidemiólogo británico Richard G. Wilkinson en sus obras: The Impact of Inequality: How to Make Sick Societies Healthier; Mind the Gap: Hierarchies, Health, and Human Evolution, y, recientemente, Social determinants of Health (Este último coeditado con Michael Marmott).

Los trabajos de Wilkinson ponen de relieve que aunque la clase trabajadora de países como EEUU tenga más recursos materiales que la clase media de países con una menor renta per cápita, sus niveles de mortalidad y morbilidad son claramente superiores. A juicio de Wilkinson, es el estrés generado por la desigualdad, por el bajo estatus social y por la falta de control sobre la propia vida, lo que hace enfermar a la gente, y no otros factores como la alimentación o los recursos materiales. Ello explicaría, en gran parte, por qué las políticas liberales (p.e. los gobiernos de Margaret Tatcher) conllevan un empeoramiento de la salud de la población general, y sugiere que las políticas redistributivas de igualdad y justicia social son una buena fórmula para mejorar la satisfacción vital y la salud de la población. Además, es también bastante probable que en sociedades muy competitivas paguen su tributo en salud no sólo quienes tienen un bajo estatus, sino también quienes están arriba, que deberán luchar permanentemente por mantener ese estatus, y les quedará poco tiempo para relajarse.
Es mucho el trabajo que tendrá por delante  el gobierno que salga de las próximas elecciones, si quiere revertir las enormes desigualdades  sociales creadas por el gobierno actual, que ha llevado a que el 1% de la población española acapare el 27% de la riqueza, y que un 10% se haga con más del 55%, mientras que la población en riesgo de pobreza supera claramente en muchas comunidades autónomas el 25%.

domingo, 15 de febrero de 2015

La Epidemia Narcisista


La sociedad norteamericana ha experimentado durante las últimas décadas un preocupante cambio de valores, que ha desembocado en un aumento significativo de las personalidades narcisistas. Eso al menos es lo que afirman en su último libro Jean Twenge y Keith Campbell, profesores de las universidades de San Diego y Georgia respectivamente. Un hallazgo realizado a partir de la comparación de las respuestas que varias generaciones de estudiantes universitarios, comenzando en los años 80, han ido dando a una serie de cuestionarios, entre los que se encuentra el Inventario de Personalidad Narcisista. 

Los autores no se refieren al trastorno narcisista de la personalidad, una patología seria recogida en el DSM-V, sino a personalidades caracterizadas por una autoestima inflada y desmedida,  vanidad, dificultad y frialdad en las relaciones afectivas, búsqueda de atención e interés prioritario por los bienes materiales y la apariencia física. Apuntan Twenge y Campbell a una serie de manifestaciones de ese narcisismo en la sociedad norteamericana, como la tendencia a poner a los hijos nombres cada vez más rebuscados y especiales,  el aumento de las operaciones de cirugía plástica, la preferencia por casas cada vez mayores o la búsqueda del éxito económico por encima de muchos otros valores.

Las causas de esta sociedad cada vez más individualista y materialista que conduce al narcisismo podrían ser diversas.  Una responsabilidad importante recaería sobre los padres, y es que los psicólogos hemos insistido tanto en la importancia de la autoestima que muchos padres y madres han confundido la expresión del afecto y el apoyo con una adulación permanente y un trato excesivamente halagador, lo que ha llevado a muchos chicos y chicas a creer que, más que especiales, son el centro del universo. Y no es que la autoestima no sea importante, pero tampoco se trata de tenerla por las nubes. Al fin y al cabo la relación que muchos estudios han encontrado entre autoestima y algunos indicadores de ajuste positivo se ha basado en estudios correlacionales de los que no cabe extraer relaciones causales. Por ejemplo, parece que la relación entre autoestima y rendimiento académico es espuria, es decir, debida a la influencia de una tercera variable: la calidad del contexto familiar. Y es que cuando ese contexto es favorable, tanto la autoestima como el rendimiento en la escuela se ven favorecidos. Basta controlar el efecto del medio familiar para que la relación entre autoestima y rendimiento  desaparezca.

Otro factor influyente serían los medios comunicación, con esos programas en los que se presentan personajes y celebridades extremadamente vanidosos, y en los que la vanidad no sólo no es sancionada sino que se considera como algo normal e incluso glamouroso. No es extraño  que muchos chicos y chicas aspiren a imitar a estos modelos públicos.   

Internet es un medio que permite a buscar atención y fama de una forma que era imposible unas décadas atrás. Facebook, Twitter, Flickr  y otras redes sociales son una excelente plataforma para que esas personalidades narcisistas consigan la atención que sus egos necesitan.  De hecho, algunos estudios encuentran relación entre las puntuaciones altas en narcisismo y el número de amistades virtuales (Creo que voy a tener que empezar a borrar amigos de Facebook).


En fin, una teoría interesante la que nos presentan Twenge y Campbell, que nos hace pensar que tal vez sea necesaria una reflexión profunda sobre los valores que desde escuelas y medios de comunicación estamos promoviendo entre las generaciones más jóvenes. Pero no sólo en ellas, que el narcisismo no se limita a la juventud y adolescencia.

domingo, 8 de febrero de 2015

Sobrepeso y adolescencia




Adolescencia y sobrepeso son dos términos que se asocian con frecuencia. Y es que la mayoría de los estudios llevados a cabo en países occidentales revelan que el porcentaje de adolescentes con sobrepeso es elevado, superando en muchos casos el 25%. También encuentran algunos estudios que los adolescentes con problemas de obesidad tienen un riesgo considerablemente mayor de desarrollar durante la edad adulta obesidad grave o mórbida, es decir, la modalidad más grave que suele llevar aparejada importantes problemas de salud. Al menos eso es lo hallado en un estudio realizado en EEUU, que ha seguido a 8.834 adolescentes desde los 12 hasta los 21 años.

Hay factores contextuales que pueden explicar en gran parte este sobrepeso en nuestros adolescentes, como son la falta de ejercicio favorecida por el exceso de tiempo que pasan enganchados a ordenadores y videojuegos, o la ingesta de comida basura. No obstante, al igual que ocurre con otros problemas propios de esta etapa, no debe olvidarse la posible influencia de factores biológicos. Me refiero sobre todo a los relacionados con la pubertad y el desarrollo cerebral.

Ya he comentado en entradas anteriores que durante la adolescencia se produce un claro desequilibrio entre el circuito cerebrales relacionados con la puesta en marcha de los impulsos y  el que se ocupa de controlarlos. Y es que los cambios hormonales propios de la pubertad van a influir en una hiperexcitación del primero de ellos, el circuito mesolímbico de recompensa que utiliza la dopamina como neurotransmisor principal. En cambio, la corteza prefrontal, que tiene entre sus funciones el control de los impulsos, dista mucho de haber alcanzado su madurez. De ahí que el adolescente se comporte como un vehículo con un motor muy potente y con unos frenos muy deficientes.

En circunstancias normales los niveles de dopamina que fluyen por el cerebro del adolescente son inferiores a los que impregnan el cerebro adulto, lo que podría explicar que chicos y chicas se muestren en muchos ocasiones aburridos y apáticos, ya que el placer y la motivación tienen mucho que ver con la dopamina, y cuando ésta baja el estado de ánimo se resiente. Sin embargo, distintos comportamientos y sustancias pueden provocar la liberación de dopamina. Las drogas, el alcohol, los comportamientos de asunción de riesgos o los videojuegos tienen la capacidad de hacer que el cerebro del adolescente se inunde de dopamina en una proporción mayor que cuando esos comportamientos los realiza una persona adulta. Así, no debe extrañarnos que los jóvenes se impliquen en ellos en mayor medida que los mayores. Sobre todo si  se une la circunstancia de una corteza prefrontal que aún no ha alcanzado su madurez.

Pues bien, si ese desequilibrio entre sistemas cerebrales nos ha servido para entender la mayor implicación de chicos y chicas en conductas adictivas y de asunción de riesgos, también va a servirnos para comprender la compulsividad que muchos adolescentes muestran a la hora de ingerir alimentos de altos niveles glucémicos.  Así, alimentos procesados, o incluso los hidratos de carbono simples como las patatas y el pan, pueden provocar una rápida subida de los niveles de dopamina y de la actividad del circuito cerebral del placer.


Ahora ya sabemos porque ese adolescente que comienza a comer dulces, patatas o pan, no para hasta que no acaba con todo. Y es que estos alimentos son capaces de generarle una adicción de características similares a las que le provoca el consumo de drogas, el uso del móvil o los videojuegos. 

sábado, 13 de diciembre de 2014

Psicología y Fotografía: Estilo, maestría y creatividad en fotografía


Afirmaba Susan Sontag que la enorme versatilidad de la fotografía hace que no tenga mucho sentido hablar de estilo. El pintor desarrolla un estilo a lo largo de los años que hace que su obra sea reconocible. Sin embargo, en la fotografía "las cualidades formales del estilo -méta central de la pintura- a lo sumo tienen importancia secundaria, mientras que siempre tiene fundamental importancia qué es lo fotografiado." (Sontag, 1973, pag. 135).

Pese a esa libertad que la cámara ofrece al fotógrafo para hacer piruetas estilísticas, cada mirada tiene su peculiar forma de atrapar la realidad y con el tiempo el fotógrafo es reconocible en su obra. Aunque conseguir combinar originalidad y creatividad con una cierta constancia en el estilo solo está al alcance de algunos favorecidos por las musas. Y es que la maestría, o el dominio que la práctica intensiva en una actividad trae consigo, no siempre va acompañada de un aumento de la creatividad. Más bien puede ocurrir lo contrario.

Es cierto que la maestría nos brinda la posibilidad de ser más eficientes, de resolver con menos esfuerzo las situaciones problemáticas que se nos presentan en el ejercicio de nuestra profesión o de nuestros hobbies. La experiencia acumulada del experto le lleva a actuar de forma más intuitiva, saltándose los pasos lógicos y ordenados propios del que se inicia. Esa intuición, que es el destilado de mucho esfuerzo y dedicación, tiene su sustrato neurológico: el cerebro establece conexiones entre células en forma de patrones neuronales. Por lo tanto, cuando el experto afronta una nueva situación fácilmente encuentra en su cerebro algún patrón ya construido del que podrá tirar para resolver con decoro esa situación.

Con la edad, y con la práctica y el envejecimiento natural de nuestro cerebro ocurren dos cosas; por una parte acumulamos una mayor número de patrones neuronales, lo que nos convierten en expertos; pero, por otra parte, nuestra energía mental ya no es la que era cuando teníamos 20 años y nos vamos volviendo mentalmente perezosos: cada vez dedicamos menos tiempo y esfuerzo a resolver nuevos problemas y encontrar soluciones fotográficas originales. Lo que hacemos es tirar de nuestra experiencia buscando en nuestra mochila de patrones visuales, ya que es muy probable que allí encontraremos algo útil. El inconveniente que tiene esta forma de trabajar es que nos repetimos una y otra vez. Nos vamos haciendo muy previsibles en un estilo eficaz pero que poco a poco va perdiendo frescura y originalidad. Eso explica que la mayoría de estudios encuentre que la curva de la creatividad suele tocar techo antes de los 40 años, y que maestría y creatividad sigan trayectorias divergentes. No obstante, puede haber algunas excepciones, como la de aquellos sujetos que empezaron a una edad tardía su actividad "artística". En esos casos,  el bagaje de patrones acumulados será escaso y tendrán que esforzarse en encontrar nuevas soluciones a los problemas que afronten, por lo que su curva de creatividad llevará algún retraso. Otro caso será el de algunos individuos excepcionales, cuya insatisfacción permanente les llevará a una búsqueda continua de nuevas fórmulas expresivas. Pero, no nos engañemos, esos son los menos, la mayoría tendremos que mirar hacia atrás para ver que encontramos.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Autonomía emocional en la adolescencia y adultez temprana


Tratar de lograr una cierta autonomía emocional con respecto a los propios padres es una de las tareas evolutivas a las que chicos y chicas deberán hacer frente durante los años de la adolescencia.  Esta autonomía implica romper la dependencia emocional de los padres, a los que se empieza a contemplar de una manera menos idealizada y más realista. Esta independencia emocional es un asunto que ha generado mucho interés y controversia entre los investigadores. Por una parte nos encontramos con quienes defienden que el distanciamiento afectivo es necesario para el desarrollo psicológico saludable de los adolescentes. De acuerdo con este punto de vista, la autonomía emocional tendería a aumentar a lo largo de la adolescencia y estaría asociada positivamente a un buen ajuste psicológico. Por otra parte están los autores  que no lo ven tan claro, y que piensan que esa separación emocional podría ser la manifestación de unas malas relaciones parento-filiales, por lo que estaría vinculada con algunos indicadores de desajuste emocional.

Con el propósito de arrojar luz sobre ese debate, y sobre otros asuntos, llevamos a cabo un estudio longitudinal en el que estudiamos a lo largo de una década, entrevistándolos en cuatro ocasiones (a los 13, 15, 18 y 22 años), a una muestra de 90 chicos y chicas andaluces.

Los resultados, que van a ser publicados en la revista de la European Association for Research on Adolescence, apoyaron la hipótesis de que una alta autonomía emocional en jóvenes y adolescentes podría estar indicando unas pobres relaciones familiares, más que un desarrollo psicológico saludable.  Así, las puntuaciones altas en la escala de autonomía emocional usada en el estudio se asociaron con una pobre cohesión emocional entre los miembros de la familia en etapas anteriores. Es decir, una mala relación con los padres tendía a predecir una elevada autonomía años después. Este distanciamento afectivo también estuvo relacionado con una menor satisfacción vital, y con más problemas ansioso-depresivos, especialmente entre las chicas. Por último,  tampoco se observó un aumento en la autonomía emocional durante el tiempo que duró la investigación, como cabría esperar si se tratase de una tarea evolutiva. Incluso las puntuaciones tendieron a disminuir durante los años finales de la adolescencia.

Estos resultados podrían resultar sorprendentes, sin embargo pueden ser interpretados en el marco de la teoría del apego. Estos adolescentes muy autónomos emocionalmente no se habrían distanciado de sus padres durante de la adolescencia, sino que  más bien habrían forjado con ellos, a lo largo de la infancia, un vínculo de apego inseguro, como consecuencia de la falta de afecto y apoyo parental. A fuerza de frialdad afectiva habrían aprendido a no confiar en sus padres y a no depender de ellos, adquiriendo una autosuficiencia afectiva que les habría llevado  a huir de las ataduras emocionales que se forjan en las relaciones interpersonales.

Como conclusión, se puede afirmar que un desarrollo óptimo durante la adolescencia no precisa de una ruptura de los vínculos afectivos con los progenitores, ya que, al menos en nuestro contexto cultural, se puede llegar a ser un adulto maduro e independiente sin renunciar a una buena relación emocional con los progenitores.



miércoles, 26 de noviembre de 2014

Parentalidad positiva en la adolescencia


Ser padre o madre de un chico o una chica adolescente puede ser una de las vivencias más gratificantes que se pueden tener en el ejercicio de la parentalidad. Asistir al surgimiento de nuevas formas de pensar, ver cómo desarrolla nuevas competencias sociales y nuevos intereses o charlar sobre asuntos estimulantes, son algunas de las experiencias más satisfactorias que puede disfrutar una madre o un padre con la llegada de la adolescencia. Sin embargo, las dudas, la incertidumbre, la desorientación y la impotencia suelen ser sentimientos frecuentes entre progenitores de adolescentes. Después de una etapa relativamente satisfactoria, en la que el ejercicio de la parentalidad les llevó a sentirse competentes en su papel, con la llegada de la pubertad muchos padres y madres tienen la sensación de que su mundo familiar se resquebraja bajo sus pies y que las relaciones cálidas y afectuosas que hasta ahora habían sostenido con sus hijos dan paso a discusiones y conflictos cotidianos que amenazan con socavar tanto la convivencia en el hogar como su propio equilibrio mental.  Son muchas las causas que justifican que en la mayoría de ocasiones ser madre o padre de un adolescente sea más complicado que serlo de un niño más pequeño. Y es que a los cambios que tanto hijos como padres suelen experimentar durante esta transición evolutiva habría que añadir algunas de las circunstancias socio-culturales del mundo actual, que pueden complicar aún más la vivencia de esta etapa. Algunos ejemplos de estas circunstancias son la enorme presencia de los medios de comunicación en nuestras vidas, que contribuyen a difundir una imagen muy sensacionalista y negativa de la adolescencia y que va a generar un intenso prejuicio entre las personas adultas. O el adelanto de la pubertad que ha acontecido durante las últimas décadas, que ha tenido la consecuencia de que muchos de los comportamientos adolescentes que más preocupación generan entre los padres sean más precoces. Y también la rapidez con la que se producen los cambios sociales que han contribuido a aumentar la brecha generacional.

A pesar de esas dificultades y de la importancia que la familia continúa teniendo como contexto de socialización durante la adolescencia, las actividades y los programas llevados a cabo para apoyar a madres y padres en su tarea parental no suelen ser tan frecuentes como lo eran en la infancia. El resultado es ese cierto desamparo que muchos progenitores reconocen experimentar ante una tarea que se les antoja demasiado complicada, y que va a requerir que el apoyo a madres y padres de adolescentes sea una necesidad prioritaria de cara a favorecer la convivencia familiar y el desarrollo y ajuste adolescente.

Sin embargo, sin negar  las dificultades iniciales, muchos padres y madres disfrutan bastante en esta etapa del ejercicio de su rol parental. Cuando disponen de las estrategias y el apoyo adecuado, ser padre o madre de un adolescente puede convertirse en una experiencia tremendamente gratificante.

Durante los últimos años ha tenido lugar un importante cambio en la forma de entender el apoyo que se presta a madres y padres de adolescentes para que puedan ejercer su rol de forma más favorable. Los primeros programas de intervención estuvieron claramente inspirados en la teoría del déficit y de la educación compensatoria, ya que se concebían como una vía para compensar las carencias de algunos entornos familiares; es decir, se consideraba la intervención sobre padres y madres como la actuación más indicada para modificar las pautas de comportamiento inapropiadas de unos progenitores considerados poco competentes, con la esperanza de que así aportarán a los niños y las niñas un entorno de desarrollo menos deficitario.

Frente a esta visión más tradicional en la educación de padres y madres, surge el enfoque de la parentalidad  positiva, basado en la optimización de competencias, más que en la compensación de deficiencias. Un enfoque que parte del convencimiento de que la actuación de padres y madres en la crianza y educación de los hijos es una tarea para la que no se recibe una formación adecuada y para la que, en mayor o menor medida, todas las familias experimentan ciertas necesidades de apoyo. Se trata, por tanto, de una intervención de carácter eminentemente preventivo, que busca la promoción del desarrollo de toda la familia y que se aleja de los modelos que consideran a las familias más vulnerables como las únicas necesitadas de apoyo cuando no funcionan de forma adecuada.

Oliva, A., Parra, A y Reina, M. C. (en prensa). Parentalidad Positiva durante la Adolescencia: Promoviendo los activos familiares. En A. Oliva (Ed.). Desarrollo Positivo Adolescente. Madrid: Síntesis.


viernes, 7 de noviembre de 2014

La autoestima a lo largo de la vida



Llamamos autoestima a la valoración subjetiva que hacemos de nosotros mismos como personas, lo que implica un sentimiento de auto-aceptación y auto-respeto. Una buena autoestima no conlleva la consideración de que somos mucho mejores que los demás, algo que suele ser frecuente en las personalidades megalómanas y narcisistas, y que puede estar escondiendo una personalidad frágil e insegura. Sencillamente se trata de querernos y valorarnos tal como somos.

La autoestima se forja en las primeras etapas de la infancia a partir de nuestras experiencias en la escuela y, sobre todo, en la familia: cuando nos sentimos queridos y aceptados nuestra autoestima crece con nosotros. Pero ¿cómo evoluciona a lo largo de la vida? ¿Se trata de un rasgo estable y poco sujeto al cambio o va a sufrir vaivenes como consecuencia de nuestras vivencias y experiencias? Ulrich Orth y Richard Robins,  profesores de las universidades de Berna y California,  han publicado recientemente una revisión, a partir de los estudios longitudinales realizados hasta la fecha, que responde cumplidamente a ambas preguntas.

En cuanto a su evolución a lo largo del ciclo vital los datos son bien claros: la autoestima aumenta a lo largo de la adolescencia y la adultez temprana y media hasta alcanzar su nivel más alto en la década de los 50. A partir de ese momento sufre un descenso continuo hasta el final de la vida. No obstante, este descenso va a ser más o menos acusado en función de algunas variables tales como el estado de salud o de la cuenta bancaria, de manera que las enfermedades y la falta de recursos económicos acelerarán esta pérdida de autoestima.

Esta trayectoria en forma de "U" invertida suele ser similar en ambos sexos, aunque a partir de la adolescencia los varones muestran una autoestima ligeramente superior a las mujeres, algo que no debe sorprendernos si tenemos en cuenta las mayores facilidades y oportunidades que ellos van a encontrar, sobre todo en el mundo laboral.

Si bien el sexo no establece diferencias en la trayectoria de la autoestima sí lo hacen otras variables personales, así las personas extrovertidas, concienzudas y estables emocionalmente muestran un desarrollo más positivo a lo largo de las etapas de la vida.

Con respecto a la mayor o menor estabilidad de la autoestima durante nuestras vidas, los datos también parecen ser muy claros, ya que apuntan en el sentido de considerarla un rasgo de la personalidad bastante estable y relativamente independiente de las contingencias ambientales. Es decir, a pesar del incremento que se observa en la mayoría de sujetos entre la adolescencia y la adultez media, quienes  muestran puntuaciones en autoestima por debajo o por encima de la media al comienzo de ese periodo tienden a situarse en posiciones parecidas del ranking años después. Esto quiere decir que se puede predecir la autoestima que tendrá un sujeto con varias décadas de antelación, y que este rasgo no suele fluctuar demasiado como respuesta a los éxitos y fracasos, más bien se muestra bastante resistente a estas circunstancias vitales.

Finalmente, hay que señalar que los estudios longitudinales más recientes encuentran que la autoestima es un potente predictor del bienestar y el éxito de una persona en distintas esferas de la vida (satisfacción marital, relaciones con los demás, salud, estatus profesional, satisfacción laboral). Es decir, se puede afirmar que una buena autoestima no es la consecuencia lógica de nuestros logros, sino más bien la causa de ellos o, al menos, un factor que nos ayuda a conseguirlos.


Orth, U & Robins, R. W. (2014). The development of self-esteem. Current Directions in Psychological Science, 23 (5), 381-387.

sábado, 13 de septiembre de 2014

II Seminario Universitario sobre Fotografía y Psicología Curso 2014/15




Actividad autorizada con reconocimiento de créditos por la Universidad de Sevilla.


Profesor: Alfredo Oliva Delgado. Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación
Universidad de Sevilla.

Objetivos:
- Conocer algunas de las aportaciones más interesantes de la psicología al estudio de la fotografía y la imagen.
- Comprender las principales leyes de la composición fotográfica desde un punto de vista psicológico.
- Utilizar algunos conceptos y teorías psicológicas para mejorar la técnica fotográfica.
- Realizar una lectura de imágenes y fotografías a partir de conocimientos psicológicos.
- Conocer las relaciones entre psicología y estética

Contenido:
Principales aportaciones de la psicología al estudio de la fotografía y la imagen. Relaciones entre sensación, percepción e imagen en fotografía, los modelos de apreciación y juicio estético o la psicología de la creatividad aplicada a la fotografía. Memoria y narrativa fotográfica.

Horas dedicadas : 25            Nº créditos ECTS autorizados: 1      Nº de créditos LRU: 2,5
Calendario: Los miércoles 18 y 25 de febrero y 4, 11, 18 y 25 de marzo de 2015 en horario de 17.00 a 21.00 horas.

Nº plazas : 20
Lugar: Seminario de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Facultad de Psicología.
Destinatarios: Todos los alumnos de la Universidad de Sevilla.

Persona contacto: Alfredo Oliva Delgado  
Inscripción Libre: envía un email a oliva@us.es con tus datos, indicando tu Facultad, curso y nivel de conocimientos sobre fotografía.

Tfno. info. 954557695            Email info.: oliva@us.es



lunes, 9 de junio de 2014

La Psicología Positiva y el valor de las emociones negativas.



Que las emociones positivas  influyen sobre la salud y el bienestar deja poco lugar a la discusión.  Por si la revisión de Chida y Steptoe (2008), en la que revisaron setenta estudios que analizaban la relación entre optimismo y salud, dejaba algunas dudas, el trabajo de Karina Davidson contribuyó a despejarlas definitivamente. El estudio de esta investigadora de la Universidad de Columbia, en el que siguió durante una  década a más de 1700 personas residentes en Nueva Escocia , encontró que quienes mostraban una mayor tendencia a expresar emociones positivas presentaron 10 años después una mejor salud cardiovascular. Los mecanismos por los que tiene lugar esa influencia han sido explicados por el neuropsicólogo Richard J. Davidson (ver aquí).

Ello no quiere decir que los estados emocionales positivos no puedan ser contraproducentes en algunas ocasiones. Así, por ejemplo, un optimismo exagerado puede llevarnos a tomar algunas decisiones incorrectas al ignorar los obstáculos que se interponen en nuestro camino y elegir una vía demasiado directa hacia nuestro objetivo por confiar demasiado en nuestras posibilidades. En una entrada anterior me he referido a los inconvenientes que puede acarrear una autoestima alta o inflada (ver aquí).

El interés de la Psicología Positiva por las emociones positivas no ha  supuesto que se haya desinteresado de las negativas.  Pero no para suprimirlas o anularlas después de convertirlas en patologías, como ha sido lo usual en la psicología tradicional. Muy al contrario, desde este enfoque psicológico se ha resaltado el valor adaptativo de muchas emociones negativas ¿Cómo si no se podría justificar que se hubiesen mantenido a lo largo de la evolución de nuestra especie?

Pensemos, por ejemplo,  que una cierta tristeza o melancolía puede llevarnos a un razonamiento más preciso y analítico y a una memoria más objetiva.  En este sentido son muy interesantes los trabajos del profesor de psicología de Princeton y premio Nobel de Economía, Daniel Kahneman que revelan como una excesiva confianza pueden inducirnos un pensamiento intuitivo arriesgado e impreciso en muchas situaciones que requieren de mucha cautela. Igualmente, la insatisfacción o la baja autoestima pueden ayudarnos a mejorar al darnos la motivación para romper con situaciones de infelicidad e introducir algunos cambios en nuestras vidas. Y aunque el optimismo suponga un claro activo personal, en ciertas situaciones un ligero pesimismo no crónico puede resultar una actitud defensiva de mucha utilidad. Así, algunos estudios indican que las personas pesimistas y desconfiadas son más sensibles a las amenazas potenciales y a la detección de posibles engaños.

Por lo tanto, aunque la Psicología Positiva haya puesto más el énfasis en las emociones positivas que en las negativas, no ha descuidado el interés por éstas últimas. Buscar las satisfacción y la felicidad no debe llevarnos a considerar que somos incompetentes y fracasados cuando nos asaltan la tristeza y la insatisfacción. Como apunta Francisco Brines en unos versos del "Otoño de las rosas", el dolor y la dicha son las dos caras de una misma moneda.

¿Y cómo devolver sus diferencias
al dolor y a la dicha,
y ser los dos amados por igual,
pues completan los dos el sabor encendido de la vida?




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domingo, 1 de junio de 2014

De la psicopatología a la resiliencia y la salutogénesis



El campo de la psicopatología ha presenciado durante las última décadas un viraje importante, pasando de un enfoque centrado en la vulnerabilidad y los factores de riesgo a otro que prioriza el crecimiento personal y los factores de protección. Así, el concepto de resiliencia, que es definida como la adaptación positiva del sujeto a pesar de vivir en unas circunstancias de dificultades y adversidad, ha pasado a formar parte del vocabulario habitual de psicólogos y psiquiatras.  El estudio longitudinal realizado en Hawai por Werner y Smith (1982; 2001),  y en el que siguieron hasta su adultez a cerca de 700 niños y niñas de ambientes desfavorecidos, muchos de los cuales vivían en situaciones de alto riesgo, puede considerarse el origen del concepto de resiliencia. Estos investigadores encontraron que muchos de estos sujetos experimentaron un desarrollo tanto o más saludable que sus compañeros que no habían atravesado situaciones de adversidad. Los resultados indicaban que sólo un porcentaje de los sujetos que sufrían condiciones de mucho riesgo terminaban desarrollando trastornos, lo que acrecentó el interés por conocer cuáles eran los factores que les protegían ante la adversidad.  También resaltaron la importancia de definir qué es lo que constituye una buena adaptación, ya que para que un sujeto pueda ser considerado resiliente no sólo debe haber experimentado adversidad, sino que además debe mostrar una buena adaptación o un buen desarrollo.

Los trabajos posteriores de Ann Masten y colegas  han sido una aportación fundamental en este sentido, ya que para estos investigadores la adaptación es un constructo dinámico que requiere del éxito en la resolución de tareas que son importantes para los sujetos de una determinada edad en un contexto sociocultural concreto. Así, durante la adolescencia tendríamos que referirnos al establecimiento de relaciones estrechas con los iguales, el buen rendimiento académico o el logro de la identidad personal, por poner sólo algunos ejemplos de tareas apropiadas a esta edad. Los estudios empíricos dirigidos por Masten han apuntado cinco áreas principales de competencia que indican una buena adaptación durante la adolescencia: el comportamiento, los logros académicos, la competencia social, la competencia en las relaciones de pareja y la competencia vocacional. También han servido para determinar cuáles son los factores que pueden favorecer esa buena adaptación a pesar de la adversidad. Esos factores  incluyen tanto características personales, tales como el optimismo, el locus of control interno, o un buen nivel intelectual, como aspectos del contexto, entre los que pueden destacarse gozar de un estilo parental democrático en casa, acudir a buenas escuelas o implicarse en actividades extraescolares de ocio.

También es de justicia mencionar los trabajos de Aaron Antonovsky acerca de la salutogénesis y el sentido de coherencia. Este médico sociólogo israelí interesado por la influencia del estrés sobre la salud se encontraba realizando un estudio sobre los efectos de la menopausia en un grupo de mujeres, muchas de ellas sobrevivientes de los campos de concentración nazís. Antonovsky encontró que la mayoría, que había sufrido experiencias muy estresantes, mostraba más síntomas que las mujeres del grupo control. No obstante, había un pequeño grupo que a pesar de haber vivido el drama de los campos de concentración mostraba una adaptación similar a la de las mujeres que no habían pasado por situaciones particularmente estresantes. Ello le llevó a interesarse por los factores que facilitaron esta adaptación, lo que supuso un cambio de rumbo en su manera de estudiar el estrés, y a interesarse por el proceso que lleva a las personas en dirección a la salud, por contraposición al modelo patogénico que busca los factores que llevan a la enfermedad. A pesar de las similitudes de la propuesta de Antonovsky con el concepto de resiliencia existen algunas diferencias, ya que mientras que esta última analiza la adaptación de los individuos en situación de riesgo, la salutogénesis se interesa por los factores que facilitan la salud y el bienestar de todos los sujetos, con independencia de que vivan o no situaciones de riesgo. A estos factores el médico israelí los denominó recursos generales de resistencia, que son elementos de tipo biológico, material o psicosocial que ayudan a las personas a afrontar de forma exitosa las circunstancias y estresores de sus vidas. Estos recursos favorecen que el sujeto desarrolle una visión general del mundo en que vive como un contexto compresible, manejable y significativo, algo que Antonovsky  denominó sentido de coherencia. Algunos estudios han hallado que tanto adultos como adolescentes que muestran un mayor sentido de coherencia presentan mejores indicadores de salud y bienestar.




miércoles, 7 de mayo de 2014

Reed Larson y la iniciativa personal como la clave del desarrollo positivo adolescente

            
Si  en la entrada anterior nos referíamos a William Damon y  el propósito en la vida,  Reed Larson destaca un concepto parecido, la iniciativa personal, como el núcleo del desarrollo positivo durante la adolescencia. Esta iniciativa podría definirse como la capacidad para tener una motivación intrínseca y dirigir la atención y el esfuerzo hacia un objetivo que suponga un reto personal, y representa un requisito para el desarrollo de otras competencias, como la creatividad, el liderazgo, el altruismo o la conducta cívica. Para este profesor de la Universidad de Illinois, la sociedad global requiere de los ciudadanos grandes dosis de iniciativa para adaptarse a un contexto social y laboral muy cambiante. Sin embargo, no proporciona oportunidades a sus jóvenes para el desarrollo de esta iniciativa, ya que existe una clara discontinuidad entre las actividades que los niños realizan en la escuela y las que deberán llevar a cabo en el mundo adulto.

            Para Larson son tres los elementos claves en el desarrollo de la iniciativa: 1)la motivación intrínseca para la realización de una actividad; 2) el compromiso, la atención y el esfuerzo en su realización; 3) la continuidad a lo largo de un periodo prolongado. En el contexto escolar, donde los adolescentes pasan una gran parte de la jornada no están presentes estos tres componentes. La actividad académica requiere esfuerzo y concentración, sin embargo, y a juzgar por los numerosos datos disponibles, genera escasa motivación intrínseca en los alumnos, que con frecuencia encuentran aburridas las actividades escolares durante la educación secundaria (Eccles et al, 1997). Por ello, tal vez el contexto escolar no represente el medio más adecuado para el desarrollo de la iniciativa de los alumnos.

            Otro contexto importante durante la adolescencia tiene que ver con el ocio o tiempo libre. Teniendo en cuenta que las actividades de ocio son elegidas y planificadas por los sujetos podríamos pensar que representan una buen medio para el desarrollo de la iniciativa personal. Sin embargo, aunque muchas de estas actividades sean capaces de motivar al sujeto, no podemos decir que requieran la necesaria dosis de concentración o esfuerzo, ya que no suponen un gran reto para el joven. Pensemos por ejemplo en que ver la TV es una de la actividades que ocupan la mayor parte del tiempo libre de los adolescentes. O en el tiempo compartido con los amigos, en que sin duda realizan actividades que son fundamentales para el desarrollo social de los chicos y chicas, pero que son menos eficaces cuando se trata de influir sobre el desarrollo de la iniciativa.


            Sin embargo, las actividades voluntarias estructuradas (actividades organizadas por adultos como las extracurriculares o comunitarias) representan un medio más favorable para el desarrollo de la iniciativa ya que combinan la motivación intrínseca -puesto que también son elegidas por el joven- con la concentración y la duración en el tiempo. Actividades como participar en un club deportivo, o en una banda o grupo musical, o preparar una obra de teatro, o colaborar con una asociación cultural, son voluntarias y requieren de los sujetos participar en un sistema que tiene cierta estructura de normas o reglas, límites, objetivos, etc. Los datos disponibles indican que la participación de adolescentes y jóvenes en actividades extraescolares y organizaciones juveniles está relacionada con niveles más altos de autoestima, sentimientos de autocontrol de la propia vida y aspiraciones más elevadas. Efectos que además suelen ser persistentes y continuar una vez terminada la participación, lo que hace pensar que el sujeto ha adquirido ciertas capacidades, como la iniciativa, que han generado un crecimiento positivo adicional una vez terminado el programa. Según Larson, chicos y chicas adquieren herramientas para la anticipación, la planificación, la adaptación a los otros, la monitorización del progreso, y el ajuste de la conducta a la consecución de objetivos.  Lo que no es poco.

miércoles, 2 de abril de 2014

El propósito en la vida y el desarrollo positivo adolescente.


El enfoque del desarrollo positivo adolescente engloba distintos planteamientos teóricos que tienen en común la consideración de que el adolescentes no es un problema a resolver sino un recurso a promover, dotado de una enorme plasticidad  e inmerso en una serie de contextos relacionales (familia, escuela, barrio). Cuando las interacciones que establece en estos contextos son adaptativas y saludables el adolescente desarrolla todo su potencial y florece. A pesar de ese común denominador, existen diferencias entre autores, ya que cada uno pone el énfasis en un aspecto distinto del desarrollo. Para William Damon, profesor de la Universidad de Stanford , el concepto clave es el de propósito en la vida, que es una intención estable y generalizada de conseguir algo que es significativo para el adolescente a la vez que tiene consecuencias  para el mundo que le rodea. Es decir, con cierta trascendencia para superar las barreras del propio yo.

Este propósito podría incluir una filosofía de vida con cierta trascendencia, unas acciones o planes de futuro, una significatividad para el sujeto, y una inclusión de este propósito en la identidad personal.  Algunas metáforas podrían servir para ilustrar este concepto, como la de un faro que actúa como guía para el adolescente; o la de una herramienta  por medio de la cual el chico o la chica va a emplear  sus diversos talentos e intereses en un contexto relacional. El propósito en la vida puede referirse a distintas esferas de actividad, como el logro académico, el arte, el liderazgo, la religión o el servicio a la comunidad, pero siempre conlleva un deseo de realizar una contribución significativa a la sociedad favoreciendo que el adolescente exprese y satisfaga sus intereses, fortalezas y competencias.

Por una parte le va a ayudar a conseguir una mejor adaptación a aspectos de la vida que pueden ser amenazantes y generarle estrés. De hecho los adolescentes que muestran un claro propósito vital suelen mostrar mejores estrategias para afrontar estas situaciones estresantes.  Es como si ese objetivo vital les diera la energía y la fuerza necesaria para superar los retos y obstáculos que se interponen en su camino. También presentan una mejor cohesión psicológica, lo que significa que sostienen una serie de valores tales como la humildad, la integridad y la vitalidad que dan consistencia a su desarrollo moral y personal. Algunos autores incluso llegan a considerar la espiritualidad como un importante ingrediente del propósito en la vida. En cualquier caso, este objetivo dota al adolescente de una ilusión para mirar al futuro con más optimismo, algo de mucho valor en momentos como el presente.


Aunque, al igual que ocurre con la identidad personal , el propósito en la vida no se limita a la adolescencia, esta es una etapa en la que adquiere un significado especial, y en la que se asientan las bases para su posterior desarrollo y mantenimiento en la adultez. La investigación sobre esta dimensión clave del desarrollo positivo aun es muy escasa, y queda mucho por saber sobre cómo se puede promover este propósito de forma que facilite el desarrollo y florecimiento adolescente.  Es necesario conocer los medios mediante los cuales se puede enseñar y fomentar tanto en contextos formales como informales. No obstante, ya existen datos que indican que los jóvenes que muestran altos niveles de propósito vital disponen en entornos familiares caracterizados por un fuerte apoyo, adultos que actúan como mentores y ofrecen modelos positivos, escuelas que promueven el empoderamiento y estimulan la autonomía, y la posibilidad de implicarse en actividades extraescolares  durante su tiempo libre.

miércoles, 22 de enero de 2014

Neuroestética: El cerebro y la búsqueda de la belleza


El debate acerca de si la belleza puede ser definida en términos objetivos o de si por el contrario depende de factores subjetivos ha estado presente a lo largo de toda la historia del arte. La búsqueda de un canon de belleza objetiva se remonta a la antigua Grecia, con la propuesta de Platón de considerar la belleza como una propiedad intrínseca de algunos objetos que provoca una experiencia placentera al observador.  Pero si el asunto ya era complejo, la cosa se complicó aún más cuando algunos autores, como Marcel Duchamp, abrieron la caja de Pandora del arte sobrepasando los límites de la estética: la belleza ya no era imprescindible.

Pues bien, parece que las ciencias del cerebro - con sus nuevas y sofisticadas técnicas de neuroimagen  vienen a arrojar luz sobre este espinoso asunto. Es cierto que el interés por conocer las bases biológicas de la estética no es nuevo y ya en Darwin encontramos algunas interesantes reflexiones acerca del valor adaptativo  de la experiencia estética y la evolución del arte a lo largo de la historia de la especie humana.  Pero es a comienzos del siglo actual cuando neurólogos como Semir Zekio o Hideaki Kawabata  acuñan el término de neuroestética para hacer referencia a la ciencia que trata de conocer qué sucede en nuestro cerebro cuando apreciamos o creamos belleza. Belleza que puede estar presente no sólo en  la obra artística, sino en cualquier objeto.  Y es que los límites del arte son bastante imprecisos, y no conviene dejar fuera algo que el tiempo, o algún comisario o crítico clarividente, colocará en el altar sacrosanto de lo artístico.

Esta nueva rama del saber pretende conocer cuáles son las estándares universales de la belleza, separándolos de lo que son gustos personales o estilos y modas pasajeros, y para ello se sirve de toda la potencia de las resonancias magnéticas funcionales para analizar lo que ocurre  en nuestro cerebro durante la contemplación de la belleza y la fealdad.

En un reciente estudio llevado a cabo en el laboratorio de Giacomo Rizzolatti–sí, el mismo neurocientífico que descubrió la existencia de las neuronas espejo- presentó a un grupo de sujetos, sin una formación artística especial, una serie de láminas que mostraban obras de arte clásico o renacentista  en su versión original y en versiones modificadas. En estas obras, que pueden  ser aceptadas como representaciones normativas de la belleza en Occidente -ni el mismísimo Bloom se atrevió con un canon universal-, se alteraron sus dimensiones para crear versiones que rompían con la ratio o proporción áurea (1.61803398875) y que ofrecían menos valor estético. Los sujetos del estudio pasaron por tres situaciones experimentales. En la primera simplemente debían limitarse a contemplar las obras como si estuvieran en un museo. En la segunda debían decir si les gustaban o no, y en la tercera y última tenían que juzgar si estaban o no bien proporcionadas.

Los investigadores compararon la activación cerebral  ante las obras canónicas con la que ocurría cuando se contemplaban las modificadas. Esta comparación servía para detectar las estructuras neuronales implicadas en la apreciación objetiva de la belleza. Para la valoración de la belleza subjetiva se analizó la activación ante las obras que cada sujeto consideraba bellas frente a las que había considerado feas. Pues bien, los resultados del estudio mostraron que en la primera situación, en la que no había interferencia de demandas cognitivas, la observación de las obras originales frente a las modificadas  generaba una mayor activación en ciertas zonas cerebrales. Se trataba de áreas moldeadas por la selección natural a lo largo dela evolución y con funciones muy adaptativas.  En cambio la segunda tarea creaba una mayor actividad en zonas que, como la amígdala, están muy relacionadas con la experiencia emocional del sujeto, lo que indicaba que la belleza de los estímulos estaba siendo juzgada no en función de parámetros objetivos del objeto, sino que fueron asociados con recuerdos cargados de valores emocionales positivos para el sujeto -esto me trae a la cabeza el tan traído punctum barthesiano-.

Estos resultados llevaron a los autores a concluir que en la apreciación estética  influyen tanto factores objetivos (armonía cromática, regla de tercios, sección áurea, equilibrio compositivo)  como variables subjetivas relativas a las modas, y a nuestra formación y experiencia personal. Por lo tanto, parece que el libro de los gustos no está en blanco, sino que nuestra historia evolucionista ha marcado en nuestros genes unas preferencias por determinadas  configuraciones perceptivas. Cabe por tanto pensar que  una vez que la moda o novedad expira la valoración subjetiva de una obra tenderá a perder importancia  quedando al desnudo su esencia  artística más objetiva (tengo mis dudas) . Y es que como escribió Gombrich "los elementos de una obra artística que determinan  cómo la valoramos estéticamente  están profundamente relacionados con nuestra herencia biológica", "lo demás es el tango, el tongo y la vecina y los cuentos corrientes del banco y del t.b.o." Esto último no lo escribió Gombrich.


La revista Psychology of Aesthetics, Creativity, and the Arts ha sacado recientemente un número monográfico sobre Neuroestética.