
Los efectos sobre el desarrollo infantil de la institucionalización de niños pequeños son bien conocidos por la psicología desde hace tiempo. En la última década algunos estudios muy rigurosos, como el llevado a cabo por el profesor Michael Rutter con menores rumanos adoptados tras haber estado institucionalizados en su país, confirman las secuelas de la deprivación temprana sobre el desarrollo físico, cognitivo y socio-emocional. El grado de afectación, obviamente, estaba relacionado con la precocidad, duración y calidad de la atención recibida en la institución.
Aunque todo hacía suponer que muchas de las secuelas cognitivas y conductuales eran debidas a la influencia de la carencia de atención y estimulación sobre el desarrollo neurológico, no disponíamos de datos que apoyasen esta hipótesis. Sin embargo, en los últimos años se han realizado algunos estudios que arrojan alguna luz sobre este asunto. Por una parte, el uso de isótopos radiactivos para examinar el metabolismo cerebral ha indicado un déficit metabólico y una menor actividad cerebral en algunas regiones como el córtex prefrontal, el lóbulo temporal, la amígdala o el hipocampo. Todas estas zonas están muy relacionadas con funciones cognitivas y emocionales como la memoria, el control de los impulsos y emociones, la planificación del comportamiento, etc. Por otra parte, también se ha encontrado una disminución de la conectividad que el fascículo uncinado establece entre distintas zonas del cerebro relacionadas igualmente con funciones cognitivas y emocionales.
Estos hallazgos parecen confirmar la importancia de la experiencia y estimulación durante la infancia temprana para el desarrollo cerebral. Sabemos que el proceso de sobreproducción de neuronas y conexiones, que tiene lugar durante el embarazo y el primer año de vida del niño, está dirigido genéticamente. Pero este periodo temprano de proliferación sináptica, de varios meses de duración, es seguido por otro que se prolonga hasta el final de la infancia y en el que se eliminan aquellas conexiones que no se usan, quedando reducido el número de sinapsis a los niveles propios de la adultez. Por lo tanto, la supresión de conexiones inactivas, que se complementa con la mielinización o fortalecimiento de las sinapsis que se mantienen y utilizan, estaría claramente influida por la estimulación a la que el menor está expuesto. Ello explicaría los importantes déficits cerebrales observados en los niños institucionalizados
Aunque todo hacía suponer que muchas de las secuelas cognitivas y conductuales eran debidas a la influencia de la carencia de atención y estimulación sobre el desarrollo neurológico, no disponíamos de datos que apoyasen esta hipótesis. Sin embargo, en los últimos años se han realizado algunos estudios que arrojan alguna luz sobre este asunto. Por una parte, el uso de isótopos radiactivos para examinar el metabolismo cerebral ha indicado un déficit metabólico y una menor actividad cerebral en algunas regiones como el córtex prefrontal, el lóbulo temporal, la amígdala o el hipocampo. Todas estas zonas están muy relacionadas con funciones cognitivas y emocionales como la memoria, el control de los impulsos y emociones, la planificación del comportamiento, etc. Por otra parte, también se ha encontrado una disminución de la conectividad que el fascículo uncinado establece entre distintas zonas del cerebro relacionadas igualmente con funciones cognitivas y emocionales.
Estos hallazgos parecen confirmar la importancia de la experiencia y estimulación durante la infancia temprana para el desarrollo cerebral. Sabemos que el proceso de sobreproducción de neuronas y conexiones, que tiene lugar durante el embarazo y el primer año de vida del niño, está dirigido genéticamente. Pero este periodo temprano de proliferación sináptica, de varios meses de duración, es seguido por otro que se prolonga hasta el final de la infancia y en el que se eliminan aquellas conexiones que no se usan, quedando reducido el número de sinapsis a los niveles propios de la adultez. Por lo tanto, la supresión de conexiones inactivas, que se complementa con la mielinización o fortalecimiento de las sinapsis que se mantienen y utilizan, estaría claramente influida por la estimulación a la que el menor está expuesto. Ello explicaría los importantes déficits cerebrales observados en los niños institucionalizados
Los efectos de la deprivación temprana también parecen notarse sobre el sistema endocrino, ya que se han observado niveles más bajos de algunas hormonas como la vasopresina y la oxitocina. Estas hormonas están claramente relacionadas con el comportamiento social y afiliativo, por lo que su carencia puede afectar a la capacidad para el establecimiento de vínculos emocionales. Algo que ya sabíamos, puesto que los menores institucionalizados suelen desarrollar un tipo de apego inseguro-evitativo.
Estos datos, y algunos más, aparecen en el artículo que Charles A. Nelson acaba de publicar en el primer número de una nueva revista “Child Development Perspectives”, en el que se ponen de manifiesto las graves secuelas de la institucionalización infantil y la importancia que una adopción temprana tendría para salvaguardar el desarrollo de los menores que en algunos países aún continúan experimentando prolongados periodos de institucionalización.