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jueves, 12 de mayo de 2011

La influencia del entorno del barrio sobre el desarrollo adolescente


El interés por el estudio de la influencia que el entorno comunitario del barrio de residencia ejerce sobre el desarrollo y ajuste de niños y adolescentes no es algo nuevo, ya que a lo largo del siglo pasado numerosos estudios analizaron los efectos que los entornos comunitarios desfavorecidos tenían sobre el rendimiento escolar y el ajuste comportamental de niños y niñas.

Como complemento a esos estudios centrados en las influencias negativas de los factores de riesgo, en los últimos años ha ido ganando peso la idea de que algunas características del barrio o comunidad pueden favorecer el desarrollo de niños y adolescentes. Así, en el marco del modelo de desarrollo positivo adolescente, algunos autores han propuesto el concepto de activos para el desarrollo (Developmental Assets) para hacer referencia a aquellos recursos presentes en el sujeto, en la familia, la escuela o la comunidad que resultan esenciales para la promoción del desarrollo positivo adolescente (Benson, Scales, Hamilton y Sesman, 2006).

Ya nos hemos referido en este mismo blog a la importancia de los activos familiares y escolares, pues bien, también algunos recursos del vecindario o barrio han mostrado su importancia sobre el desarrollo y la competencia de los chicos y chicas adolescentes. En un estudio que hemos llevado a cabo sobre una muestra de 2400 adolescentes pertenecientes a 20 centros educativos de Andalucía Occidental ha aportado una importante evidencia empírica acerca de la importancia de los activos situados en el barrio en que residen los adolescentes. Nuestros resultados indican relaciones  significativas entre la competencia y el ajuste adolescente y algunas dimensiones comunitarias, como la seguridad del barrio o el control social que las personas adultas que residen en ese vecindario ejercen sobre el comportamiento transgresor de los adolescentes También se relevaron como un activos importantes el empoderamiento y la valoración positiva de la juventud por parte de los vecinos adultos, o el sentimiento de pertenencia o de vinculación con la comunidad o barrio en que se vive.

Pues bien este estudio nos ha permitido validar y baremar distintos instrumentos psicométricos, entre los que figura la Escala para la evaluación de los activos del barrio, formada por 22 items que se agrupan en cinco dimensiones o subescalas: empoderamiento, apego al barrio, seguridad, control social y actividades para jóvenes. Esta estructura mostró unos buenos índices de ajuste que sirvieron para confirmar su validez.

La validación de la escala va a aparecer publicada en Social Indicators Research (la publicación online puedes encontrarla aquí) y la versión castellana con sus baremos en Oliva et al (2011). Si estás interesado en la utilización de la escala, puedes solicitarla a oliva@us.es.


Oliva, A., Antolín, L. y López, A. (en prensa). Development and validation of a scale for the measurement of adolescents' developmental assets in the neighborhood. Social Indicators Research.

Oliva, A., Pertegal, M.A., Antolín, L. Reina, M.C., Ríos, M., Hernando, A., Parra, A., Pascual, D. y Estévez, R. (2011). Desarrollo Positivo Adolescente y los activos que lo promueven. Sevilla: Consejería de Salud de la Junta de Andalucía.

sábado, 26 de septiembre de 2009

¿Resiliencia o falta de plasticidad? ¿Vulnerabilidad o potencialidad para el desarrollo?

En este blog nos hemos referido de forma recurrente a cómo el modelo del déficit ha dominado el panorama de la investigación e intervención que se realiza en el campo de la psicología y la salud. Está más que justificado que nos preocupemos por los problemas y su solución, de manera que quiero dejar claro que los estudios que parten de ese modelo son y seguirán siendo muy necesarios. No obstante, en ocasiones esa excesiva focalización en el déficit hace que se pierda una perspectiva más amplia y algunos detalles pasen desapercibidos.

En una entrada anterior escribimos acerca de la resiliencia, entendida como la capacidad que muestran muchos seres humanos de atravesar situaciones estresantes y conflictivas sin padecer secuelas emocionales, es decir, de verse escasamente afectados por las experiencias negativas. Algunos de los factores que parecen proteger a estos sujetos son ambientales, como por ejemplo el apoyo parental. No obstante, cada vez hay una mayor evidencia de que son factores genéticos los que ofrecen esta protección, y en entradas anteriores nos hemos referidos a algunos de ellos, como ciertas variantes del gen de la Mono Amino Oxidasa A, o del gen receptor de dopamina DRD4.

Diversos estudios encontraron en los niños que poseían esas variantes genéticas una cierta resistencia antes las experiencias infantiles difíciles, mientras que los que poseían la otra variante se mostraron muy afectados y desarrollaron diversos trastornos emocionales y comportamentales. Lo que creo que resulta menos conocido es que esos niños tan vulnerables cuando las condiciones de crianza no eran buenas fueron precisamente quienes más se beneficiaron cuando sí lo eran, y mostraron un mejor desarrollo. Es decir, más que hablar de resistencia o vulnerabilidad tendría sentido referirnos a mayor o menor plasticidad ante las experiencias o condiciones ambientales, siendo los niños resilientes los que presentan menor plasticidad. Es decir, en lugar de hablar de una variante genética (p.e. variantes 7-repetido y 521T del gen receptor de dopamina DRD4) como un factor de riesgo, bien podríamos considerarlos como un “activo” para el desarrollo, siempre que las condiciones de crianza sean favorables, y un sujeto vulnerable ante las condiciones adversas bien podría a ser considerado como un individuo con grandes potencialidades, aunque con el requisito de gozar de un ambiente protector y estimulante.

Algunos estudios han hallado resultados parecidos en relación con el temperamento, ya que los niños con temperamento difícil suelen desarrollar problemas de conducta cuando las condiciones en casa no son favorables, pero tienden a mostrar menos desajustes comportamentales y más habilidades sociales cuando están expuestos a una crianza de calidad. Algo parecido podríamos decir de los niños con alta reactividad fisiológica. Por lo tanto, tendríamos que “cambiar el chip” y pasar a hablar de diferencias genéticas en plasticidad, lo que puede tener cierto sentido desde un punto de vista evolucionista, ya que la selección natural no habría favorecido a ninguno de estos dos tipos (alta o baja plasticidad). En situaciones en las que hay una gran continuidad entre presente y futuro, tendrían un mayor “fitness” los niños muy sensibles a las influencias familiares, ya que sus padres tratarían de promover en ellos rasgos o hábitos adaptativos. Sin embargo, en muchas ocasiones no habría tanta continuidad y esos rasgos promovidos en casa no servirían para sobrevivir -incluso podrían ser desadaptativos- en un contexto cambiante y distinto al que sus padres previeron, con lo que los niños menos sensibles a las prácticas parentales tendrían cierta ventaja, al no desarrollar rasgos desadaptativos.

Que haya muchos datos que apoyen las bases genéticas de las diferencias en plasticidad no excluye la posibilidad de influencias ambientales sobre la misma. Así, hay evidencia sobre cómo el estrés maternal durante el embarazo puede afectar a la plasticidad del menor a las experiencias infantiles, aunque claro, podríamos afirmar, rizando el rizo, que ese estrés podría afectar a la plasticidad posterior de unos niños pero no de otros, dependiendo de factores genéticos.


Puedes encontrar más sobre este asunto en:

Belsky, J. & Pluess, M. (2009). The Nature (and Nurture?) of Plasticity in Early Human Development. Perspectives on Psychological Science, 4, 345-351.