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domingo, 8 de febrero de 2015

Sobrepeso y adolescencia




Adolescencia y sobrepeso son dos términos que se asocian con frecuencia. Y es que la mayoría de los estudios llevados a cabo en países occidentales revelan que el porcentaje de adolescentes con sobrepeso es elevado, superando en muchos casos el 25%. También encuentran algunos estudios que los adolescentes con problemas de obesidad tienen un riesgo considerablemente mayor de desarrollar durante la edad adulta obesidad grave o mórbida, es decir, la modalidad más grave que suele llevar aparejada importantes problemas de salud. Al menos eso es lo hallado en un estudio realizado en EEUU, que ha seguido a 8.834 adolescentes desde los 12 hasta los 21 años.

Hay factores contextuales que pueden explicar en gran parte este sobrepeso en nuestros adolescentes, como son la falta de ejercicio favorecida por el exceso de tiempo que pasan enganchados a ordenadores y videojuegos, o la ingesta de comida basura. No obstante, al igual que ocurre con otros problemas propios de esta etapa, no debe olvidarse la posible influencia de factores biológicos. Me refiero sobre todo a los relacionados con la pubertad y el desarrollo cerebral.

Ya he comentado en entradas anteriores que durante la adolescencia se produce un claro desequilibrio entre el circuito cerebrales relacionados con la puesta en marcha de los impulsos y  el que se ocupa de controlarlos. Y es que los cambios hormonales propios de la pubertad van a influir en una hiperexcitación del primero de ellos, el circuito mesolímbico de recompensa que utiliza la dopamina como neurotransmisor principal. En cambio, la corteza prefrontal, que tiene entre sus funciones el control de los impulsos, dista mucho de haber alcanzado su madurez. De ahí que el adolescente se comporte como un vehículo con un motor muy potente y con unos frenos muy deficientes.

En circunstancias normales los niveles de dopamina que fluyen por el cerebro del adolescente son inferiores a los que impregnan el cerebro adulto, lo que podría explicar que chicos y chicas se muestren en muchos ocasiones aburridos y apáticos, ya que el placer y la motivación tienen mucho que ver con la dopamina, y cuando ésta baja el estado de ánimo se resiente. Sin embargo, distintos comportamientos y sustancias pueden provocar la liberación de dopamina. Las drogas, el alcohol, los comportamientos de asunción de riesgos o los videojuegos tienen la capacidad de hacer que el cerebro del adolescente se inunde de dopamina en una proporción mayor que cuando esos comportamientos los realiza una persona adulta. Así, no debe extrañarnos que los jóvenes se impliquen en ellos en mayor medida que los mayores. Sobre todo si  se une la circunstancia de una corteza prefrontal que aún no ha alcanzado su madurez.

Pues bien, si ese desequilibrio entre sistemas cerebrales nos ha servido para entender la mayor implicación de chicos y chicas en conductas adictivas y de asunción de riesgos, también va a servirnos para comprender la compulsividad que muchos adolescentes muestran a la hora de ingerir alimentos de altos niveles glucémicos.  Así, alimentos procesados, o incluso los hidratos de carbono simples como las patatas y el pan, pueden provocar una rápida subida de los niveles de dopamina y de la actividad del circuito cerebral del placer.


Ahora ya sabemos porque ese adolescente que comienza a comer dulces, patatas o pan, no para hasta que no acaba con todo. Y es que estos alimentos son capaces de generarle una adicción de características similares a las que le provoca el consumo de drogas, el uso del móvil o los videojuegos. 

lunes, 28 de octubre de 2013

Tuits, wasaps, emails y relaciones íntimas



En el año 2000 Robert Putnam publicó su libro “Solo en la bolera”, en el que hacía referencia a los cambios que se habían producido en la sociedad americana en las últimas décadas del siglo XX. Según el sociólogo estadounidense, el capital social había descendido de forma importante, lo que implicaba un mayor individualismo y aislamiento social. Las tradicionales actividades colectivas, como ir a la bolera con los amigos, habían sido sustituidas por otras que habían sido posibles por la eclosión de las nuevas tecnologías. En palabras de Putnam, los norteamericanos habían cambiado el estar con los amigos por ver Friends en el televisor.  Después de la televisión vinieron los dispositivos de audio portátiles (walkmans, discmans, mp3) que nos aislaban del mundo mientras hacíamos ejercicio o paseábamos, limitando la conversación y el intercambio verbal con nuestros vecinos. Y ahora internet se ha hecho omnipresente, con la aparición de aparatos, como son los móviles y tabletas,  que nos permiten estar conectados en cualquier momento.

Por una parte internet nos ha posibilitado la ampliación, hasta unos niveles que eran inimaginables hace unas décadas,  de nuestras redes virtuales, permitiéndonos entrar en contacto con personas de lugares remotos con las que compartimos intereses y que de otra forma jamás hubiéramos podido conocer. Pero el tiempo es limitado, y todo el que dedicamos a esa comunicación virtual lo restamos a los intercambios cara a cara. Cada vez resulta más frecuente ver cómo dos personas comparten su tiempo atendiendo cada una de ellas atentamente a la pantalla de su iphone, mientras leen y mandan mensajes,  con algún que otro comentario aislado dirigido a su compañero. Algo que hacen sin  que tengan necesidad de levantar la vista de su móvil.

Más allá del poder adictivo de estas nuevas tecnologías, algo sobre lo que ya existe una importante evidencia empírica, con estudios que llegan incluso a detectar cambios funcionales y estructurales en el cerebro, cabría preguntarse por el efecto que este conectividad permanente puede tener sobre el mundo social de las generaciones más jóvenes.

Pues bien,  algunos estudios llevados a cabo en Japón pueden sugerirnos algunas respuestas. Así,  las encuestas indican una alarmante tendencia creciente entre los jóvenes japoneses a mostrar un escaso interés por las relaciones sexuales, siendo  cada vez  más numerosos quienes declaran preferir el sexo virtual (un 60% se niega a mantener relaciones íntimas).

Aunque algunos investigadores consideran que la principal razón es que las relaciones de pareja   son un obstáculo para sus carreras, me atreveré a formular una hipótesis alternativa. La de que en las relaciones virtuales se pierde algo tan importante para la interacción social como es el contacto visual que nos permite leer los gestos y expresiones de los demás, lo que resulta fundamental para el desarrollo de la empatía y la inteligencia socio-emocional.  Estos jóvenes tan conectados pueden estar perdiendo algunas facultades que son esenciales para el mantenimiento de relaciones íntimas. Al igual que los sujetos que carecen por completo de estas competencias sociales (como quienes padecen autismo o síndrome de Asperger) , se sentirán estresados y angustiados ante la posibilidad de tener que establecer un ritual de acercamiento, cortejo y seducción para el que se precisan de esas habilidades. Por no hablar de las que requiere  el mantenimiento de una relación duradera.

No creo que aquí lleguemos a esos extremos, y que en nuestro contexto los bites no sustituirán a la piel, pero sí es más que probable que los circuitos cerebrales implicados en la interacción social se vean afectados por tantos tuits, wasaps y actualizaciones de perfil. Por no hablar de la atención y la concentración en tareas de más de unos cinco minutos de duración.


viernes, 23 de noviembre de 2012

Uso y riesgo de adicciones a las nuevas tecnologías




Las nuevas tecnologías, especialmente internet, se han introducido en nuestras vidas cambiando por completo la forma en que trabajamos, estudiamos, nos divertimos o nos relacionamos. Todo resulta más fácil ahora, ganamos tiempo que podemos dedicar a otras actividades y ahorramos dinero en nuestras comunicaciones. Son tantas las posibilidades que nos ofrecen que nos resultaría muy difícil vivir sin internet o sin móvil. Sin embargo, junto a esos indudables beneficios surge la preocupación acerca de los riesgos derivados de su uso. Y los psicólogos, con ese afán desmedido que tenemos de patologizarlo todo, ya comenzamos a hablar de adicción a internet.

Esta preocupación lleva a que hayan empezado a surgir algunos estudios que tratan de obtener información acerca del uso de estas nuevas tecnologías y responder a algunas preguntas: cómo y cuánto se usan, para qué, quiénes lo usan más, cuáles son los factores que influyen en su uso, etc.

Pues bien, en el Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Sevilla y en virtud de un convenio con la Consejería de Igualdad y Bienestar Social de la Junta de Andalucía, hemos llevado a cabo un estudio para dar respuesta a algunas de estas preguntas. El trabajo se llevó a cabo sobre 1600 adolescentes y jóvenes andaluces con edades comprendidas entre los 12 y los 34 años.

Los resultados, que acaban de ser publicados (ver aquí), ofrecen una visión muy detallada acerca del uso de estas nuevas tecnologías.  En el estudio también recogimos información acerca de lo que podría considerarse un uso adictivo y de los factores personales y contextuales relacionados con dicho uso. Entre los primeros hay que destacar los síntomas depresivos, la insatisfacción vital y, sobre todo, el bajo autocontrol.  Entre los segundos, la escasa cohesión familiar. Es decir, el uso adictivo fue más frecuente entre aquellos sujetos más jóvenes, de mayor nivel socio-económico, con menor autocontrol y satisfacción vital,  con más síntomas ansiosos-depresivos y que perciben un contexto familiar menos cohesionado.  No resulta extraño que la capacidad para controlar  el propio comportamiento aparezca como un importante factor de riesgo, ya que hay una importante evidencia empírica que señala el papel que desempeña el bajo autocontrol en el desarrollo de algunas adicciones.  Si tenemos en cuenta que el autocontrol dista aún mucho de haber madurado durante los años de la adolescencia, no es extraño que las puntuaciones en adicción a internet sean más elevadas entre los sujetos de menos de 25 años.

Otro dato interesante es el relativo a la relación encontrada entre el uso de internet y la calidad de las relaciones con los iguales. Así, y contrariamente a lo que podría esperarse, el uso intensivo y adictivo se dio en mayor medida entre aquellos jóvenes que mostraban mejores relaciones con los iguales. No puede decirse que nuestros datos apoyen la idea del ciberadicto como una persona huraña y solitaria que se refugia en el mundo virtual para compensar la falta de relaciones sociales en el mundo real.

En definitiva, un estudio que se suma a la literatura empírica disponible sobre este tema.

Oliva, A., Hidalgo, M, V., Moreno, M. C., Jiménez, L., Jiménez, A., Antolín, L. y Ramos, P.(2012). Uso y riesgo de adicciones a lasnuevas tecnologías entre adolescentes y jóvenes andaluces. Sevilla:Aguaclara.