sábado, 8 de diciembre de 2007

El informe Pisa y la vuelta al pasado

La publicación del informe PISA sobre la situación de la educación secundaria en el mundo ha tenido una enorme repercusión en los medios de comunicación. El número de páginas reservadas por los diarios, o el número de minutos destinados por radios y televisiones a comentar los resultados, es equiparable al que suelen demandar las hazañas futbolísticas de primer nivel. Y el mensaje ha calado hondo en el ciudadano de a pie, que ha sacado una idea en claro: los adolescentes españoles apenas saben leer. Me atrevo a pronosticar que esta idea quedará grabada en el imaginario popular por mucho tiempo, y que será adornada con otras informaciones que no aportaba el informe PISA, como, por ejemplo, que los alumnos son más antisociales, menos respetuosos, más inmaduros, etc. Las razones de este impacto amplificado pueden ser fáciles de entender, y es que los resultados coinciden con la representación social negativa dominante sobre jóvenes y adolescentes. Una de las razones de la persistencia de tópicos y concepciones científicas erróneas, incluso cuando la realidad demuestra lo contrario, es la receptividad a aquellos hechos que tienden a confirmar el tópico y la escasa atención prestada cuando indican lo contrario. Podríamos decir que el estudio confirma lo que todo el mundo ya sabía, y a ello debe su popularidad.

Imagen 1: Un ejemplo de la prueba de Matemáticas


Sin duda, los resultados del estudio son muy interesantes y pueden aportar muchas sugerencias de cara a la mejora del sistema educativo. Sin embargo, creo que también tendrán unos efectos colaterales poco favorables, pues contribuirán a reforzar la imagen negativa de los adolescentes. Es evidente que reconocer los problemas puede servir para movilizar a la sociedad y a la Administración de cara a buscar soluciones, lo que supondrá destinar más recursos y modificar políticas educativas. Sin embargo, también puede tener otras consecuencias menos favorables, como intensificar la estigmatización del colectivo de adolescentes. Esta estigmatización, a su vez, puede dificultar las relaciones entre adultos y jóvenes aumentando la conflictividad en familias e institutos; o limitar la participación de estos últimos en la toma de decisiones que les afectan, ya sea a nivel familiar, escolar o social; o servir para justificar el endurecimiento de medidas disciplinarias de carácter más coercitivo en los centros educativos. Y es que con frecuencia, cuando las cosas no funcionan como esperábamos surge en el ser humano el miedo a lo novedoso y el impulso a volver al pasado. Y en este caso, la escuela del pasado no es algo de lo que podamos sentirnos especialmente orgullosos. Ya sabemos que la memoria es muy selectiva y tiende a crear ficciones que mejoran en mucho la realidad vivida, pero esa escuela de nuestra infancia estaba llena de castigos físicos y abusivos, de aprendizajes poco significativos, de la memorización de textos como principal, o única, estrategia didáctica, de miedo y de falta de motivación. En esas circunstancias no era extraño que el abandono escolar alcanzase unas cifras alarmantes y fuesen muy pocos los alumnos y alumnos que lograban completar sus estudios secundarios.



Es necesario reflexionar sobre nuestro sistema educativo e introducir cambios importantes, pero dudo mucho que esos cambios deban suponer un paso atrás. Sería ingenuo pensar que bastaría con recuperar la filosofía del esfuerzo, el aburrimiento, la disciplina y la palmeta para conseguir mejores resultados. Salvando las diferencias culturales, el análisis del sistema educativo de aquellos países que ocupan los primeros lugares en el informe PISA, como Finlandia, puede ser de bastante utilidad. Algunas características del sistema educativo finlandés son: una fuerte inversión económica (5.8% de su PIB frente a nuestro 4.9%); una excelente formación pedagógica del profesorado (todos son licenciados en pedagogía antes especializarse en su materia); ausencia de separación de sexos, ni por niveles en ninguna etapa educativa; un enfoque socio-constructivista del aprendizaje (tan gratuitamente denostado en nuestro país); inclusión de contenidos similares a los de nuestra educación para la ciudadanía; mucho apoyo a los alumnos con dificultades; estrecha colaboración entre familia y escuela; igualdad de oportunidades para todos. Es decir, muchos factores que en absoluto han caracterizado la escuela española del pasado. La educación es una realidad muy compleja y su mejora requiere de soluciones más complejas que una simple mirada hacia atrás.

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