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lunes, 21 de enero de 2013

Magaret Kerr y sus aportaciones al estudio del estilo parental



En Noviembre del año pasado falleció Margaret Kerr, profesora de psicología en la Universidad sueca de Orebro y codirectora, junto a su esposo Hakan Stattin, del Center for Development Research.  Creo que éste es un buen momento para recordar algunas de sus aportaciones más interesantes al estudio de las relaciones entre el estilo parental y el desarrollo y ajuste adolescente, especialmente su consideración acerca de la importancia de la revelación (self-disclosure) como una importante estrategia de control parental.

En el año 2000 la investigadora de origen británico publicó un artículo con su esposo en el que exponía algunas dudas acerca de  los cuestionarios que los investigadores usan para evaluar el estilo educativo de los padres y madres de adolescentes. Concretamente apuntó cómo estos instrumentos psicométricos  se servían para evaluar el control o monitorización parental de ítems en los que se preguntaba a chicos y chicas sobre el conocimiento que sus padres tenían de las actividades que realizaban al salir de clase, o de quienes eran sus amigos, qué lugares frecuentaban, etc. Es decir, partían de la presuposición de que si los padres tenían conocimiento acerca de esos aspectos referidos a la vida de sus hijos era porque hacían esfuerzos deliberados por obtener dicha información. Como estos mismos estudios encontraban  una relación negativa  entre dicho conocimiento y los problemas de conducta adolescente sacaban la conclusión de que el control y monitorización parental es un eficaz predictor del desajuste comportamental.  Sin embargo, Kerr y Stattin demostraron que el conocimiento que los padres tienen sobre la vida de sus hijos  suele provenir más de lo que estos les cuentan espontáneamente  a sus padres (revelación)  que de los esfuerzos parentales por controlar. Además, la revelación suele mostrar una relación más estrecha con el ajuste adolescente que los intentos deliberados  de control y monitorización.

Más allá de la importancia que este hallazgo tiene para la investigación, resulta de mucho interés práctico para los padres y madres de adolescentes, ya que sugiere que la mejor estrategia que pueden usar para prevenir los problemas conductuales de sus hijos es la de mantener una relación de confianza en la que estén abiertos los canales de comunicación para que sus hijos pueden sentirse cómodos hablando con ellos de sus intereses y actividades.  Con frecuencia es la reacción parental emocional y desmesurada cuando su hijo les revela algún comportamiento que les agrada poco (conductas sexuales, consumo de sustancias...) la que suele cerrar las puertas de la comunicación.

En su último trabajo, publicado  a finales del año pasado, aportó más datos  que reforzaban su crítica sobre las medidas del control parental. En este caso a partir de un riguroso estudio longitudinal.  Por otra parte, sus resultados también defienden las tesis de la relación bidireccional entre el estilo parental y el comportamiento adolescente. Es decir, aunque los investigadores con frecuencia hemos sacado conclusiones demasiado precipitadas acerca de la influencia del estilo parental sobre el ajuste infantil y adolescente a partir de estudios correlaciónales,  las relaciones entre ambos aspectos suelen ser bidireccionales. Así, los datos longitudinales muestran que el comportamiento de chicos y chicas ejerce una significativa influencia sobre algunas medidas del estilo parental de sus padres, sobre todo del control y del afecto. Es decir, cuando el adolescente muestra un comportamiento más ajustado es más probable que sus padres presenten un estilo parental democrático caracterizado por el afecto y el control o monitorización que cuando muestra conductas problemáticas. Sin duda, algo muy razonable, que, aunque suene pretencioso decirlo, ya habíamos encontrado  hace algunos años en nuestro estudio longitudinal (ver aquí, pag. 464 y 465).

Kerr, M., Stattin, H. & Özdemir, M. (2012). Perceived parenting style and adolescent adjustment: Revisiting directions of effect and the role of parental knowledge. Developmental Psychology, 48, 1540-1553.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Los diez mandamientos de la parentalidad positiva en la adolescencia



No he tenido ninguna revelación divina en la montaña, simplemente he pensado que ésta puede ser una buena fórmula para recordar mejor algunas estrategias que representan un buen ejercicio de la parentalidad durante la adolescencia de los hijos o hijas. Ahí van mis diez mandamientos, basados en la investigación existente sobre estos temas:

1. Tendrás una visión positiva de la adolescencia....y de tu hijo o hija.
La imagen sensacionalista y negativa del adolescente como sujeto conflictivo y antisocial no trae consigo nada bueno. Cuando padres y madres viven con excesiva preocupación la llegada de la adolescencia tienden a interpretar de forma sesgada muchos comportamientos de sus hijos que son propios y normativos de esa edad. Ello no hará sino dificultar la comunicación y crear conflictos. Piensa en positivo sobre esta etapa y os irá mejor, a ti y a tu hijo.

2. Conocerás sus necesidades. Ya no es el niño o niña de hace unos años. Los cambios durante estos años están siendo muchos y  se están produciendo con gran rapidez, lo que supondrá el surgimiento de nuevas necesidades.  Es importante que conozcas cuáles son  esos cambios para saber responder adecuadamente a esas nuevas necesidades.

3. Establecerás límites claros. Las normas y límites claros son fundamentales, sobre todo al comienzo de la adolescencia,  para evitar que se sientan perdidos y desorientados y para que no desarrollen problemas de conducta.   Estos límites deben ser razonados y negociados, y ajustados a la edad del menor. Procura ser consistente en la aplicación de esos límites y en la exigencia de responsabilidades cuando no los respete. Ponte de acuerdo con tu pareja para evitar que cada uno vaya por su cuenta y haga su guerra particular.

4. Conocerás a tu hijo o hija. Haz todo lo posible por conocer sus aficiones, sus amigos y sus actividades. El conocimiento es fundamental para que estés al tanto de lo que hace y para que puedas intervenir y apoyarle si surge algún problema. Procura crear un clima de confianza en el que tu hijo se sienta cómodo contándote sus cosas. Si reaccionas de forma muy emotiva y exagerada cuando oigas algo que no gusta es muy probable que estés poniendo trabas a la comunicación con tu hijo, y dejes de ser un buen confidente.

5. No serás autoritario. Hay muchas formas de controlar y hacerse respetar sin recurrir a la imposición unilateral. El autoritarismo y el control coercitivo no suelen funcionar a medio o largo plazo y, además, pueden crear problemas emocionales. El castigo físico está totalmente desaconsejado, sobre todo a estas edades.

6. No evitarás los conflictos. La adolescencia es una etapa en la que suele aumentar la conflictividad parento-filial. No obstante, no te preocupes en exceso, ya que estos problemas suelen ser necesarios para que se reajusten vuestras relaciones, y tengas en cuenta sus nuevas necesidades. Lo importante es que los resolváis mediante el diálogo y la negociación. Y negociar supone ceder en algunos aspectos, no imponer siempre el propio punto de vista , o ceder en todo.

7. Lo/a dejarás crecer.  Muchos padres y madres tienden a intervenir y presionar demasiado a sus hijos para que se comporten o piensen de una demasiada manera. Otros les sobreprotegen en exceso. En ambos casos están limitando el crecimiento y autonomía de su hijo. Oriéntale, pero déjale resolver sus problemas y encontrar su propio camino.

8. Te comunicarás con él o ella. Aprende a escuchar, deja a un lado lo que estés haciendo y mírale a los ojos cuando te hable. Evita estar todo el día sermoneándole y dándole la tabarra con tus críticas y reproches. Solo conseguirás que se canse de ti y te evite.

9. No insultarás ni ridiculizarás. La opinión de padres y madres es aún muy importante para chicos y chicas  y con tus insultos estarás haciendo un flaco favor a su maltrecha autoestima. Si lo haces procura pedir disculpas.

10. Lo/a amarás. El cariño es el principal ingrediente de un buen estilo parental. Nada es más necesario en estos años difíciles que el amor y apoyo de padres y madres. Pasa tiempo con él, habla de cosas que le interesan, comparte tus sentimientos y preocupaciones, trátale con respecto y apóyale en sus "pequeños" problemas. Todos los estudios que conozco indican que el afecto es el mejor activo para promover el desarrollo saludable durante la adolescencia.




lunes, 21 de marzo de 2011

Cuando se protege en exceso



Los hijos necesitan para cerecer felices del apoyo y afecto de sus madres y padres, de eso no hay ninguna duda, pero no es ese el único ingrediente de un buen estilo educativo parental. También es necesario exigir, poner límites, decir no....

Sin embargo, cada vez es más frecuente encontar padres excesivamente permisivos y sobreprotectores. Se trata de padres y madres que desde la primera infancia han creado un entorno totalmente libre de obstáculos y han tolerado la mayoría de los caprichos de sus hijos, bien porque creen que es importante evitarles las frustraciones, o bien porque les ha resultado más cómodo mantener esa actitud sobreprotectora. Este estilo puede llevar a los padres a pensar que han educado bien a sus hijos rescatándoles de todo tipo de situaciones complicadas y resolviéndoles sus problemas, y no han tenido en cuenta la importancia que tiene aprender de los propios errores, experimentar frustraciones, demorar la gratificación, etc.

Sin embargo, las consecuencias del estilo sobreprotector pueden ser bastante negativas, ya que estos chicos y chicas no han tenido la oportunidad de desarrollar una adecuada tolerancia a la frustración, y se mostrarán muy irritados en todas las situaciones en las que la realidad no se ajuste a sus deseos, ya que no han aprendido a encontrar un equilibrio entre sus propias necesidades y las de los demás. Tampoco se sentirán capaces de resolver por sí mismos los problemas y las situaciones complicadas que puedan presentárseles, por lo que se verán agobiados y necesitados del apoyo de otras personas para resolverlos. Son muchas las tareas que chicos y chicas tendrán que afrontar durante estos años, y sus padres no estarán siempre a su lado para ayudarles. Por lo que es esperable que estos hijos sobreprotegidos se muestren extremadamente vulnerables, inmaduros y caprichosos, y terminen tiranizando y controlando emocionalmente a sus padres.



¿Cómo puedo actuar con mi hijo o hija adolescente?


Deja que resuelva sus propios problemas. ¿Vas a estar toda la vida sacándole las castañas del fuego?.


Deja que aprenda de sus errores. Equivocarse puede ser una magnífica oportunidad para madurar.


Deja que experimente algunas frustraciones. Poco a poco se irá haciendo más resistente y no se rendirá ante las situaciones difíciles.


Deja de permitirle que se salga siempre con la suya. No cedas a todos sus caprichos y exigencias.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Legitimidad parental


Llego a la lectura de “El desajuste del mundo” de Amin Maalouf a través del blog de Roberto Colom (aquí). Sin ninguna duda se trata de un libro muy interesante, sobre todo por la lucidez con que el escritor de origen libanés analiza el mundo árabe y sus relaciones con occidente, algo que en los momentos actuales es muy de agradecer. Pero no voy a detenerme aquí en ese asunto, la referencia a esta obra es simplemente el agradecimiento a la idea que su lectura me ha sugerido: la legitimidad parental.

Para Maalouf la legitimidad “es lo que permite que los pueblos y las personas acepten, sin excesiva coerción, la autoridad de una institución encarnada en hombres y considerada portadora de valores compartidos”. Evidentemente se trata de un concepto amplio que puede aplicarse a realidades muy diversas: las relaciones entre los ciudadanos y sus dirigentes, entre los estudiantes y su profesor, o, lo que más me interesa, entre un hijo y sus padres. El intelectual libanés utiliza los ejemplos de Atatürk en Turquía, o de Nasser en Egipto para ejemplificar esta idea. Se trata de dirigentes que supieron ganarse el respeto e incluso el cariño de sus ciudadanos, que hubieran sido capaces de ir tras ellos hasta el fin del mundo. Otro caso más reciente sería el del Sudafricano Nelson Mandela. Aunque la legitimidad pueden otorgarla las urnas, no resulta necesario, como demuestran el caso de Nasser y el del Fidel Castro posrevolucionario.

Volviendo al asunto de la parentalidad, los psicólogos que nos dedicamos a estos temas solemos usar el término de padres democráticos para referirnos a aquellos padres y madres que utilizan un estilo educativo caracterizado por el apoyo, el afecto, la supervisión, la imposición de límites y la promoción de autonomía. El término estilo democrático es la traducción del anglosajón “authoritative style” , y tal vez no haya sido una traducción muy afortunada. Con frecuencia muchos padres hacen una interpretación muy literal del término que les lleva a situarse en una relación de igualdad de poder con sus hijos que puede desembocar en situaciones de clara permisividad, con ausencia del ejercicio de la autoridad parental. Sin embargo, la solución no está en el autoritarismo, que tiene unas consecuencias negativas más que demostradas para el desarrollo infantil y adolescente.

La legitimidad parental, en cambio, supondría un sano ejercicio del poder sin que hubiese demasiada resistencia por parte de niños y adolescentes. Cuando los padres consiguen esa legitimidad son más apreciados por sus hijos, su disciplina es más respetada, y sus consejos y valores son tenidos en cuenta. Cuando los hijos son pequeños no es difícil conseguir esa legitimidad, pero conservarla a partir de la adolescencia resulta más complicado, ya que tras la pubertad va a producirse cierta desidealización de las figuras materna y paterna como consecuencia de la mayor madurez psicológica del adolescente. Algo parecido ocurre en la relación entre educadores y alumnos.

No creo que existan recetas para conservar ese legimitidad, aunque se me ocurren algunas ideas, como tener cierta cintura y paciencia para llevar esos primeros momentos de la adolescencia, en los que suele aumentar la conflictividad parento-filial, sin que se produzca un excesivo distanciamento. O mostrar unos modelos de comportamientos parentales coherentes con lo que predicamos. O ser sensibles a sus nuevas necesidades, muy diferentes a las de años previos. O tratarlos de forma respetuosa, evitando insultos y descalificaciones recurrentes. Y, sobre todo, apoyándoles en esos momentos de incertidumbres que todo chico o chica ha de atravesar a lo largo de la adolescencia. No es una tarea sencilla, pero merece la pena.

miércoles, 13 de enero de 2010

Monitorización parental y consumo de cánnabis


La monitorización parental se refiere fundamentalmente al conocimiento que los padres tienen sobre las actividades, los amigos, y los lugares que frecuentan sus hijos en su tiempo libre. Es una dimensión fundamental del estilo parental por su importancia para prevenir los problemas comportamentales, sobre todo durante la adolescencia. Si existían algunas dudas acerca de su eficacia preventiva, un reciente meta-análisis que ha sido publicado en “Perspectives on Psychological Sciences” confirma el vínculo entre la monitorización parental y el consumo de cánnabis en adolescentes. El meta-análisis se llevó a cabo sobre 25 muestras independientes procedentes de 17 estudios empíricos, que recogían información de 35.367 participantes.

Los resultados fueron concluyentes, ya que indicaron que la relación entre la información que los padres tenían sobre aspectos de la vida de sus hijos (amistades, actividades) y el consumo de marihuana alcanzó un tamaño del efecto de -.21, lo que apoya la eficacia de la monitorización parental para prevenir el consumo de esta sustancia. Aunque resulta razonable pensar que los estudios que encuentran relación significativa entre estas variables tienen más probabilidad de publicarse que los que no hallan relación (file-drawer effect), los autores especifican que hubieran sido necesarios 7.358 estudios en los que se encontrase un tamaño del efecto nulo para poder compensar a los estudios que sí encontraron una relación significativa.

El meta-análisis también aportó algunos datos interesantes, como que el tamaño del efecto referente a la asociación entre monitorización y consumo fue mayor en chicas que en chicos; o cuando los estudios eran transversales, ya que en los longitudinales, la magnitud del efecto bajó a -.10. Este decremento no debe sorprendernos, ya que cabe pensar que la asociación entre conocimiento parental y consumo de marihuana puede deberse, al menos en parte, a que los consumidores serán menos proclives a informar a sus padres sobre quiénes son sus amigos, o qué hacen en su tiempo libre, pues anticiparán que muchas de sus actividades no serán del agrado de sus padres. En los estudios transversales sólo es posible confirmar la asociación no el sentido de la influencia, mientras que en los longitudinales sí es posible controlar si el conocimiento influye sobre la reducción del consumo, o si es el bajo consumo en que lleva a los adolescentes a informar más a sus padres, pues tienen menos que ocultar.

Por lo tanto, los resultados de este meta-análisis sugieren que una estrategia eficaz para reducir el consumo de estas sustancias es que los padres muestren interés por estar informados sobre las actividades y amistades de sus hijos, y, como apuntaron Stattin y Kerr (2000), la mejor fórmula para estar informados es la revelación, es decir, cuando los hijos informan a sus padres por propia iniciativa. Ello será más probable en un clima de confianza interparental, lo que nos lleva de nuevo a destacar la importancia de la comunicación y el afecto en las relacines entre padres e hijos adolescentes, no sólo para fomentar su ajuste emocional y su autoestima, sino también para evitar el consumo de sustancias.


Lac, A. & Crano, W. D. (2009). Monotoring matters. Meta-analytic review reveals the reliable linkage of parental monitoring with adolescent marijuana use. Perspectives on Psychological Science, 4 (6), 578-585.
Alfredo Oliva

sábado, 19 de septiembre de 2009

El estilo de crianza se transmite de padres a hijos


Que las experiencias vividas en la infancia en la relación con nuestros padres marcan la forma en que actuamos con nuestros hijos es algo bien conocido. Las primeras evidencias sobre esta transmisión intergeneracional del “parenting” surgieron cuando algunos estudios observaron que aquellos niños y niñas maltratados en su niñez tenían más probabilidades de convertirse en padres y madres maltratadores que quienes habían vivido en un entorno familiar afectuoso. Si en un principio estos estudios se basaron en los recuerdos infantiles de estos padres maltratadores, con la escasa fiabilidad que pueden tener estos recuerdos, no tardaron en aparecer datos que procedían de investigaciones longitudinales mucho más fiables. En estos estudios, que siguieron a lo largo de décadas las trayectorias de algunas cohortes de menores, se constató la tendencia de los hijos a repetir el estilo relacional de sus padres y madres. Y no sólo eran transmitidos los estilos hostiles y abusivos, sino también los protectores y cariñosos.

Aunque la evidencia acumulada sobre esta transmisión ha llegado a ser importante, no debemos perder de vista un dato: en ningún estudio hay una correspondencia absoluta entre la crianza experimentada como niño y la desarrollada como padre. El rango de transmisión del maltrato se sitúa en algún punto entre el 7% y el 70%, y probablemente ronde el 30% el porcentaje de padres inmersos en este ciclo de abusos. Este dato hace que nos preguntemos por qué unos padres tienden a repetir con sus hijos los malos tratos sufridos, mientras que otros logran romper el ciclo.

La primera respuesta a esta pregunta provino de un ya clásico estudio longitudinal dirigido por Byron Egeland, y llevado a cabo sobre un grupo de niños que habían tenido infancias difíciles. A pesar de las dificultades experimentadas, muchos de estos menores maltratados consiguieron burlar al destino y se convirtieron en padres y madres afectuosos. Y el principal motivo que explicaba el cambio fue que se trataba de sujetos que habían conseguido establecer una relación emocional estrecha con alguna persona –un familiar, su pareja, un terapeuta- que les dio la seguridad afectiva que no obtuvieron de sus padres. Es decir, la seguridad del tipo de apego establecido, bien en la infancia bien en momentos posteriores del ciclo vital, desempeñaba un papel fundamental.

La evidencia en este sentido ha seguido acumulándose en los últimos años con nuevos estudios, que han señalado la importancia que otros factores parecen tener en la transmisión de generación en generación de la forma de ejercer la ma/paternidad. Entre estos otros factores mediadores está el hecho de haber disfrutado de unas experiencias escolares que hayan promovido un sentimiento de autoeficacia que, a su vez, llevó a una mejor elección de pareja, y a un ejercicio parental positivo. O la competencia social desarrollada durante los años de la adolescencia y la adultez temprana que permite una posterior competencia en el ejercicio del rol parental. O los logros académicos y la ausencia de problemas de conducta durante la adolescencia. Es decir, ya disponemos de un puñado de factores mediadores que nos sirven para entender cómo se produce esta transmisión intergeneracional. Sin embargo, no podemos decir lo mismo con respecto a los factores que moderan esta relación y hacen que mientras que unos padres y madres repiten el estilo de crianza vivido, otros logren romper el ciclo. Mientras disponemos de nuevos datos tendremos que seguir considerando que son las experiencias interpersonales que logran cambiar el modelo de apego construido en la infancia las que cortocircuitan la transmisión intergeneracional del estilo de crianza.

El último número de la revista Developmental Psychology dedica un monográfico especial a este interesante asunto (ver aquí)